A vueltas con el compromiso

0
237

"Antes nadie me miraba; ahora siempre estoy en observación" (Sylvia Plath). La cuestión parece que remonta inmediatamente al existencialismo, a Sartre y Camus. Más tarde, el espectro del compromiso pasa a las ruidosas décadas posteriores, con aquella magia de los años 60 (música, amor, drogas), violenta y a la vez pacifista, y aquella necesidad frenética de “organizarse”, de arraigarse en la sociedad, de implicarse políticamente. De ahí que cambiásemos a Hendrix por Mandel.

 

La cuestión parece que remonta inmediatamente al existencialismo, a Sartre y Camus. Más tarde, el espectro del compromiso pasa a las ruidosas décadas posteriores, con aquella magia de los años 60 (música, amor, drogas), violenta y a la vez pacifista, y aquella necesidad frenética de “organizarse”, de arraigarse en la sociedad, de implicarse políticamente. De ahí que cambiásemos a Hendrix por Mandel.

 

El compromiso, con distintos nombres, ha vuelto como resultado del fin de algunas burbujas y esta indignación que llena las redes, multiplicando las ganancias de Movistar, Google, Facebook y demás benefactores de la humanidad.

 

Con otro lenguaje, mucho antes de un cristianismo que se hace universal en nuestro pequeño mundo occidental, el tema del “compromiso” en una constante de la cultura griega tardía, en el epicureísmo y el estoicismo. Con acentos distintos, las dos corrientes (sobre todo la Stoa) basan su cosmopolitismo en el compromiso del hombre con lo que acaece, lo que ocurre en el mundo sensible. Con frecuencia, a espaldas del hombre y de su cabeza.

 

En la cultura tardía helena se trata de apiadarse con lo que aparece por fuera, en las afueras del reino seguro donde siempre estamos. El estoicismo lleva al extremo la piedad al predicar una filantropía hacia toda condición humana. Ricos y pobres están unidos por la condición paradójica de tener que atender a un logos que, estando en el eje natural de cada uno, no ha sido elegido. Toda la razón del hombre, se quiera o  no, debe ponerse al servicio de desenterrar la cifra (irracional, pues no depende del hombre) que el cosmos nos ha reservado.

 

En el presente, mientras distintas especies de religiosidad luchan por volver, el estado de la cuestión no puede entenderse sin una sociedad posterior a las grades ideologías. Como mínimo, todas ellas (lo que quede de ellas) pasan por el fetichismo de la comunicación. En este mundo tardío dominado por la información, las tecnologías y la solidaridad a distancia, lo que impera es el mandato único de la economía y las secuelas del aislamiento individual consiguiente. Pero la información y la solidaridad digital abrigan por fuera la soltería universal, permiten que no tiritemos en nuestro divorcio constante de cualquier compromiso con la carne de la cercanía.

 

Este mundo está lleno de miedos, a lo otro y a los otros. El inmigrante, el fumador, el violento (y también una tierra temible, dibujada en cada parte meteorológico) son los signos externos de una aversión creciente que mantenemos hacia lo cercano y el prójimo. Aunque, por otro lado, también es cierto que se inventan y se mantienen dignas minorías (tradicionales y nuevas, a veces en generosa alianza) que se implican con la pobreza que crece en los escenarios reales, una precariedad física y mental que se ha trasladado al centro.

 

Asistimos, eso creo, a una masiva delegación del hombre de carne y hueso hacia los grandes dispositivos de ayuda, sean gubernamentales o no. Y todo esto está bien, incluso habría que duplicarlo, pues el mundo sería mucho peor sin las múltiples siglas que solicitan nuestro apoyo, aunque a veces lo hagan comerciando de manera casi obscena con la miseria de los otros, con una victimización universal.

 

Por supuesto, son necesarias instituciones, campañas, información, canales y mediaciones de ayuda. Pero lo que hoy está en peligro es el compromiso del hombre común con la existencia cualquiera que le rodea, que con frecuencia jamás saldrá en pantalla.

 

Tenemos el Día del Niño, de la Mujer Trabajadora, del Alzheimer, del Árbol y un largo etcétera. Estamos, sin embargo, un poco cansados de sufrir la hipocresía de un progresismo numérico que es muy correcto (sobre todo en inglés) con todo lo que está marcado por la alarma social, pero impresentable en la suciedad anónima de la cercanía.

 

¿No deberíamos empezar por denunciar los mecanismos globales y espectaculares que desactivan día a día la piedad natural del hombre? Nuestra rutilante interactividad, dirigida siempre por grandes estrellas, tiene el reverso de una secreta interpasividad.

 

Tal como está el mundo, tan lleno de emblemas que resulta difícil saber realmente con quién convives, no estaría de más volver a hacer hincapié en el cómo en menoscabo de qué. Lo político comenzaría hoy por volver al compromiso anímico y moral con lo inmediato, con lo que apenas surge de la invisibilidad. Creo que esto es al menos tan importante como los grandes dispositivos de ayuda, más o menos sacralizados por los medios, que dividen el mundo entre nosotros y ellos.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.