Alicia Schrödinger, cuentista: “Ni siquiera las flores del mal de Baudelaire comen carne. Las plantas carnívoras son unas transgresoras”

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Quiénes son y qué sienten las plantas carnívoras (Siruela) es un ramillete de relatos hilarantes, burlescos, divertidísimos. De una elegancia muy de Neville y una factura entre jardielesca y castelaonense. Su autora, Alicia Schrödinger (Viena, 1957), tal y como apunta la poeta Menchu Gutiérrez en el prólogo a la edición española, “lleva cerca de cuarenta años al estudio de la física de partículas y la termodinámica en distintas universidades europeas y americanas”, y se estrena con este título imposible entre botánico y metafísico. Cuarenta y una piezas breves como una perdiz pero suculentas como faisán, acompañadas de un epílogo-homenaje a la gran antropóloga, folclorista y pitonisa Hildegarda Priscilla Scgrödinger, convierten a esta advenediza llegada de Viena en una fascinante promesa a punto de carcajada.

Alicia Schrödinger. Foto: Maya Schrödinger

—¿Qué perfil tienen la feligresía del “humor infrarrojo”?

—Está muy bien que me pregunte por su perfil. Usted se refiere a los rasgos compartidos de estos lectores. Y yo los voy a poner de perfil, como en los retratos renacentistas o en las siluetas tan de moda de los siglos XVIII y XIX. Y es que estoy muy de acuerdo con lo que dice Menchu Gutiérrez en su prólogo. El infrarrojo no es un color, en todo caso sería un más allá del color, y las personas que se acercan a él lo hacen también de manera tentativa, se ponen casi de perfil. Un lado a la luz y otro a la sombra.

—El tipo de humor que usted gasta tiene mucho que ver más con la ternura y la poesía. ¿Existe la posibilidad de un humor infrarrojo escatológico?

—El humor infrarrojo está preparado para descender al Hades con la misma naturalidad con la que se sube en un globo aerostático o participa en una regata en el río Cam. Creo que esa ternura que usted percibe, y la poesía asociada, tienen una gran capacidad para acompañar al ser humano. Como decía Horacio: “¿Qué impide a quien ríe decir la verdad?”.

—Entonces, ¿cualquier tema es susceptible de poder abordarse desde el humor?

—Sólo si el humor es capaz de contrarrestar el dolor con el anestésico adecuado. Tarea a veces difícil. Escuché a un famoso escritor chileno contar cómo uno de sus más queridos amigos, que había sido torturado por la policía durante la dictadura militar, narraba su tortura en clave de humor. A mí, qué quiere que le diga, cada cosa que contó me parecía menos graciosa que la anterior. Hay sin duda un humor negro, negrísimo, que tiene una misión catártica, y un humor masoquista. Yo, como uno de los personajes de mi libro, soy decididamente “menosoquista”.

—¿Cuáles serían las características del tipo (humano) propenso al humor?

—Este reparto del humor es muy extraño y he cambiado tantas veces de opinión al respecto que seguramente mañana le daría una respuesta diferente a la que podría darle esta tarde. Lo que sí he comprobado es que en los congresos de física nos reímos bastante, y es que en las paradojas científicas hay un caldo de cultivo muy interesante para el humor. Dese cuenta de que la perplejidad es nuestro estado natural.

—Pienso en el relato La importancia del tiempo. ¿Cuánto de contingencia, de azar, tiene la literatura?

—Yo acabo de estrenarme como cuentista. Si me ciño a mi experiencia, los cuentos me los he ido encontrando, como objetos raros, en un camino o en una playa. Da la impresión de que estaban ahí, esperando. Lo difícil es descubrirlos. Y, eso lo tengo claro: como vaya a buscarlos no los encuentro.

—En ese mismo cuento el protagonista afirma que no confía en los relojes. ¿Se vive, se escribe mejor sin ellos?

—Lo primero que hago, al sentarme a escribir, es quitarme el reloj. Es como si me metiera en la ducha. El reloj no está hecho para escribir un cuento porque tiene uno propio, alojado en su interior, junto a un detonador, como sucede con las bombas.

