Acerca de los apuntes biográficos de Rafael Sánchez Ferlosio

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1 – ¿Por qué surge la necesidad de hacer una biografía?

Antes de nada, aclarar que cuando hablamos de biografías siempre nos referimos a biografías de literatos. En mi caso de literatos contemporáneos.

La vida de un escritor, de un literato, se diferencia de la vida de las otras personas en que los hechos que acontecen en su existencia pueden ser utilizados como recursos artísticos, pueden convertirse en materia novelable, pues son legión los escritores que salpican su obra con acontecimientos vividos, con datos autobiográficos, bien sea remodelándolos o exponiéndolos tal cual sucedieron. Para un novelista, lo sucedido es materia muy recurrente.

Pero las biografías de literatos son muy distintas a las biografías literarias. A mí no me interesan las biografías literarias, me aburren. A mi modo de ver, lo peor para una biografía es que esté escrita por un novelista frustrado. No me interesa una biografía novelada. “Deme usted datos, desvéleme el personaje y no haga literatura”, le diría a un biógrafo literario.

En una ocasión, cierto novelista metido a crítico circunstancial, me acusó de tener una prosa notarial, lo que para mí no supone ningún desdoro. Para una biografía prefiero la prosa desnuda a la floreada. No me permito juegos literarios, defiendo la prosa limpia, como la de los cronistas de Indias; “una prosa clara es una exigencia ética, una necesidad civil”, que escribiera Antonio Muñoz Molina. 

Creo que la ficción nunca debe ser material biográfico. De hecho, la utilización sin cautela de ese material para la reconstrucción biográfica puede crear una mitología completamente alejada de la realidad del personaje. Otra cosa bien distinta es que la biografía se lea como una novela, que el transcurrir del relato sea semejante al de una narración cuyos personajes nacen, crecen, desaparecen o mueren. En la biografía se ha de lograr amenidad con fundamento. La erudición jugosa, manifestando los detalles más minuciosos de una investigación profunda, se ha de combinar con el relato ameno. De nada sirve mostrar erudición e investigación si resulta insufrible su lectura.

El género al que pertenecen las biografías es a la no ficción; no son ensayos, puesto que no hay tesis. Quiero contar o que me cuenten la vida de un hombre o de una mujer en estado puro, con hechos y datos reales, sin interpretación alguna.

“En una descripción bien hecha, aunque sea obscena, siempre hay algo moral: la voluntad de decir la verdad”, expone con acierto Enrique Vila-Matas. Esa es mi obsesión: la estricta veracidad de los hechos. Describir con abundancia de datos empíricos la personalidad del biografiado: sus ancestros, sus gustos, sus obsesiones, sus perversiones, sus correrías, su pensamiento… Pero hablo de verdad, no de objetividad. Cuando hay una mirada detrás, la objetividad desaparece. Es mi verdad. Soy un hombre que cuenta la vida de otro hombre. Y habrá tantas vidas distintas de un mismo personaje como biógrafos tenga, como narraciones haya. Puede haber más de una biografía y ser distintas, porque cada biógrafo tiene su propia mirada. Cuentan de diferente forma y hasta pueden ser discrepantes. La misma relación que cada biógrafo establece con los hechos y con los personajes-fuente pueden dar un sesgo distinto al estrictamente real.

Dice Augusto Monterroso que “imaginación y realidad son términos con frecuencia opuestos, que es más fácil hacer triunfar a alguien en tres minutos de buenos deseos que en quinientos años de realidad”. Es cierto. A menudo estamos más dispuestos a creer en lo fantástico que en lo estrictamente real. Tiene más poder de convicción que una mañana un viajante de comercio, tras un sueño intranquilo, aparezca sobre su cama convertido en un monstruoso insecto, de innumerables patas viscosas y un duro caparazón, que un poeta herido moje un cruasán en un charco sobre la calzada y gustoso lo engulla. Tiene más poder de convicción que un hidalgo bien cubierto de su rodela, con la lanza en ristre, arremeta a todo galope y embista contra unos molinos de viento confundidos con gigantes que un poeta proclame que oye voces en Televisión Española que le dicen: “¡Panero, deja ya de matar!”, lo que el literato considera una grave intromisión del ente público en su vida privada. Estoy con el argentino César Aira, “la realidad es lo más misterioso que hay”.

