Abre trasañejo

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Pesadillesco día, cuando tuvo que haber sido de gloria, que en sí, si de negocios hablamos, lo fue. Porque de manera milagrosa Sancho y yo conseguimos abrir Trasañejo en un tiempo record: poco más de dos meses, en donde tras la firma del contrato de alquiler nos pusimos manos a la obra con la reforma, decoración, adquisición de maquinaría industrial, confección de sillas y mesas, búsqueda de empleados, logo e imagen, y cualquier pequeño detalle que por insignificante nos maltrataba psicológicamente bajo un calor camboyano que no deben recomendar los médicos en momentos de estrés.

 

Aquel sábado reunimos a algo más de trescientas personas, donde regalamos la comida y la bebida. 4.000 dólares invertidos que para algunos de los invitados sonarían a broma. Y que quede claro que todo lo que ofrecimos era una copia exacta de la filosofía de Trasañejo, basada en la calidad de la materia prima, la mejor selección de vinos y la preocupación en una carta que cambiaba cada día al menos en un plato, según lo que ofrecía el mercado central así como me hubiera levantado esa mañana. Que con Flower o era con el pie izquierdo o con arritmias a causa del enorme padecimiento de mantener una relación que hacía aguas a la vez de que agarraba en la tierra seca de manera portentosa.

 

En aquella bacanal donde invertimos el pastizal recién comentado nos visitó el Grupo Tóxico al completo incluida su última adquisición: Cynthia. Baste decir que salvo aquel día ninguno de sus miembros volvió a Trasañejo, demostrándose que por muy mal que yo les cayera, les caía peor pagar las cuentas; y que la calidad del ser humano se demuestra en casos como éste, en donde cuando es gratis se acude y cuando es de pago se ignora. Ni que decir tiene que en mi próxima vida me haré camello. No sólo ganaré más dinero sino que los del Grupo Tóxico serán mis clientes y ellos tan felizmente taquicárdicos.

 

Fue prácticamente el primer día que me metí en la cocina, donde sudaba de manera angustiosa, y donde me esforcé en que aquello tuviera sentido. Los vinos comprados que luego se regalarían en su totalidad, de calidad; y las tapas brutales, desde bolas de queso de cabra francés con cebolla morada caramelizada, pasando por pequeños trozos de lubina salvaje en vinagre, hasta magníficos chupitos de salmorejo o un tartar de atún rojo de proveedor japonés a la menta con aguacate que fue incluso aplaudido por un cliente americano que a partir de ahí nunca dejó de visitar nuestra casa. Fui feliz. Y Flower apareció. Con Marilyn. Me besó de digna manera y me regaló una preciosa carta escrita de su puño y letra que finalizaba con un “espero estar toda la vida contigo”. Uno asume que las palabras se las lleva el viento, y que yo mismo he prometido el oro y el moro a otras señoritas de las que hoy ya casi ni me acuerdo, pero es que media hora después apareció el cáncer, Cynthia, que consiguió atraparla sin ningún tipo de miramientos. En un momento de la noche, Sancho intentó tirarnos unas fotos, por eso de inmortalizar un día tan importante para mí, y Flower que se negó hasta que cedió a regañadientes. No era la primera vez que se negaba a hacerse fotos conmigo. Sin embargo, en su teléfono móvil guarda una en donde charla con Obama, detalle evidente de las pretensiones de medio mundo. Durante la simplista sesión de fotos, Cynthia apareció para cortar de raíz nuestro momento privado. Echo un basilisco, mandé a tomar por culo a Flower. Y a partir de ahí el drama, que no acabó hasta las cinco de la mañana. Porque desde que Flower pertenece a mi corazón los días se contrajeron de manera evidente, en donde dormir era una entelequia y los ictus llamando a la puerta, casi tirándola abajo. 

 

Primeramente, a la entrada de Trasañejo, donde en vez de estar con mis invitados tuve que pelearme con ella, en un sube baja constante, con Cynthia llamándola por teléfono del orden de doce veces por minuto, rompiendo nuestra intimidad que ya no sólo era violada al hacer el acto o al dormir, sino hasta cuando discutíamos –de hecho hasta defecando tenía dudas de si se me iba a aparecer dentro del rollo de papel higiénico–. En esa veintena de minutos exasperantes soñé estar muerto. Fue tan el padecimiento a costa de nuestros bolsillos –Sancho seguía sin tenerlas todas consigo, y con razón: gente bulímica subvencionada–, en contraste con trescientos tipos poniéndose hasta la taba en mi nuevo restaurante, que por un momento pensé que era el mayor perdedor del planeta Tierra. Flower me amaba; y al segundo cesaba en sus halagos para contestar a Cynthia, la serpiente de cascabel más peligrosa que jamás hayan visto mis ojos. Pero recalco; repito: la culpa fue de Flower, que se dejó engatusar por una yonqui de la ONU que no daba para más. Pero al que manipula Dios le ayuda. Y si no hay refrán parecido, tomen nota. El mundo no está sólo hecho para los buenos. De hecho hace ya tiempo que, religiosos y agnósticos, deberían haber aceptado la maldad como parte esencial para subsistir sobre una faz de la Tierra en donde te dejas el cuchillo en casa y nada más salir te desmiembran sin ningún tipo de miramientos. 

