Zumiriki, o ¿para qué hay tantas estrellas?

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“los huesos de la cabeza de una pajarilla
flaca, ojos casi de rana
íbamos al sol, a
tierras de mucho sol en dos autos, luego
decía nosotros somos parias y pensaba
parias y gatos, palabras
que van juntas, huesos
de cabeza de pajarilla flaca
ojos casi de rana, casi de Dios”
Olvido García Valdés, Confía en la gracia

[Me digo, anoto en mi cuartilla cuadriculada que doblaré en dos para que sea una ficha plausible: “Esos huesos, esas palabras, esos nosotros, aquí, viajando por las tierras, vivos, con todos los sentidos abiertos. Una forma de acción de gracias”].

 

Uno. Zumiriki significa “isla en el centro del río” y, en cursiva, es también la última película de Oskar Alegria. Sin acentos.

Dos. Habla de pastores en el Pirineo vasco. Habla de la muerte de un pastor que vivía al otro lado del río. Cuando se llevaron todas sus vacas para sacrificarlas, una saltó de la muerte y se convirtió en la vaca fugitiva. Es uno de los asuntos primordiales de Zumiriki. Y me recordó enseguida a la trilogía de De sus fatigas, de John Berger (Puerca tierra, Un lugar en Europa, Lila y Flag), que no están entre los libros que Oskar se llevó a la cabaña que levantó camuflada a la orilla del río para espiar el paso del tiempo, los animales de la noche, las voces del viento, tratar de encontrar a la vaca fugitiva, medir el paso del tiempo con piedras con cintura blanca, contar los álamos que casi ahogó la presa río arriba… Escuchar lo que cuatro pastores solos, los últimos despertados en medio de la noche, responderían a una pregunta.

Tres. Uno de los pastores accedió a invertir los términos y le preguntó a Oskar: “¿Para qué hay tantas estrellas en el cielo?”.

Cuatro. Filipe Oyhamburu es capaz de hacer sonar el viento sur y si cierras los ojos no distinguirás al viento del sur de su boca recreándolo para los niños, para la primera película vasca, muda.

Cinco. Oskar pondrá cámaras que filmen el contenido de la noche mientras él duerme. Y así veremos a la garduña.

Seis. La cabaña será también una cámara oscura que será todavía más opaca gracias a la ceniza japonesa que el escudriñador de la noche y del tiempo extenderá como una capa de sueño capaz de revelar lo invisible. Lo que ni siquiera sospechamos. Pero no se trata de desvelar el misterio, sino de encontrar uno mayor, dice.

Siete. Siete álamos blancos como siete mástiles. Entre dos de ellos, al final, plantará una mínima cubierta, y una silla, y una vela que será hamaca. Y sobre las ramas que son parte del bauprés de un navío inmóvil Oskar Alegria contará y nos contará diecisiete nidos de garzas y cormoranes.

Ocho. Buscando a la vaca esquiva el fotógrafo se acostará una noche en la cama de boj del rumiante. Y vendrán a verle otros animales, pero no ella.

Nueve. Duerme con una pregunta en la mano.

Diez. La vaca que salta de la muerte es como la mirada que salta de la muerte. Dice Oskar que filmar es vivir dos veces.

Once. Los árboles mueren cuando desaparece su sombra. Álamos vencidos. ¿Y nosotros? ¿Cómo se escribe la sombra de un álamo sobre la tinta corrediza del río?

Doce. Tomo notas desesperadamente en la contraportada del último número del Jornal de Letras, Artes e Ideias, porque si no no podré recordar todo lo que no quiero olvidar. Y a pesar de todo olvidaré.

Trece. “Quizá la condena de un náufrago sea escribirse a sí mismo”. Lo dice el cineasta cuando casi todos (o todos) los mensajes que metió en una botella y lanzó al río acabaron volviendo a él en un recodo, como si el río fuera el del eterno retorno, un cartero implacable, y hubiera encontrado un buzón a cielo abierto. ¿Tendrá que ver con la presa y el cambio de flujos y reflujos del río?

Catorce. Además de la pregunta sobre el para qué de tantas estrellas, Oskar Alegria le echa un pulso a Heráclito y demuestra que es posible bañarse dos veces en el mismo río. Pero esto no lo voy a destripar.

Quince. Esto sí que no lo lea quien vaya al cine animado por la trama y el desenlace: La vaca fugitiva aparecerá al final bajo la lluvia, como una vaca sagrada, una vaca india, vasca, una vaca que mira a quien le graba como si tuviera la misma respuesta que Tzaplia, la garza, le dictó a John Berger en voz baja.

Dieciséis. Su padre les dio un diccionario de palabras para tomar cuenta de la vida. Y ahora sabe o tal vez nos hace saber que acaso la infancia sea como una isla sumergida.

Diecisiete. Una película acaso sea un quitamiedos. Pasan los ciclistas y con los retazos de palabras que salvan la cesura del río el náufrago voluntario se entera de fragmentos de realidad, noticias íntimas y noticias que no lo son.

Dieciocho. Un pastor al final de su vida sueña que su madre le canta una nana y se duerme dulcemente.

Diecinueve. Y esta noche yo lanzo al río que es frontera entre la vigilia y el sueño mi carta para que Menchu Gutiérrez la coja al vuelo y la deje en el estanque de Oskar Alegria y le dé las gracias por Zumiriki.

 

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