El biógrafo “es un novelista bajo juramento”, según Michael Scammell, autor de la vida de Arthur Koestler. Está bajo juramento porque responde de la veracidad de los materiales que maneja, a diferencia del narrador de ficción, que usa lo sucedido como punto de partida y tiene plena libertad para manipularlo. El biógrafo siempre atesora muchos más datos, más información de la que realmente puede contar y publicar, lo que sin duda marca su nivel de autoexigencia. De ahí que haya que administrar con sumo cuidado toda la información.

En el caso de la biografía Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído, quien escribe no pudo hacer un relato pormenorizado de la muerte del poeta. Tenía el testimonio grabado de dos de las personas que le auxiliaron en su final, pero no pude describirlo como fue realmente –y fue muy emotivo–, porque había varios implicados y habríamos ido todos a prisión, ya que estamos hablando probablemente de un delito de homicidio, en opinión de algún jurista. Hasta los propios testigos, en el momento de narrármelo, me pidieron cautela. Esta es una buena prueba de que el biógrafo está secuestrado por sus propios datos y a veces tiene que valerse de la elipsis para contar sin contar.

El biógrafo utiliza los datos y los une para inventar el relato, para darle forma de historia, pero la verdad es muy difícil de contar; el biógrafo es un intruso que obligatoriamente ha de inmiscuirse en las vidas ajenas y está preso de los datos. Comparto con Miguel Sánchez-Ostiz que “el arte de la biografía tiene mucho de pesquisa policial, de reconstrucción arqueológica de un mosaico”. El biógrafo necesariamente ha de ser indiscreto. Es como un voyeur que mira a través de la cerradura. Rastrear los pasos de quien admiramos, conocer lo más íntimo de nuestros autores predilectos, suele resultar una aventura fascinante. Aunque hay quien piensa que es imposible añadir nada trascendente a lo ya escrito por un literato. Como Octavio Paz, que sentenció: “Los poetas no tienen biografías. Su biografía es su obra”.

España no es tierra de tradición biográfica. Es un género que ha sido tradicionalmente ignorado en las letras españolas. Quizá sea esa la razón por la que surgen hispanistas que trabajan denodadamente sobre nuestras glorias literarias. Tal puede ser el caso del irlandés afincado en nuestro país Ian Gibson, quien ha escrito las biografías de Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel y Antonio Machado. Ahí es nada.

En su biografía Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado, el capítulo sobre Soria (1907-1912), cinco años capitales en la vida del poeta, me parece muy pobre en cuanto a información biográfica. Echo en falta datos sobre la vida cotidiana, sobre el enamoramiento de Leonor, su relación, familia, procedencia, etcétera. Ceferino Izquierdo, el padre de Leonor, era sargento de la Guardia Civil. Quizá habría que haber indagado en el archivo de la Benemérita, se me ocurre. Estas páginas están jalonadas de expresiones como “hay indicios de que”, “apenas sabemos nada”, “nuestra ignorancia acerca de”, “quizá con el propósito”. Hay mucha poesía como testimonio de vida, pero poca información. Se analiza Campos de Castilla, Soledades, La tierra de Alvargonzález, “Tierras de Soria y sus distintas variantes.