 

Porque cuando, entre idas y venidas, nos habíamos adentrado en la calle 19 –Trasañejo hace casi esquina con la calle 264–, un tuk-tuk como una exhalación apareció para llevársela. En sus asientos traseros: Cynthia. Me di la vuelta sin contar hasta tres en la humillación más bestial que jamás había recibido mi cuerpo serrano y mi cabeza, en esos instantes, destruida. Volví al restaurante como el que se adentra en las urgencias de un hospital y proseguí la ingesta de vino, petrificado, sin más ganas que cerrar las puertas ya que al día siguiente comenzaba la realidad: clientes a los que cobrar. Una española disfuncional –y no sólo porque era compatriota e iba bebida, y además de gratis– me exigió balbuceando “unos gintonics” cuando el trato era el siguiente: ‘Vengan a beber y comer gratis. A las diez cerramos’ –realmente eran las once y el festival del humor comenzó a las seis–; y la mujer, ejemplo evidente de nuestra triste España –nunca más la volví a ver y según fuentes contrastadas sigue viviendo en Camboya– me arrinconó contra mi barra a empujones chulescos requiriendo sus gintonics por la cara. Con la imagen de Flower huyendo con la hiena grabada entre mis sienes en pleno síndrome de Estocolmo, mandé a la que supuse vasca por su acento irremediable a tomar viento fresco. Luego cerramos y me fui flotando a casa, donde debí coger el sueño tarde mientras hacía como que leía a Mishima: no me enteré de nada.

 

A eso de las cuatro de la mañana sonó mi teléfono. Era Flower. Por supuesto no lo cogí. Hasta que a la undécima vez, con ese soniquete del Nokia del año de la pera incrustándose hasta la entraña de mi cuerpo, y entremezclándose con otros sonidos estridentes en forma de mensajes de texto, atendí la llamada: porque si algo tiene el amor es que obliga a hacer genuflexiones hasta el esguince agudo de rodilla. Y siempre con esa excusa de tía-abuela del pueblo: no sé, a lo mejor está hospitalizada. 


–Por favor, ven a dormir conmigo. Me he peleado con todos. 

 

Saber que Flower comenzaba a olisquear la realidad del Grupo Tóxico me hizo saltar de la cama y enfilar el camino hasta su apartamento, a escasos quince minutos de distancia a pie desde mi zulo, en una madrugada histórica porque Trasañejo ya comenzaba a respirar. En el camino, ángeles de la guarda motorizadas en forma de travestis y meretrices esquineras a las que no hacía falta levantarse las faldas porque casi no llevaban, me hicieron comprender que siempre hay una salida airosa para un perdedor. Al menos hasta esos momentos. Pero saber qué había ocurrido me pareció mucho más interesante que deleitarme con esa parte de la vida que te ofrece absoluta estabilidad a no ser que te niegues a ponerte el condón. Al entrar en el vetusto portal de su edificio, tan enjuto que no caben dos personas en paralelo, me la encontré en camisón, recién llorada, beoda, perdida: con el maquillaje arrasado, como si se tratara de un payaso tras un gira por Etiopía sin aire acondicionado bajo la lona del circo. En un silencio que sólo rompían sus moqueos, contemplé diversas posibilidades pero nunca la que me contaría tres minutos después.

 

–Te envié un mensaje de texto al móvil y Cynthia me dijo que qué estaba haciendo; y yo le dije que escribirte. Y entonces me dijo que era una imbécil, que tú no eras una persona para mí. Y reaccioné furiosa, diciéndole que te quería. Y me llamó gilipollas. 

