Zeitgeist

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Los que trabajamos contra el maltrato animal, hemos recibido con satisfacción estos días la publicación, en medios prestigiosos, de artículos sobre la responsabilidad de ese maltrato en la pandemia COVID-19 y otras anteriores. Autores tan importantes cono John Gray, Yuval N. Harari o Jonathan Safran Foer nos han vuelto a recordar, desde las páginas de The New York Times, The Economist, The Washington Post o The Guardian, lo que ya antes habían advertido en algunos de sus brillantes y exitosos libros: la terrible pulsión depredadora (y suicida) que cimenta el mito del progreso económico.

Desde Plutarco, a lo largo de la historia infinidad de mentes brillantes han defendido a título particular la necesidad de respetar la existencia libre y digna de los demás animales con los que compartimos el planeta. En el s. XIX aparecieron las primeras sociedades que luchaban comunitariamente por este fin. Siguieron aumentando durante el s. XX, pero no fue realmente hasta la década de los 70 cuando aquellas reivindicaciones particulares o de grupos pequeños empezaron a convertirse en el imparable movimiento cultural, social y global que hoy es. Un movimiento que está creciendo de forma exponencial y que ya se vislumbra con capacidad suficiente para generar cambios importantes en nuestros paradigmas éticos y permitir nuevos avances —como en su día lo fueron la abolición de la esclavitud y de la discriminación racial y de género— en eso que suele llamarse el progreso moral de la humanidad. Aquello que Jorge Wagensberg asociaba a la progresiva ampliación del círculo de compasión hacia los otros, los distintos.

Una de las claves del éxito actual del movimiento contra el maltrato animal es la solidez intelectual que le otorga su creciente transversalidad. Propagador de una estimulante carga ética, ha conseguido interpelar e involucrar a muchas disciplinas prestigiosas que le están aportando rigor, credibilidad y, sobre todo, legitimidad de cara a los inmovilistas. Desde un punto de vista instrumental, tres de estas disciplinas resultan especialmente importantes cuando trabajan juntas: la filosofía, la ciencia y el derecho. Lo ha demostrado esta semana un espléndido congreso internacional en línea organizado desde Argentina por un equipo de cinco abogadas (Noelia Barainca, Lorena Bilicic, Julia Busqueta, Carmen Céspedes y Liliana Farach) y un abogado (Ariel Morandi), todos ellos implicados con energía y pasión en temas de derecho animal.

A lo largo de cinco jornadas, entre el 25 y el 29 de mayo, treinta ponentes han acompañado a los más de mil asistentes por el hermoso viaje del conocimiento transformador. Ese que, partiendo siempre de las emociones, se apoya primero en la filosofía para bosquejar certezas y luego en la ciencia para terminar de dibujarlas. Después, ya con el diseño terminado, sólo resta que el derecho se ocupe del manual de instrucciones, siempre, eso sí, con el permiso de la escurridiza política y su mercado de promesas.

Con inteligencia, la planificación del congreso reflejó esa urdimbre pluridisciplinar, y compaginó perfectamente la reflexión filosófica, la teoría jurídica y la investigación científica con los activismos y las prácticas cotidianas. No ha sido, ni mucho menos, un mero congreso técnico para expertos, sino un evento tremendamente inspirador para cualquiera que trabaje por un mundo mejor. Para hacerlo aún más emocionante, se reservaron intervenciones para tres auténticas leyendas de la lucha animalista: el filósofo Peter Singer, el científico Philip Low y el abogado Steven M. Wise. Susurren sus nombres en internet y sabrán a qué me refiero con lo de leyendas. Low, el más joven de los tres, neurocientífico y redactor e impulsor de la Declaración de Cambridge de 2012 sobre la conciencia de los animales, centró su intervención en la defensa de la educación, y la cerró con esta frase: “Cuando se tiene razón, no es necesario el activismo”.

Quizás la lucha valió la pena y hoy el Zeitgeist, el espíritu de los tiempos, nos da la razón. Recordó el abogado Agustín Mansilla una famosa frase de Víctor Hugo que sobrevoló todo el congreso: “No hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo”. Y una idea a la que le ha llegado su tiempo ya no necesita de la lucha para defenderla, sino de la educación para transmitirla.

 

Una anciana alimenta a una ardilla a través de una marioneta de sí misma en el parque Washington Square de Nueva York. Foto: Nathalie Kalbach (https://nathaliesstudio.com)

(No sólo la foto es hermosa, también la historia que hay detrás).

 

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