Aunque no tengo un modelo determinado de biografía, me gustan los biógrafos anglosajones; admiro la minuciosidad y el rigor de los datos con que a menudo abruman al lector, que se conformaría con mucho menos. Me gustan James Joyce, de Richard Ellman, y Faulkner, de Joseph Blotner. En ambas no sólo se hace un retrato del personaje, se explica su obra y se recrea la vida literaria de la época, sino que se entra de lleno en las intimidades del escritor. En sus grandezas y en sus miserias, que son las que humanizan al sujeto biográfico. España es país de escaso culto a la intimidad; hemos tardado mucho en lograr que algunas vidas privadas notables llegaran a ser un bien público. Mi patrón es la biografía llena de datos, de testimonios, de documentos (como James Joyce, donde abundan las cartas y se relata sin miramientos el ataque de celos porque dudó de la fidelidad de Nora, su mujer, a quien dio mala vida); mi patrón es la biografía factual –ni especulativa ni psicológica–, la biografía en estado puro, desnuda de opiniones o interpretaciones del biógrafo. Y si el personaje está enmarcado en su tiempo, con una buena descripción de su entorno, mejor que mejor, pues es de gran ayuda un friso de la época. Con El contorno del abismo. Vida y leyenda de Leopoldo María Panero el mayor halago que pudieron hacerme fue el decir que parecía escrita por un británico. Con Los pasos del caído una crítica avezada aseguró que mis dos biografías seguían “escrupulosamente el modelo de Georges Painter”. Menuda luminaria. Painter (británico) fue el gran biógrafo de Proust o de Gide. No, yo no tengo modelo a imitar.

La metodología que empleo es algo que surgió en mí por mero sentido común, como algo intuitivo, innato, y, como hasta ahora me ha funcionado, la repito por estricta eficacia.

Me gustan las biografías porque son útiles para conocer al personaje que admiro, para quererlo más, para descifrar algunas claves de su obra, para establecer cierta complicidad con él, para ligar nuestra intimidad a la del escritor, por ejemplo; para saber qué hay detrás de un simple retrato de solapa. Las biografías sirven para explicarnos al autor y su obra.

2 – Distintos tipos de biografías

Se pueden hacer biografías de personajes vivos o de personajes ya fallecidos. En el caso de los vivos existen tres opciones:

1)    Contar con la colaboración del protagonista sin llegar a ningún acuerdo con él (Leopoldo María Panero).

2)    Sin lograr la cooperación del protagonista (Rafael Sánchez Ferlosio).

3)    Pactar con el personaje la forma de relatar su vida, o lo que se  llama “biografía autorizada” (caso de Mientras llega la felicidad. Una biografía de Juan Marsé, de Josep María Cuenca). Éstas tienen el inconveniente de que tan sólo se cuenta en ellas la parte pública de la vida del escritor, eludiendo asuntos íntimos. En la de Marsé se relatan episodios conocidos como la polémica con Francisco Umbral y su “prosa sonajero”, la disputa con Andrés Vicente Gómez y Fernando Trueba por la adaptación al cine de El embrujo de Shangai, la bronca con Carlos Pujol y José Manuel Lara por las malas artes del Premio Planeta… En este caso es el biografiado es quien marca los límites, no el biógrafo. Para contar una vida con veracidad no se puede tener autorización del biografiado o de sus herederos.

La biografía de un personaje vivo tiene la pega de que siempre queda abierta. Dejamos la posibilidad de que haya, al menos, una biografía posterior.

En el caso de los personajes muertos, tenemos dos posibilidades:

A)    Contar con los deudos, quienes tienden a sacralizar al personaje.

B)     No considerar a los deudos, lo que nos da mayor libertad para trabajar. Pero tiene una dificultad añadida: su falta de ayuda nos privará de todo tipo de documentación sobre nuestro personaje, como por ejemplo la correspondencia.

Los familiares o los herederos son los enemigos naturales del biógrafo; ellos apelan al honor del apellido más que al rigor y a la transparencia de la investigación. A veces se convierten en censores de lo confesional, por hipocresía o por ignorancia. Los deudos siempre están ahí, por muchos años que pasen.

