#6 Tras Verdi, el diluvio

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Ellos (y ellas) ocupan sus butacas con una puntualidad exagerada; algunos, media hora antes de alzar el telón de cuerdas. Parecen estar preparándose, reencontrándose con el ritual de la ópera como seguramente hiciesen sus tíos, sus padres, sus abuelos, etcétera.

 

I.

 

La función del miércoles de la semana pasada, la tercera de Nabucco en el Teatro Campoamor de Oviedo, cuenta en mis estadísticas como la número 34 sobretitulando ópera, pero no puedo evitar computarla, en cambio, como la que se produjo dos años (y un día) después del estreno de nuestra Traviata en el mismo teatro.

 

Es el mismo día en que descubrimos que se ha batido el récord absoluto de la historia de la Ópera de Oviedo en venta de entradas, y ha sido, justo, con este Verdi que viene a superar a aquél. Cómo les gustan las cabalettas a las señoras de Oviedo: estas funciones de Nabucco son otra experiencia, otra completamente distinta a la Valquiria que estábamos representando hace apenas un mes, en las que se puede avistar sin más dificultad a todo ese público engalanado, gustoso, casi estereotípico de lo que se supone que tiene que ser una velada de ópera comme il faut.

 

Ellos (y ellas) ocupan sus butacas con una puntualidad exagerada; algunos, media hora antes de alzar el telón de cuerdas. Parecen estar preparándose, reencontrándose con el ritual de la ópera como seguramente hiciesen sus tíos, sus padres, sus abuelos, etcétera.

 

No obstante, la gracia de estos verdis tan populares está en las plantas superiores y en el exterior del teatro. El sábado 17 (función sobretitulada número 36), vuelve a haber pantalla gigante en la calle, en Oviedo y en otros lugares de Asturias.

 

En Traviata esto se hizo justo enfrente del teatro. Se colocaron cuatrocientas sillas y acabaron yendo mil personas que no podían, no querían o no habían tenido la idea de entrar al teatro. Quiero pensar que muchos de aquellos han estado estos días viendo Nabucco.

 

Al final, lo hacemos todo por el público: incluso desear que a no mucho tardar se programe aquí un Wozzeck de Berg, una Lulu, o que hundamos los brazos en un Britten bien complicado.

 

II.

 

Definitivamente, eso de que nadie lee los sobretítulos es mentira. Por primera vez el proyector dijo «basta» en la función del viernes (función número 35), durante la obertura, y nuestro entusiasta público ovetense se quedó sin su ración de texto sobre el escenario durante la primera parte.

 

Acomodadores horrorizados y público molesto, por un pequeño episodio que afortunadamente se pudo salvar en el descanso. Antes, estas cosas me alteraban mucho; notaba los dedos temblar ligeramente mientras que me entraban ganas de correr como pollo sin cabeza, imaginando al público armado con antorchas, guadañas mientras que escupen y mastican uno de esos bollitos rellenos de jamón y queso que se venden durante el intermedio.

 

Melocotones

 

Pero son cosas que pasan, aprendes:

 

—¡Que si no es muy aburrido, guaje!

 

Resuelto en tiempo récord para una segunda parte sin incidencias. Test de estrés superado: La mejor manera de hacerlo durante las funciones es tomar aire un segundo y hacerse una pregunta: ¿Tiene remedio? En caso de respuesta negativa, no hay más que hablar. En caso de respuesta positiva: Sí, y ¿cuál? Se arregla, se sigue y se piensa en que algún precio tenía que tener el directo. Y se cruzan muchos dedos para que no vuelva a suceder: Piensa como un técnico, crea como un artista.

 

A fin de cuentas, todavía hay gente que sigue pagando una entrada para venir a la ópera como quien pone la Fórmula 1 a la espera de un accidente.

 

III.

 

No vuelve a suceder. Lo único, como reseñable e íntimo, es que termina mi segunda ayudantía en la Ópera de Oviedo (y función número 36 sobretitulando) sin más noticia que un enorme bis del Va, pensiero, discurso del maestro Marcianò incluido para recordar el valor de la pieza de Verdi en la convivencia de los pueblos.

 

Son las cuatro y media y cada vez que intento dormirme y recuerdo que mañana no habrá más Nabucco me desvelo, me desvelo con el hormigueo de técnicos que están desmontándolo esta noche para que mañana haya ballet en el mismo escenario y, al día siguiente, de un modo casi despiadado, empiecen a tomar forma los Premios Princesa de Asturias.

 

En cuanto terminen los Premios, aterrizará Mozart, que ya suena por la casa con las ventanas abiertas y un tímido sol de octubre: Aquí está todo, en estas Bodas de Figaro que son, tras un Wagner cósmico y un Verdi frívolo y veloz, como leer el prólogo de todo lo demás. Tiene volumen, tiene solidez y tienen texto, muchísimo texto con el que juguetear hasta que se suba a escena a mediados de noviembre.

 

—La ópera se acabó con Verdi —me dijo un cantante el último día de funciones.

 

Y a mí me parece que no ha hecho más que empezar. Otra vez.

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.