—Que un poeta sea llamado a filas –La historia de Lorenzo Chu–, ¿es un desatino, un prodigio, un castigo?

—Yo diría que un poco de las tres cosas, dependiendo de dónde nos situemos. Si la guerra la cuenta el humor infrarrojo es un prodigio porque las bajas que se producen en el frente, terminado el cuento, vuelven a levantarse y se van a su casa a tomar un café con leche.

—Este mismo texto, deliciosamente cómico sobre un poeta, me hace pensar en que la poesía apenas –desde luego la contemporánea– deja margen para el humor. ¿Por qué? ¿Es demasiado seria?

—La poesía es un asunto muy serio, y que el humor no es asunto menos serio que la poesía. Demasiado, sin embargo, siempre será, eso, demasiado. De todas formas, por lo general, una es creyente y el otro no, y es difícil que convivan juntos. Pero se han dado casos.

—A propósito de El río de la pasión se desborda. ¿En qué momento lo que puede ser bello se convierte en cursi?

—Hay un momento en el que una casa, por bellos que sean los objetos que se colocan en su interior, no aguanta uno más, y los convierte todos en “adornos”. A mí me ha hecho siempre mucha gracia el lenguaje heredado del Cantar de los Cantares a partir del cual todos los atributos femeninos tienen que ver con desbordamientos de flores, y venga mariposas y venga palomas. Como en otros cuentos de este libro, me he puesto a observar a ese deslumbrado observador con sus mismas gafas de sol.

—¿Cuáles son, a la hora de escribir, “los nudos de imposible solución”?

—Por su resistencia se parecen al del ombligo, pero creo que son los que nos hacemos a nosotros mismos.

—Como científica y escritora, ¿qué es lo que más le gusta de las plantas carnívoras?

—Mucho más que las plantas venenosas o alucinógenas, las plantas carnívoras son las plantas pecadoras de la naturaleza, ¡ni siquiera las flores del mal de Baudelaire comen carne! Las plantas carnívoras son unas transgresoras.

—Destaca la brevedad de las composiciones. ¿Es posible mantener el tono jocoso en una narración extensa? Disculpe el juego de palabras: lo cómico, si breve, ¿dos veces cómico?

—No lo creo. El humor es como una goma de gran elasticidad. Otra cosa es que algo breve nos pueda arrancar una carcajada, en un momento dado. Pero lo cómico va más allá de la carcajada y encuentra muchos formatos para desplegarse.

—Lo divertidísimo de estos textos reside –me parece– más en la forma en la que se cuentan las historias que en la historia misma, al contrario de lo que sucede en la vida, que lo cómico suele ser la historia en sí. ¿Está de acuerdo?

—Romeo y Julieta son dos jóvenes que se enamoran y acaban muertos por la rivalidad ancestral que existe entre sus familias. La historia se cuenta en dos segundos y, sin embargo, es una obra de teatro inmortal, precisamente por cómo se cuenta. Yo creo que con el humor sucede exactamente lo mismo. Hay que poner las dosis justas de picante, de seriedad, de aceite, de amor, de orégano y de semillas.

—A propósito del cuento que da título al libro (Quiénes son y qué sienten las plantas carnívoras), ¿por qué nos cuesta no juzgar al otro por ser distinto, por qué no podemos dejarlo ser en paz acaso por falta de humor?

—Si todos fuéramos iguales lleváramos el mismo uniforme y tuviéramos los mismos atributos difícilmente existiría el humor, que se alimenta, entre otras cosas, de la diferencia. Creo, eso sí, que hay un humor respetuoso y otro que no lo es. En el respetuoso, hay una especie de cariño de fondo hacia la debilidad, lo estrafalario o la manía.

—De entre la digresión, la hipérbole y otros excesos de la retórica, ¿cuál es infalible para hacernos reír?

—Una digresión bien dirigida, da mucho juego. Los excesos, en general, necesitan una buena dirección y una excelente orquesta.