El método

Existen diversas maneras de contar la vida de alguien. Hay biografías especulativas, interpretativas, psicoanalíticas… Otras estructuran la vida de un autor en torno a temas concretos, como es el caso de Salinger, de Shame Salerno y David Shields. El libro se vertebra sobre tres traumas que modelan la vida del escritor: su participación en la Segunda Guerra Mundial, su relación sentimental con Oona O’Neill y el violento rechazo del mundo, motivado por sus creencias religiosas en el vedismo, la más antigua de la India.

Otro ejemplo de biografía temática es la del español José Lázaro, autor de Vidas y muertes de Luis Martín-Santos. En cada capítulo desarrolla un tema. Así incluye: ‘La muerte’, ‘El hombre’, ‘El psiquiatra’, ‘El socialista’, ‘El escritor’, ‘La familia’ y ‘El confidente’. El autor, el narrador, se mete en el relato como “el inquiridor” y expone distintas versiones sobre un hecho a través del testimonio de distintos interlocutores. Al final incluye una somera cronología. Le faltan fechas concretas, como la de su boda con Rocío Laffón, el nacimiento de sus hijos Luis, Juan Pablo y Rocío, etcétera.

Jaime Gil de Biedma, de Miguel Dalmau, tiene una estructura muy peculiar. Divide la obra en un tríptico, como en un cuadro de Bacon, de tres paneles: ‘Infancia y confesiones’, ‘El juego de hacer versos’ y ‘Contra Jaime Gil de Biedma’. Hay mucha narración oral genérica sin precisión cronológica, mucho entrecomillado de testimonios. El biógrafo incluso llega a introducir onomatopeyas, como el ja, ja, ja provocado por la risa. Yo utilizo al interlocutor como fuente de información, pero con sus datos construyo mi propio relato. En la primera parte Dalmau cuenta la etapa escolar del poeta en tres páginas. En la segunda vuelve a esa etapa con media página y en la tercera parte o panel del cuadro le dedica una página y pico. Igual sucede con la etapa universitaria, en las dos primeras partes, donde no aparece ni una sola calificación.  Nada de su expediente académico en la facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona. Y el biógrafo nos dice que traslada su matrícula a Salamanca, pero no explica el porqué de ese traslado. “Uno de los misterios que rodean la vida del poeta”, concluye en vez de indagar. Más adelante añade: “Sabemos que se matriculó en Económicas, donde aprobó algunas asignaturas, pero renunció a seguir”. Ni nos dice cuándo ni las disciplinas que aprobó. Igual sucede cuando en una página cuenta los cuatro años de veraneos de Jaime Gil de Biedma en Comillas (Cantabria). Una página para cuatro años de solaz. Y en dos páginas despacha el servicio militar, sin decirnos ni las fechas en que lo cumplió, aunque en la segunda y tercera parte vuelve a este periodo, pero tan solo explica que fue alférez en Galicia. Esto nos indica que el biógrafo no acudió al Archivo Histórico Militar. Es un relato un tanto caótico, donde hay muchos saltos temporales. Además, incluye fragmentos de la obra del autor, sin citar la procedencia.

Hay saltos cronológicos como los siguientes: de 1967 pasa a 1975, de 1985 vuelve a 1934 y luego a 1956, que a mi modo de ver dificultan la lectura, la hacen incómoda para el lector. A veces en un capítulo, para ver la continuidad de un hecho, el biógrafo remite a otro capítulo anterior, de la tercera parte remite a la primera, por ejemplo.  Me parece una fórmula poco afortunada que no ayuda nada a la lectura y menos todavía a la comprensión de una vida.

La tercera parte del libro, el tercer panel, está íntegramente dedicado a la homosexualidad y otros amores, cuando en las dos primeras partes han aparecido amoríos sin especificar el género. A mi entender creo que Dalmau centra demasiado el foco en la homosexualidad del poeta. Esta parte es casi la mitad del libro. Son 230 páginas de un total de 476.

