#3 Quince horas con Wagner (y siete con Nabucco)

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Cuando termine el día de hoy —a un cuarto de hora de la medianoche— habré pasado algo menos de quince horas con Wagner (y con mil y pico personas) durante la última semana. Tres walküres como tres soles en el Teatro Campoamor, mis funciones números 28, 29 y 30 como sobretitulador de ópera y las más exigentes hasta la fecha.

 

I.

 

Cuando termine el día de hoy —a un cuarto de hora de la medianoche— habré pasado algo menos de quince horas con Wagner (y con mil y pico personas) durante la última semana. Tres walküres como tres soles en el Teatro Campoamor, mis funciones números 28, 29 y 30 como sobretitulador de ópera y las más exigentes hasta la fecha.

 

Die Walküre, esta que hemos estrenado en Oviedo en todos los sentidos el pasado día 10, propone tres viajes, uno por acto, como tres soles a su vez: dos de sentido ascendente, y un tercero que sube, sube, sube, se mantiene y se apaga como fuego mágico.

 

—Habéis empezado la temporada con un par de huevos, ¿eh? —saludó un tenor, que acudió al estreno, durante la segunda pausa de la función.

—No con un par, sino con tres —recogimos—. De hora y pico generosa cada uno, para ser precisos.

 

Hay muchísima gente que no puede soportar la densidad wagneriana dentro del propio mundo de la lírica —como este tenor—, pero que tampoco se atreve a llevarlo muy a gala. Sería algo así como decir en público que las películas de Scorsese son aburridas o que Thomas Mann no sabía escribir, cuando, en el fondo, lo que se quiere decir es que Wagner en general —y el Anillo en particular— son exigentes y que a la ópera no les apetece ir a hacer esfuerzos.

 

Y no pasa nada, es más que aceptable: el crítico Joseph Kerman dedica un buen pedazo de su libro, esencial, Opera as Drama a poner a caldo a Giacomo Puccini. Es más, Tosca le sirve como argumento clave para explicar qué no debería ser considerado una ópera nunca jamás.

 

Algunos de sus argumentos son válidos, por complejos y por matizados durante las sucesivas ediciones del libro. Así, se acaba con la sensación de que hay pocas cosas más disfrutables que una buena Bohème o que una Madama Butterfly como aquella que firmó el cineasta Anthony Minghella en su día, pero que Kerman tiene, a un tiempo, mucha razón al acusar a Puccini de efectista. Acusarle de efectista o simplemente calificarle como tal, porque no es algo necesariamente malo: ¿A quién le amarga un peliculón el domingo por la tarde?

 

 

II.

 

 

A mí me gusta Wagner. O, mejor, me exige, y se encuadra por tanto en la categoría de creadores que me encanta disfrutar, que me estrujan las neuronas y que, en circunstancias adecuadas, me puede llevar a lugares insólitos y maravillosos. Por «circunstancias adecuadas», entiéndase lo mismo que si hablamos de leer Moby Dick del tirón, en una discoteca y a las cinco de la mañana. No es demasiado disfrutable. Ni siquiera es del todo seguro que sea posible.

 

Así que a lo largo de estas últimas quince horas, la cosa ha ido pasando del reto intelectual sin precedentes, elevado y decimonónico, a una maratón campo a través y contra los elementos, para acabar —esperemos: cuando escribo estas líneas quedan la tercera función y la cuarta— coronando alguna cota insólita cubierto de barro y zarzas. 

Es lo que tiene Wagner, el Anillo: que es muy exigente. Pero cuando cruzas al otro lado, cuando haces ese pequeño esfuerzo… ¡Ay! No hay vuelta atrás.

 

Pero hay, por supuesto, muchísima más gente a la que no le «gusta», como tampoco les gusta que les exija estar sentados en un teatro observando las tribulaciones interiores de toda esa colección de personajes: Wagner, en el Anillo, engancha y no suelta, lleva en volandas durante todo el recorrido para bien y para mal. Habrá a quien le apetezca y le aporte algo nuevo el viaje y habrá quien quiera bajarse; incluso quien sienta una gran incomodidad por no poder pararlo, detenerlo al grito de «¡Yo me apeo!».

 

Con todo, suele valer la pena.

 

 

III.

 

 

Esta mañana de miércoles, que luce un sol maravilloso, ventoso y efímero en Oviedo, la vamos a dedicar a ensayar Nabucco, de Verdi. Por la tarde, realizaremos la tercera función de Die Walküre. Por la noche, dormiremos como benditos.

 

Este lunes han comenzado los ensayos de escena de Nabucco, aparentemente —y solo aparentemente— la cara opuesta de Die Walküre, y la producción que la seguriá en la temporada de ópera en Oviedo. Estrenamos el 8 de octubre.

 

En este caso, preparo los sobretítulos, pero soy el segundo asistente de dirección de escena de Emilio Sagi, junto con Javier Ulacia y un equipo creativo que firma esta producción —Pepa Ojanguren, Luis Antonio Suárez y Eduardo Bravo— sobre el que me harté de escribir en Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi hace un año largo. Ahora, me he caído dentro de mi libro. Es una sensación extraña, pero maravillosa.

 

El caso es que en el periodo de preparación de Die Walküre —que se solapó con el de Nabucco— empezaron a emerger paralelismos inopinados y fascinantes entre ambas óperas, que en apariencia son tan distintas como famosas.

 

Veamos: Die Walküre es parte de un ciclo heroico y megalómano que tomó a Wagner casi tres décadas de trabajo. A Verdi le llegó el libreto de Nabucco tras una desgracia monumental —la muerte de su mujer e hijos— y poco menos que la compuso al ritmo al que se resuelve un pasatiempo. En fin, Nabucco tiene el Va, pensiero y se puede tararear de principio a fin; Die Walküre tiene La cabalgata de las valquirias y poco más.

 

Podríamos seguir desentrañando diferencias durante larguísimo rato, hasta caer en la cuenta de que los dos personajes centrales, y los dos que impulsan, alteran, observan o padecen la acción son padres. Es más: padres de hijas e hijastras, y poderosas, padres en problemas.

 

Al Wotan de Walküre le salen dos hijos incestuosos llamados a salvar el mundo de la tiranía del poder pero, sobre todo, le sale una hija —que da título a la ópera: ella es la valquiria Brünnhilde— que se enfrenta a su padre y desoye sus órdenes de matar a los hermanos (cuyo amor incestuoso desafía el poder de los dioses) porque en el fondo sabe que no es lo que él desea. «Los caminos del amor no son tan sencillos», le dice él antes de desterrarla entre lágrimas.

 

En el caso de Nabucco todo es más exagerado, más italiano y grande: tiene dos hijas, Fenena, la buena, y Abigaille, el demonio —que no es su hija en verdad—. Nabucco entra en Jerusalén y, tras un par de arias estupendas y muchos coros, llega a la conclusión de que ya no es rey, sino Dios, momento en que un rayo lo fulmina.

 

Se viene desarrollando una subtrama amorosa entre Fenena, Ismael —ex embajador hebreo en Babilonia— y Abigaille que sirve para dibujar una Abigaille complicada, con muchos agudos, más arias estupendas, más coros. Y mala, mala con fundamento pero mala después de todo.

 

La clave está en el dúo entre padre e hija en el tercer acto (o parte o capítulo, como divide Verdi su ópera), una escena larguísima que preludia el famoso coro de esclavos y el momento más íntimo de toda la ópera. Aquí, un padre tronado se enfrenta primero, y lamenta después, haber perdido o descuidado a una hijastra a la que ama pero a la que debe plantar cara. Casi igual que Wotan…

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.