Acuarela salvaje

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No abundan los corazones en la obra plástica de Faba. Revisando toda su producción entre 2005 y 2010, lo más aproximado que ha encontrado al motor de la sangre, ha sido este fresón pintado con su propia carne.

 

Se trata de una de las tres últimas obras emprendidas por el autor, y nunca acabadas; en el momento que empiezan a ser, interrumpe el proceso Faba. Como si hubiera llegado al último piso de su construcción, y a partir de ahí le diera pereza terminar el edificio del cuadro. ¿Es una torre pictórica menos torre, por no tener paredes en sus plantas?

 

Quizás las dos mayores señas de identidad de la pintura de Faba, sean tanto la naturaleza accidental y heterodoxa de sus soportes; como el carácter inacabado de sus obras. ¿Podría algún galerista, crítico o coleccionista, apreciar, arriesgar o pagar por estos defectos?

 

Que sea este retrato de fresón una obra realizada tras cinco años previos de calentamiento, permite apreciar la falta de respeto del artista por la técnica. A estas alturas, el cuadro está tan dibujado o pintado, como escupido; pues Faba masticaba fresas mientras pintaba, para terminar lanzándolas sobre el papel de estraza; y a continuación, esparcirlas con un pincel gordo, empapado en engrudo.

 

Para las sombras no dudaba en añadir al pigmento, media cucharadita de pimentón, o incluso ceniza de sus cigarrillos, que disolvía con agua y saliva. Esta porquería colorista quedaba prendida al papel, al secarse el jugoso esperma de engrudo, provocando una textura final muy orgánica.

 

A todos los efectos, la técnica podría considerarse como una acuarela salvaje, pues el aceite no había participado en esta orgía pictórica. La prueba es que el absorbente papel de estraza, no muestra una sola mancha de grasa. La sequedad final del emplasto convivió armoniosamente, con la sombra de lápiz que proyecta el fruto, y con el penacho de hojas verdes, dibujadas con finas tizas de colores.

 

Puede percibirse además, como un rasgo estilístico involuntario, las expresivas arrugas que se han formado en la zona inferior del papel, al secarse el agua y lanzar toda su tensión el engrudo. Todos estos factores también forman parte del resultado plástico final, a juicio de quien lo realizara.

 

Aunque el susodicho fresón al ser pintado, superara en tamaño el de una cabeza humana, cuando lo vio el pintor, colgado en la pared, se dio cuenta de que no había pintado una fruta agrandada, sino un corazón humano enorme; para ser más precisos, el retrato del corazón de Faba. Y si se mira sólo la parte inferior de la fresa, podrá percibirse que en realidad se trata de una lengua carnosa y brillante.

 

Retrato de fresón

Gabriel Faba, 2010.

Acuarela salvaje con engrudo,

Sobre papel de estraza de frutería.

37.5 X 50 cms.