Como toda vida tiene estructura narrativa y entiendo que no hay modo de hablar de ella más que contándola, como una novela de personajes reales, yo prefiero hacer biografías narradas por orden cronológico. Como el modelo estructural del Génesis, porque me gusta rehacer la vida desde el principio hasta el fin, tal vez porque soy de los que creen que la vida tiene principio y fin. Prefiero el método cronológico, porque entiendo que es el más natural en una biografía. Pero la cronología tiene el grave inconveniente de la memoria. A mis interlocutores les pido rigor y precisión, pero es mucho pedir, porque a la mayoría de los interlocutores el situar temporalmente cualquier hecho, el preguntarles por una fecha, les saca de sus casillas.

3 – El inicio

Las biografías son trabajos de largo aliento. Ingratos, por lo poco valorados, y a la vez apasionantes. Resulta desazonador cuando, al cabo de unos meses o un año después, vuelves a telefonear a un interlocutor para precisar algún detalle de su testimonio y te pregunta: “¿Pero aún estás con eso? ¿Cuándo lo acabas?”.

Para lograr hacer una buena biografía se necesita un mínimo de tres años de trabajo, al menos eso me dice mi corta experiencia. El británico Gerald Martin dedicó diecinueve años a reconstruir Gabriel García Márquez. Una vida.

Pero para dedicar tantos años a un trabajo de tal calado es necesaria cierta pasión, cierto enamoramiento del personaje. El biógrafo siempre acaba implicado en el propio relato. Es inevitable no tomar partido. Los testimonios de los parientes y de los amigos a menudo son sesgados. Las medias verdades y luego la cercanía con alguno de los propios ponen al biógrafo de un lado o de otro, con lo que la fidelidad de los hechos es imposible de cumplir. Esa es la lucha titánica del biógrafo. El propio relato es el que le lleva a querer al personaje o a detestarlo. Durante el proceso de escritura de las biografías de Leopoldo María Panero y de Eduardo Haro Ibars he tenido momentos en que la crueldad de los protagonistas me ha llevado por la senda del distanciamiento. Hubo momentos en que los dos personajes se me hicieron antipáticos, me irritaron, pues el biógrafo observa a sus personajes demasiado de cerca, durante demasiado tiempo, porque son muchos años de esfuerzo y muchas horas de entrega dedicadas a la vida de otro. Y esa antipatía o irritación creo que se acaba notando en la narración. Por tanto, no creo haber sufrido el llamado “síndrome de Estocolmo”.

Sin embargo hay que decir que si uno no está algo atrapado con el sujeto a investigar difícilmente le puede dedicar tantas horas del día. Por eso hay no abundan los biógrafos. Pues el primer requisito para llevar a cabo una biografía de calidad es la paciencia. La peor consejera del biógrafo es la prisa y la mejor virtud la paciencia.

Recuerdo que hace una década un poderoso grupo editorial ofreció publicar su historia a un renombrado grupo de pop-rock de los años ochenta. Sus miembros me propusieron como autor, pero resultó inviable porque el libro tenía que estar listo en tres meses. Yo les dije que me resultaba del todo imposible comprometerme en ese plazo y que era incapaz de hacerlo. De ahí que afirme que es un trabajo muy poco valorado, sin entrar en asuntos crematísticos. La obra del grupo de rock salió y en la portadilla el escritor figuraba con un nombre distinto al que aparecía en la portada. Las prisas jugaron su papel.

