A por los profesores

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Todo el mundo sabe que los funcionarios son unos sinvergüenzas que tienen trabajo fijo y no dan un palo al agua, y todo el mundo sabe que de esos sinvergüenzas los sinvergüenzas más grandes son los de la enseñanza, que trabajan menos que nadie y tienen más vacaciones que nadie. El resentimiento social que existe en España contra los enseñantes, un fenómeno bastante conocido de todos, se inscribe dentro de una tradición, creo que también bastante conocida y notoria, de desprecio a la inteligencia, al arte y a todo aquello que no puede comprarse o venderse. Lo intelectual siempre ha estado en España muy mal visto, y las personas cultas y sabias siempre han tenido que esconder su cultura y su sabiduría para no ser despreciados o ridiculizados. En España no existe el menor respeto por los profesores, los artistas, los científicos, los investigadores o, en general, las personas dedicadas a trabajar con su cabeza. Supongo que en este contexto, cualquier político sabe que una medida tomada contra la enseñanza contará siempre con un cierto respaldo social. Si un futbolista tiene que pagar muchos impuestos a todo el mundo le da mucha pena, pero si a un profesor le bajan el sueldo, le quitan la paga extra, le aumentan el número de horas de trabajo y le roban días de vacaciones, todo el mundo está feliz y se siente resarcido y justamente vengado. ¿Qué se creían esos caraduras? Aquí a chapar, como todo el mundo.

 

Lo más curioso del asunto es que cuando se hacen esas encuestas (tengo que adelantar que yo no creo en las encuestas y que jamás he participado ni participaré en ninguna) esas encuestas, digo, donde se intenta averiguar los temas que más preocupan a las familias españolas, uno de los temas principales es la educación de los hijos. Las familias españolas se preocupan mucho por la educación de sus hijos y se gastan miles de euros todos los meses en pagar colegios privados, concertados o no concertados («desconcertados» podríamos llamar a esos colegios que son concertados, pero para desconcierto de todos exigen a los padres que paguen cientos de euros todos los meses). Tanta preocupación, tanto dinero invertido en la educación, y luego tanto desprecio por los profesionales de la educación es algo que no acabo de entender.

 

Es cosa bien sabida que en España las decisiones importantes se toman en verano, cuando todo el mundo está de vacaciones. Este verano la Comunidad de Madrid ha decidido reducir drásticamente las plantillas de los centros de enseñanza, de modo que los interinos se quedarán sin trabajo e incluso habrá profesores con plaza fija que serán trasladados o «desplazados» o bien enviados a su casa. Esta medida tiene una finalidad evidente: ahorrar dinero. Muchas otras medidas tomadas contra la enseñanza durante lós últimos años han tenido claramente otra intencionalidad: la de desmoralizar y humillar a los enseñantes, hacerles sentir que su trabajo es basura y que ellos son escoria. «Tienes que obedecer» es una frase que he oído mucho en los últimos años en el ámbito de la enseñanza. Piensen en el ágora, en los griegos, en Sócrates, en la idea del maestro. «Tienes que obedecer» es una frase que uno esperaría oír en el ejército, no en un centro de enseñanza. Al menos estas medidas, destructivas como son, no tienen como finalidad humillar a los profesores, sino simplemente robarles, explotarles y tomarles el pelo. Es un consuelo.

 

Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.

2 COMENTARIOS

  1. Estupendo
    Estupendo artículo…únicamente una objeción: «no creo en las encuestas» >> si científicamente están bien diseñadas, son un instrumento de investigación social válido (con sus limitaciones, por supuesto). Firmado: un humilde sociólogo «acostumbrado -también- a trabajar con su cabeza»

    • Llámalo mánía, numerofobia,

      Llámalo mánía, numerofobia, lo que quieras. Recuerdo, por ejemplo, aquel debate entre Rajoy y Zapatero en que los dos esgrimían encuestas, pero LAS MISMAS encuestas, y para cada uno significaba una cosa completamente distinta. No confío en las encuestas. Creo que la primera encuesta que conocí es una que tenía que hacer mi madre cuando era médico de la seguridad social. Tenía que poner cuántos pacientes había tenido, cuántos casos de enfermedades infecciosas, etc. etc. Cuando yo iba a su consulta, me dejaba a mí que la rellenara. Como yo quisiera, claro. ¿Tú crees que la gente contesta la verdad en las encuestas? E incluso si contestan la verdad, contestan siempre lo que tú les preguntas, pero no necesariamente lo que es – más importante, lo que de verdad les preocupa. etc.  Perdona estas reflexiones de un no menos humilde escritor. Y muchas gracias por seguir FronteraD en el calor de Agosto. Un abrazo

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