#5 De black-outs y glorias

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Parte de la magia de la ópera reside en no saber a dónde mirar. Por eso las retransmisiones televisadas se hacen tan arduas: porque, por bueno que sea el realizador, se pierde ese encanto que tiene el escenario, el lienzo de doce por nueve metros en el que todo parece posible.

 

I.


Parte de la magia de la ópera reside en no saber a dónde mirar. Por eso las retransmisiones televisadas se hacen tan arduas: porque, por bueno que sea el realizador, se pierde ese encanto que tiene el escenario, el lienzo de doce por nueve metros en el que todo parece posible.

 

De los retablos en movimiento surge la melodía (o su ausencia); los directores musicales tienden a dar su propio espectáculo sudando notas, agitando su batuta, buscando a los cantantes y moldeando a la orquesta en vivo; de una pantalla de semejante tamaño puede brotar cualquier cosa, en cualquier sentido (incluido el olfato: no son pocos los teatros que aún conservan el sistema para lanzar olores al patio de butacas).

 

Pero el proceso hasta llegar a ese momento es más pausado, más simple: todo son capas que se van añadiendo hasta dejar que el espectador hunda el tenedor y descubra la secuencia de voces, músicos, técnica de escenario y luz en un solo bocado perfecto, redondo. Y que elija con qué quiere quedarse.

 

 

II.

 

 

Cada director de escena es un mundo. Un mundo que se despliega a partir de su cabeza y de un lenguaje compartido con el resto de su equipo creativo, que a su vez toma las ideas y las traduce al departamento correspondiente: un buen vestuarista, por ejemplo, caza al vuelo los volúmenes de tela y los plasma en papel y tejido; el departamento de sastrería lo hace realidad y lo amolda a las medidas de los cantantes. Los ayudantes buceamos en un concepto, en un por qué para registrarlo y traducirlo a escena.

 

Un buen escenógrafo aprisiona en formas definidas y palpables una idea, un sabor incluso, y un buen equipo técnico lo hace verdad, de la que cruje.

 

Pero un buen iluminador —que es prácticamente el último en entrar a trabajar en un montaje— es el que en mi opinión posee el punto de magia definitivo, el más inasible y el más complicado de plasmar, de convertir en tangible. El elemento del que depende una parte crucial, si no la más importante (es un arte total, un cerebro compartido: no puede estar lo uno por encima de lo otro) del espectáculo en su conjunto.

 

 Letronas

III.

 

 

Este último brochazo, que viene a ser como empastar el resto de elementos, termina de darle a la ópera toda su redondez, todo el tamaño de la palabra que crece incluso en la boca, a medida que se pronuncia. Con el advenimiento de la orquesta uno se relaja —porque desde la escena ya está casi todo el trabajo hecho—; pero solo con la orquesta y con las luces —con los dos— yo empiezo a recostarme un poco, a ser consciente de que el espectáculo se me está escapando entre las yemas de los dedos. Es imposible agarrarlo: aprender que eso es bueno, y orillar la pena, lo fundamental.

 

No es fácil determinar en qué preciso momento Nabucco estuvo terminada y se acabó de escapar. Por un lado, con esa textura que le da la luz al espectáculo, apetece pensar que era la capa de barniz mareante y fuerte que le faltaba para fijarlo, dejarlo secar, empaquetarlo y entregárselo a Ekaterina, Maribel, Vladimir, Damiano, Mikhail, Ernesto, Sergio, Quique, Alessandra, María Luisa, Sara, Jorge, Miguel Ángel y al maestro Marcianò. Y, sobre todo, a sus protagonistas indiscutibles y acreedores de la gloria cuando hoy estén dando las once menos veinte de la noche: al coro.

 

Emilio Sagi les ha hecho a todos un traje a la medida de sus voces y a la altura de sus retos, basado en el despliegue de las ideas, de las sensaciones y de los pequeños hitos que trufan la partitura. Entonces, en este sentido, en este de que la puesta en escena es un concepto que se implanta ad hoc para renacer con cada función, quizás estos brochazos de barniz no sean más que una ilusión. Entonces, en este sentido, a mí me quedarán al menos los recuerdos y la satisfacción del trabajo bien hecho.

 

Quizás esta despedida sea la primera de muchas —porque quedan cinco funciones y un ensayo general abierto a público, porque quedan varias plazas en las que celebrar Nabucco—, y quizás, entonces, no haya que ponerse triste cuando hayamos llegado a la última memoria de luz, esto es, black-out, telón, aplauso y saludos.

 

Entonces llegarán las glorias. Su éxito será el nuestro; su éxito será el mío.

 

Y a por lo siguiente.

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.