4 – Apuntes de 605 páginas

A Rafael Sánchez Ferlosio le escribí una carta y en vista de que no respondía decidí llamarle, medroso, pues sabía de su fama de inaccesible, de su carácter bronco, pero de fondo frágil. Recelaba que me despachase con cualquier exabrupto. Y como tenía reciente toda su documentación, me vino a las mientes un titular: “Soy un cascarrabias, tengo muy mala leche”. Una mañana cogió el teléfono Demetria, su mujer. Me dijo que Rafael estaba dormido porque había estado escribiendo de noche, que volviese a llamar hacia el mediodía. Obedecí. Lleno de inquietud esperé a que Demetria le avisara; escuché que ella le decía: “¡Rafael: el biógrafo!”. Y volvió a repetir: “¡El biógrafo!”. No imaginaba cómo me iba a recibir. Después del saludo inicial me interesé por su estado, a lo que me respondió: “Viejo, muy viejo”. Le recordé la labor en la que estaba metido y que le había enviado una carta. Me dijo que me había contestado, pero todavía no la había echado al correo. Que me la enviaría. Al parecer, es muy perezoso para esos quehaceres. Estuvo zumbón, lo que me relajó enormemente. Respecto a lo de escribir su vida me sugirió que abandonase la idea. “No estoy conforme con la biografía. No es nada contra su persona. Es que no soy apropiado, no tengo argumentos”. Me recordó que no era un aventurero, que no tenía amigos… “¿Cómo que no tiene amigos? Yo he hablado con muchos de ellos”. “Sí, pero de las tertulias”, replicó. “No tengo más que anécdotas y nimiedades”. También las anécdotas son sustancia, materia de vida, pensé. “No le aconsejo que la escriba. Las biografías sólo se le hacen a los muertos. Yo tengo ochenta y cinco años, no tiene usted que esperar mucho”. Tras una sonora risotada le anuncié que me gustaría verle para solventar algunas dudas que tenía sobre su infancia, a lo que manifestó: “¿Pero qué importancia tiene eso?”. Respuesta que he tenido que escuchar en muchas ocasiones. “¿Pero qué importancia tiene eso?”, me preguntaba el que es un enorme entusiasta de lo minucioso y del detalle en la narración. Por reiterativa, por machacona, he acabado por aborrecer la respuesta. Acabamos la conversación muy cordialmente. Entonces caí en que Ferlosio, pese a su áspero y atrabiliario carácter, envolvía en su socarronería de cascarrabias la ternura de un niño. Ladra, pero no muerde. Jamás recibí su carta.

Como no pude contar con la colaboración del biografiado, ni con las de algunos parientes ni amigos más cercanos, decidí titular mi último trabajo El incógnito Rafael Sánchez Ferlosio. Apuntes para una biografía. Pese a la voluminosa edición considero que no es una biografía completa, de ahí ese llamativo subtítulo. Quizá sea un acto de honestidad intelectual. Pasado el duelo, algún día completaré esa biografía. Creo que lo merece.

5 – El último hombre moral

¿Quién fue Rafael Sánchez Ferlosio? Además de hijo de ministro falangista Rafael Sánchez Mazas y escritor de prosa sublime con vocación y entrega, de saberes babilónicos, el Rafael que nos ocupa tenía una humildad por encima de toda sospecha. Admirado y respetado por amigos, escritores y editores, fue una persona que se crio sin carencia de ningún tipo (en un palacio, con servicio, cubertería de plata, mantelerías de encaje en oro, ajuar con iniciales bordadas, vajillas de porcelana, camas con doseles, maderas nobles) y sin embargo dio ejemplo de sencillez como pocos. Probablemente estemos ante el último hombre moral. Un intelectual nada soberbio que fue capaz de reconocer un error y pedir perdón. Así lo hizo después de haber firmado el manifiesto promovido por su cuñado Javier Pradera y su amigo Juan Benet para apoyar el en el referéndum sobre la entrada de España en la OTAN en 1986. Ferlosio quedó abochornado por haber estampado su firma y muy preocupado por la reacción de su amigo el filósofo y miembro del Partido Comunista de España Manuel Sacristán. Se arrepintió con toda modestia.

