#18 Congreso de (O)periodismo de Huesca

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Escucho la enésima entrevista al enésimo nosequién que sabe cómo hay que salvar el periodismo y ganar dinero otra vez. Y se me ocurre, entonces, que quizás lo que está pasando en despachos de gurús y congresos de Periodismo de todo pelaje es que siguen mirando demasiado hacia donde no hay que mirar: hacia el flamante continente, olvidando el contenido. 

 

I.

 

 

Viajo hacia Sevilla como si huyese de Huesca: esta semana se ha celebrado el XVII Congreso de Periodismo Digital que allí tiene lugar puntualmente cada año, y donde los periodistas del mañana empiezan a aprender una de las claves del oficio: beber como cosacos, dormir poco y cometer alguna que otra trastada no muy digna de ser inscrita en sus biografías. Legendarias, en cualquier caso.

 

Acuden los masterópodos de ABC, hornada tras hornada, a reflexionar sobre el futuro del periodismo y a hablar sobre cómo habrá que hacer las cosas en un futuro cercano. A tenor de las conclusiones vertidas en las redes sociales y en la web organizadora, el panorama de este año sigue siendo igual de desalentador que cuando le tocó a mi promoción dejarse caer por allí, hace ahora cinco años. Lo odié. Odio a los gurús, odio que en las redacciones se hable de SEO y de Google y de Twitter sin saber del asunto y odio a los sheriffs del márketing que de pronto saben de periodismo pero carecen de sensibilidad hacía él. Hala, ya lo he dicho.

 

La casualidad quiere que «huya» a Sevilla, bien lejos de Huesca, y veo por la ventana campo, y campo, y campo, y campo, y campo. Que viene siendo el mismo desde que tengo conciencia de este viaje: escucho la enésima entrevista al enésimo nosequién que sabe cómo hay que salvar el periodismo y ganar dinero otra vez. Y se me ocurre, entonces, que quizás lo que está pasando en despachos de gurús y congresos de Periodismo de todo pelaje es que siguen mirando demasiado hacia donde no hay que mirar: hacia el flamante continente, olvidando el contenido. Es decir, como si en el momento en que se inventó la imprenta nadie se hubiese preocupado de hacer libros, sino de llamar a todos los expertos en papiroflexia y origami para que hiciesen cosas espectaculares con el papel. Pero se hubiesen olvidado de componer letras, unas junto a otras, y luego plasmarlas negro sobre blanco para la posteridad.

 

Cada año, lo mismo. Una generosa ración de latigazos por parte de los medios tradicionales, contrapesada por la invitación a la juventud para que controlen todos los formatos y redes sociales posibles —da igual que tengan la cultura de un centollo: con leer un par de chaves nogales y suscribirse a alguno de los cientos de «newyorker españoles», arreglado—.

 

 

 

II.

 

 

Perdón por la andanada: el caso es que prosigo mi huida de Huesca. En el camino, entre campo y campo y otras cosas, una buena conversación sobre periodismo. Hacer de todo —me explica un «perfil multimedia»— es la manera de juntar pulsiones y de dar sentido a la indecisión que siempre le han echado en cara. De utilizar muchos lenguajes para entintar y narrar buenas historias. Ese es su lenguaje periodístico, el lenguaje escogido.

 

Escucho estas palabras con atención y tiene todo el sentido del mundo, porque al fin me topo con una sonrisa amplia y entusiasmo a raudales —y no ojeras y cansancio— al hablar del periodismo digital y multisoporte: esta manera de entender el periodismo contemporáneo me recuerda más a la decisión (a la mía) de hacer ópera, a la vocación de abarcar varios mundos y de sobrevolarlos y de disfrutarlos como en un banquete de posibilidades infinitas. Me recuerda más a eso que a la voluntad de satisfacer cierta exigencia de ser un malabarista de los formatos. Pero eso solo lo he visto en una sonrisa: en las demás —sobre todo en Huesca, de donde sigo huyendo— veo algunas amenazas para el periodismo.

 

En cualquier caso, el sentido de la huida es impartir una clase a cuatro docenas de estudiantes de máster de Traducción Audiovisual en Sevilla. La clase es sobre sobretitulado de ópera con el fin, ante todo, de que se acerquen al teatro y se enamoren de esto y lo quieran contar, compartirlo y también vivirlo y formar parte de ello. Es decir, que quieran ponerse a traducir ópera.

 

No saben nada de música y eso les asusta, porque hay que saber de música para sobretitular. «Pero lo justo para poder seguir la partitura, para ponerla a nuestro servicio», invito. No saben nada de puesta en escena, «pero no hace falta ser musicólogo para entender el texto y lo que dice: toda la información está aquí y los libretos no son especialmente complicados, en general». Sí saben, y mucho, de Traducción, y conocen mejor que yo los idiomas que tocan el ramo.

 

Entonces he huido hasta lo más lejano de Huesca para verbalizar un discurso en torno a la ópera que ¡se parece sospechosamente a aquel del que huyo! Porque hablamos de accesibilidad, hablamos de nuevos públicos, hablamos de acercar y acudir al encuentro del espectador; hablamos de retransmisiones en directo y en línea; y hacemos todo eso como quien habla de crear artículos para móviles, vídeos en 360 grados o de refundar una redacción de periódico. Entonces ¿por qué sigo huyendo de Huesca?

 

 

 

III.

 

 

Empieza el retorno hacia el norte. Se agolpan tantas y tan intensas ideas que acabo posponiendo la escritura de esta entrada hasta que haya vuelto a casa y haya podido ponderarlo todo. Quizás la etiqueta digital dicte que no deba fallar a la cita semanal, que deba ser constante para que suban un poco las visitas, o que sea necesario titular de tal o cual manera para que Google entienda mejor de qué estoy hablando. En lugar de eso, campos y campos y campos en sentido contrario: anochece por donde hace ya tres días estaba amaneciendo. El norte espera.

 

Ha habido mucho raciocinio, mucho pensar. Muchas notas, muchos tuits y mucho leer todo lo que iba ocurriendo en Huesca y alrededores. Mucha actualidad, y una necesidad punzante de articular un discurso con sentido para el alumnaje en Sevilla. Pero, igual que en otras ocasiones, lo más sensato ha sido acabar dejando que fluyera la pasión, dejar que hablase algo mucho más íntimo —que en el fondo es lo único auténtico— y olvidarse de grandes elaboraciones o tremendas conclusiones: quiero creer que hablarles de la ópera, y de sus porqués, desde la experiencia más propia, servirá para que elijan descubrirla mucho antes, y con mucha más intensidad, que si nos enfangásemos en la batalla por los futuros, los pasados y las razones del oficio.

 

Curiosamente —cierro el cruce por España de norte a sur— esa pasión y ese brillo en la mirada fue el mismo que nos ha ido llevando a los masterópodos a Huesca año tras año. Lo que nos permite reconocernos, identificarnos aunque nunca nos hayamos visto: quizás sea ese brillo el que nos provoca recelos ante quien antepone la novedad a la esencia; pero también, y esto es lo vertiginoso, hemos tomado conciencia de que hay que volver a crecer. Y seguir creciendo.

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.