#5cosas por las que ha merecido la pena estar vivo esta semana (30)

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1.

La pieza clásica de la artista Pipilotti Rist, I’m a victim of this song (1995).

 

 

2.

 

Y otro clásico (contemporáneo): “Infrarroja” (2027), de Las Infrarrojas.

Esa defensa del rojerío a ritmo de pop y con alma de doowop.

 

 

 

3.

 

 

El extracto del libro Ezra Pound | A collection of critical essays, en traducción de Juan Arabia que ha publicado Buenos Aires Poetry, en el que William Butler Yeats habla sobre la poesía de Pound. Aquí.

Un extracto:

“Cuando considero su obra en conjunto, encuentro más estilo que forma; por momentos más estilo, más nobleza deliberada y sus medios para transmitirlo que en cualquier poeta contemporáneo que conozco, pero a su vez es una confusión constante, interrumpida, quebrada, tartamudeante; él es un economista, un poeta, un político enfurecido contra los malignos personajes y motivos inexplicables, figuras grotescas como salidas de un libro infantil de bestias.”

 

4.

El poema “Comiat”, de Josep Palau i Fabre.

 

“Ja no sé escriure, ja no sé escriure més

La tinta m’empastifa els dits, les venes…

-He deixat al paper tota la sang

¿On podré dir, on podré deixardit, on podré inscriure

la polpa del fruit d´or sinó en el fruit,

la tempesta en la sang sinó en la sang,

l´arbre i el vent sinó en el vent d´un arbre?

¿On podré dir la mort sinó en la meva mort,

morint-me?

La resta són paraules…

Res no sabré ja escriure de millor.

Massa a prop de la vida visc.

Els mots se´m moren a dins

i jo visc en les coses”.

 

5.

 

© Sofía Moro

La entrevista que le hizo hacia comienzos de mes de agosto Joana Bonet a quien fue su pareja hace 25 años (y padre de su hija), Jesús Quintero, para Vanity Fair. Aquí.

Comienza así:

“El coche deja atrás la gasolinera Platero, y avistamos un bosque de eucaliptos y palmeras que escupe la humedad. Las siluetas de los pescadores se borran en el atardecer. Estamos cerca de la frontera con Portugal -tres mil horas de sol al año, 120 kilómetros de playa- en dirección a un pinar donde vive Jesús Quintero. Escribo su nombre en la hoja que mandaré a la redacción y por un instante emigro al otro lado del texto. Siento la ridícula extrañeza de estar escribiendo sobre un hombre que fue mi pareja hace más de 25 años, el padre de mi hija Lola. Pero el pasado acaba encontrando un lugar pacífico donde alojarse, como estos campos de fresas. “

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