En febrero de 1991, durante la guerra del Golfo Pérsico, el diario El País envió a Ferlosio a Israel para que contara a los lectores sus impresiones sobre el terreno. El escritor tenía una gran preocupación porque el viaje no resultara gravoso y no quería un hotel de lujo. Durante cuatro o cinco días, y acompañado por el corresponsal Peru Egurbide, Ferlosio visitó el Domo de la Roca en Jerusalén y se bañó en sus legendarios calzoncillos en el mar Muerto. Llegó a Madrid sin escribir una sola línea, con el argumento de que no encontró a nadie con quien pudiera discutir. Con un profundo malestar, estaba dispuesto a devolver el dinero de las dietas.

Al morir Liliana Ferlosio Vitale, en 1994, con motivo de la herencia, si no satisfacía en plazo el impuesto de sucesiones a la Hacienda de la Comunidad de Madrid, el escritor podía ser sancionado. Hizo cuentas y necesitaba una determinada cantidad para solucionar sus problemas con el fisco. Telefoneó a El País, su periódico, para preguntar qué le abonarían si escribiese una columna semanal en la última página. Se lo comunicaron al director, quien, vacilante, dijo desconocer todo sobre emolumentos a los colaboradores. Se interesaron sobre sus pretensiones económicas y Ferlosio solicitó una cantidad insólita, un importe que incluía decimales. Era exactamente la cuantía que debía pagar al erario, en concepto de impuesto de sucesiones. No quería ni un céntimo más. El sábado 5 de noviembre, Sánchez Ferlosio firmaba en El País la columna de la última página.

En las jornadas celebradas en Gerona, cuna del nacionalismo más exacerbado, en febrero de 1984, bajo el rubro ¿Qué es España?, y rodeado de todo el cuerpo de filósofos, Rafael, además de declararse “rabiosamente español”, reivindicó la definición de José Antonio Primo de Rivera “Una unidad de destino en lo universal”; argumentó con valentía que era “la concepción más auténtica, más fuerte y más vigente de la patria”. Le llovieron todo tipo de abucheos y zapatazos: franquista, hijo del Régimen y demás lindezas. Con posterioridad, el escritor, con toda su bonhomía y grandeza, dijo que no se había sabido explicar. Que la expresión no había sido comprendida en todo lo que hay en ella de clarividente y de certero.

A su proverbial decencia, al autor de los pecios le adorna una enorme virtud: la independencia. Ferlosio fue un hombre radicalmente independiente. En mayo de 1983 recibió de las manos del entonces presidente del Gobierno, Felipe González, el premio Francisco Cerecedo. Sin gustarle la socialdemocracia, al año siguiente, junto a un reducido grupo de personas del ámbito periodístico, asistió como invitado a la Bodeguilla, en el palacio de La Moncloa. Pasados los meses, en septiembre de 1985, González tenía previsto viajar a Cuba, Ecuador y Perú. Entretanto Fidel Castro cruzó ásperas palabras con Ronald Reagan, inquilino de la Casa Blanca. Ante el enrarecimiento de las relaciones, González decidió anular el viaje, lo que indignó a Ferlosio por acobardarse y querer salvar la exportación de calzado a Estados Unidos. El autor de El alma y la vergüenza escribió un artículo en El País en el que, entre otras cosas cogitaciones, decía: “Desde su vuelta de China no puedo ver ya una fotografía de González sin que se me represente la mirada tonti-astuta de un gatazo castrado y satisfecho”. Sánchez Ferlosio hacía alusión a aquella rueda de prensa que González Márquez ofreció meses atrás en Pekín, en la que repitió el proverbio que le enseñó el mandatario Deng Xiao Ping: “Gato blanco o gato negro, da igual; lo importante es que el gato cace ratones”. Días después de la publicación, en los pasillos del diario, el director Juan Luis Cebrián le espetó a Ferlosio que al presidente no le había gustado nada aquella expresión.

Así era este hombre de acendrada conciencia civil y convencimiento moral, a quien vi en muy contadas ocasiones por la calle, pero siempre apoyado en su cachava y arrastrando los pies dentro de unas zapatillas de orillo. Un sabio en zapatillas.

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