Aforismos y autobiografía: ‘Caminos de intemperie’, el último libro de Ramón Andrés

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En nuestro país abundan los tertulianos y los expertos, aunque no los sabios. Algunos hay, desde luego, pero se les quiere poco y mal y, por eso, no suelen ser conocidos ni reconocidos. Ramón Andrés es una excepción. Ha escrito tantos y tan magníficos libros, especialmente sobre temas de alta cultura musical, que nada se puede decir de él que no sea elogioso. Su introvertida manera de ser, indispensable para llevar a cabo las eruditas tareas que viene haciendo desde hace décadas, probablemente lo ha protegido también del fárrago de las polémicas estériles y las exhibiciones inútiles, algo que lo convierte en un caso casi único, de persona a la que se le deja hacer su labor sin estorbarlo.

Como sabio retirado del mundanal ruido y volcado en sus estudios, Ramón Andrés es, en gran medida, un misterio para sus lectores. Hasta ahora todo lo que sabíamos de él era lo que se podía deducir de sus poemas, los únicos textos en que aflora su persona y sus vivencias. Gracias a ellos sabemos que siguió a un peregrino que iba camino de Compostela, pero que se cansó y tuvo que volverse a casa, que en la noche de san Juan de 2019 saltó diez o doce hogueras, que los comedores de patatas de van Gogh le recuerdan a vecinos de Elizondo o Zubieta, etcétera. Ahora, con la publicación de Caminos de intemperie, un libro de aforismos, pero también, a ratos, una suerte de autobiografía encubierta, estamos en condiciones de adivinar algo más de su carácter y personalidad.

Ramón Andrés es hijo, nieto, bisnieto, tataranieto de personas llamadas como él: Ramón Andrés. El primero en la saga que no lleva ese nombre es su hijo Gabriel. Parece claro, pues, que no se trata de alguien apegado obtusamente a su sangre o a sus raíces. Este desapego es quizá la causa de que posea la capacidad, muy poco española, de tomar distancia de lo que se cree, en particular cuando se trata de eso que tiene que ver con lo que, por alguna misteriosa razón, llamamos política. “Nunca pude ni supe alinearme al lado de nadie”, afirma en una página justo antes de aclarar su rechazo a las grandes causas, a las ideas mesiánicas, a los odios militantes, en definitiva, a todo eso que obtura y envenena la visión de las personas y sus posibilidades de diálogo y comprensión. Y en otro momento, mucho más pesimista, se atreve a ir más lejos, todo lo lejos que cabe: “Pido una deserción universal”

Contar en su propia familia con víctimas tanto de los vencedores como de los vencidos en la odiosa Guerra Civil le ha ahorrado a Ramón Andrés la caída en el maniqueísmo característico de nuestro país. Haber asistido de chiquillo debajo de la cama, mientras se entretenía con cualquier cosa, a las frecuentes peleas de sus padres seguramente lo ha afirmado en su distancia. Mientras ellos vociferaban, él parece haber atenuado su voz hasta acercarla lo más posible al susurro. Su oído debe funcionar de forma parecida, como una sordina para el ruido del mundo, pues el poco interés que despierta en él lo que hace la gente, lo que le interesa hoy a la mayoría de la gente, no ha hecho sino acrecentarse con el tiempo, igual que su distancia de los demás. Si me permiten la intromisión, entiendo perfectamente lo que dice; más aún, no me extrañaría nada en absoluto que también le ocurra lo mismo al sufrido lector.

Pero aunque en Caminos de intemperie hay confesiones explícitas como las que se han indicado, se trata de aforismos y, en algunos casos, ni siquiera de eso, simples anotaciones a las que el autor abandona en la página esperando, tal vez, la complicidad intelectual de quien pase por ellas. El aforismo es un género peculiar. Más que la agudeza, la tensa brevedad de la idea o el pensamiento que se encierra en él, su principal característica es la inmediatez: entre el alma del autor y la palabra caligrafiada en el papel apenas hay distancia. Un poema, una narración, no digamos un ensayo, exigen por parte del escritor un constante esfuerzo de claridad. En cambio, a quien exige esfuerzo el aforismo es al lector, que debe reaccionar ante lo que se le propone con sus propios recursos. Uno de los primeros aforistas de la historia, Heráclito, el filósofo de Éfeso, fue conocido como “el oscuro” precisamente por el carácter enigmático de la mayor parte de sus sentencias.

No pretendo insinuar que los aforismos de Ramón Andrés son difíciles de leer. Algunos sí, por supuesto, pero otros no son sólo brillantes, sino transparentes. “Los mapas –afirma en cierta ocasión– no se han trazado para los perdidos, ni siquiera para aquellos que quieren llegar a un lugar. Son para los que ya saben donde van”. Una sentencia como esta, puesta en conexión con los hechos luctuosos que estamos viviendo ahora, y los que en tantas ocasiones se han vivido por culpa de las fronteras y las patrias, sonará especialmente aguda y penetrante al lector que sea capaz de pensar por sí mismo.

Si no estoy mal informado, este es el cuarto libro de aforismos de Ramón Andrés. Se ve que, además de sus labores habituales como escritor y poeta, necesita fijar los pensamientos que le asaltan cotidianamente, pensamientos como relámpagos sobre multitud de cuestiones, pero en especial sobre la época que nos ha tocado, con su confianza ciega en la tecnología, su desprecio de la sabiduría, su inagotable afán de consumo, su huida de la realidad en favor de lo virtual, etcétera. Leerlo es adentrarse en la celosa intimidad del sabio, pero del sabio que escribe sin presión de ninguna clase, espontáneamente, que quizá se habla a sí mismo y sólo al final, cuando ha reunido un montón de esos pensamientos, los ofrece no demasiado convencido a los demás, pues esa es la tarea que le ha tocado.

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