 

Debe saberse que desde el inicio de nuestra relación hemos padecido graves problemas de comunicación. Caso único en mi vida: nos enviábamos mensajes a los móviles que nos llegaban hasta 48 horas después. Y eso ensombrecía la confianza porque si yo le enviaba ‘¿Dónde estás?’ y no recibía respuesta, ardía como el San Sebastián José Val del Omar. Para animar el cotarro, Rik, el paleto holandés que hacía las veces de su jefe, y que gracias a él Flower y yo comenzamos nuestra relación –él, aprovechando que meses antes, en Boston, Flower flaqueaba con su ex pareja, le ofreció ese puesto de trabajo en una emboscada clásica de los perdedores más sinuosos. A lo Cynthia: se estaba divorciando y no le dio ese dato clave; luego aparecí yo con la antorcha más luminosa–, se unió a Cynthia. El Grupo Tóxico en su máxima expresión el día que abría Trasañejo. Casi se quedan con la pieza. Suerte que en medio de todo ese desbarajuste Flower recordó quién la penetraba con profusión y quién la amaba con el corazón. Levi, su compañero judío de grupo de trabajo, enamorado de ella hasta las cejas, y Marylin, que esa noche debía estar mucho más fresca y lúcida, apoyaron al amor, hecho éste que ahora debo reconocer como meritorio. Evidentemente, tras la explicación y el enjugue de sus lágrimas, pasamos a realizar los clásicos ejercicios de siempre. Ya amanecía. Casi rompimos la cama. 

 

Por supuesto, la arpía lesbiana le pidió perdón y Flower, experta en creerse que todo el monte es orégano, aceptó las disculpas para irse con el Grupo Tóxico al fin de semana siguiente a la histórica ciudad sureña de Kampot, donde hablarían de la vida mientras trabajaban en esa farsa subvencionada del Tribunal que juzga a los Jemeres Rojos, una de los despeñamientos de Occidente que gasta decenas de millones de euros para que una asociación de parias enloquecida –prometo que sin haber tenido relación alguna con Flower pensaría lo mismo– tenga el derecho a vivir como marajás. 

 

No recuerdo muchos más detalles de los días siguientes a la apertura de Trasañejo, salvo que vivía en un sin vivir tan cotidiano que sin él hubiera echado en falta algo: amor, pasión, sexo en casa, sexo en baños públicos, peleas en público, en casa, insomnio, amenazas de embarazo, y llamadas de Cynthia a horas tan intempestivas que un día soñé con que se quedaba muda. Pero al despertar recordé que las serpientes no hablan.

 

Unos días antes, porque este libro de relatos basados en hechos reales no es estrictamente temporal, tuve la primera duda seria con Flower: nos fuimos al bar de unos cocainómanos de tomo y lomo –lo malo en la vida, como siempre, no es sólo saberlo engullir, sino saber cómo se digiere– donde procedimos a lo de siempre.

 

–Cuenta hasta cuarenta y ven al baño. Estaré preparada.

 

Dejé la cuenta atrás a los veinticinco segundos casi presentándome en el aseo con los pantalones por las rodillas cuando Flower era sacada por uno de los dueños. El baño había quedado destruido: el jabonero y el florero hechos añicos, el papel higiénico esparcido a modo de peña ultra futbolística a la salida de su equipo favorito, y ambos, tras abonar 50 dólares de vellón a modo de multa, abandonamos el local. Ella juró y perjuró que no hizo nada. Pero ya llevábamos cuatro botellas de vino. Lo negativo fue cuando descubrí que escribía una carta a uno de los hermanos dueños de aquel bar, ex granjeros, rogando clemencia para que la volvieran a dejar entrar. Tamaña humillación, porque debe saberse que ese bar es o era la sede social del Grupo Tóxico, me hizo replantearme muchas cosas. El tiempo, en este caso, también acabó dándome la razón. Porque una semana después Sancho y yo, que tomábamos unas cervezas en sintonía con las camareras, fuimos sacados casi a hostias. A mí nunca me habían echado de un bar. Y habré estado en setecientos. Pero Sancho, que hasta hace un lustro casi se masturbaba con condón, todo aquello le vino muy grande: por injusto. Un mal rato que él llevó peor y que anunciaba una realidad entre los blanquitos de Phnom Penh: la competencia siempre será desleal. Y Trasañejo crecía y facturaba mientras aquellos hermano con pinta de modernetes debieron temer que les íbamos a quitar cuota de pantalla. Acabaron montando una especie de restaurante, que en realidad es una sucursal de su bar de moda, casi siempre lleno hasta los topes. Pero debe saberse que poner una copa no es cocinar así como ver porno en la tele no es lo mismo que meterla. Y hoy ellos siguen poniendo las copas más exitosas de la ciudad mientras nosotros marcamos un antes y un después en la oferta culinaria de un Phnom Penh donde se estafa al cliente a costa de su ignorancia. Aún recuerdo como Rik, que se debe levantar 20.000 al mes, dijo que el mejor sushi del mundo –ojo: la farlopa cada día la cortan con sustancias más peligrosas– era el de Rahu, un restaurante de fusión sito en el Riverside; y con esto queda dicho todo. Porque podían molestar y manipular a Flower. Pero a mi Japón, que no me lo humillen. 

 

 

Joaquín Campos, 25/04/14, Phnom Penh.