—No sé qué ocurre en Viena, su ciudad natal, pero en España lo políticamente correcto usa normas de corrección cada vez más draconianas, hasta el punto de que cuando se hace alguna broma hay que aclarar que uno no es racista, ni elitista, ni antisemita… lo cual es bastante fatigoso.  ¿Cree que tenemos menos sentido del humor que antaño? Si es que sí, ¿a qué lo achaca? ¿Hay un “terror cívico” a la risa?

—Mi padre era vienés, pero mi madre es de Ourense y aunque mi marido es también un científico errante nació en Tordesillas, y a mis hijos siempre les hemos hablado en español. Gracias a ellos creo conocer el humor español mejor que el austriaco. En cualquier caso, para algunos, en todos los países del mundo, el humor es como una mala hierba que hay que eliminar a toda costa. Inútilmente, porque éste sobrevive a los más potentes herbicidas.

—¿Se encontrará la fórmula científica que explique la carcajada?

—Tengo un tío, especialista en el cerebro, que está convencido de ello. Como científica, me gustaría estar ahí para verlo, pero le confieso que a mi otro yo, nada científico, esa explicación le hará muy poca gracia.

—Cuando Alicia Schrödinger quiere pasarse un buen rato a mandíbula batiente, ¿qué libros abre?

—Debo a mi madre el conocimiento de Jardiel Poncela y de Stanislav Lem, y los efectos benéficos de su lectura, en estos momentos en los que vivimos azotados por el Covid-19 me parecen bastante más seguros que los del Remdesivir. Mi padre me enseñó a reír con la boca más cerrada, con Laurence Sterne y algunos autores chinos que no he visto traducidos al español. Reírse a mandíbula cerrada batiente es también muy divertido.

—A la hora de escribir, ¿la mejor materia prima hay que buscarla en lo real o en el mundo onírico?

—Los sueños, de manera más o menos reconocible, están diluidos en la vigilia, y a los sueños nos llevamos también el día. Exceptuando la plancha y algunas labores mecánicas del laboratorio, que detesto, a mí no me gusta que me den el trabajo hecho, así es que quiero pensar que la imaginación es un híbrido de ambos y que hay que ponerla en marcha, desconociendo yo el cómo.

 

La diana y yo

Cuando terminé de leer El Zen y el arte del tiro con arco me di cuenta de por qué nunca me había tocado la lotería.

Para que la flecha se clave donde se tiene que clavar, en el centro de la diana, el arquero zen debe estar libre de toda intención, diana incluida; el arquero debe dejar de ser, desprenderse de sí mismo, con ojos que oyen y oídos que ven, salir disparado con la flecha, ser flecha y ser diana, ojo, sin quererlo.

No, yo había querido ganar la lotería, y acababa de descubrir que, para que me tocara, tenía que aprender a no querer ganar la lotería, que tenía, simplemente, que ganar la lotería. Ganar la lotería sin querer ganar la lotería, ésa era la cuestión.

Antes de probar de nuevo suerte con la flecha de la lotería, vale decir, de desaprobar la suerte, decidí medir el alcance del hallazgo en otros campos, con resultados deslumbrantes.

El hipódromo se encontraba muy animado aquel domingo de mayo. Nada más acercarme a las caballerizas, sentí que mi imán interior se había activado. Observé el ritmo de mis respiraciones, la tensión justa del abdomen. No tuve que buscar demasiado. Allí estaba: Viento-en-las-orejas, un purasangre de Yorkshire que reconoció mi flecha al instante. Tomé nota del número que portaba en las gualdrapas, concretamente el nueve, y lo multipliqué por el número de páginas del libro que acababa de transformar mi percepción del mundo.

La carrera transcurrió como una sesión de tiro con arco en los alrededores de Kioto; el aliento del caballo era el mío; Viento-en-las-orejas se comportó como el que ha ganado la carrera (para él no lo fue nunca) antes de participar en ella. Viento-en-las-orejas estaba ya en la meta cuando yo anoté el número nueve en mi libreta de la suerte, la misma en la que, apenas un mes antes, anotaba fórmulas probabilísticas del famoso premio Nobel Alexander Kiukov. ¡Qué diferencia!

Con la tranquilidad que da la experiencia y los bolsillos repletos, me dirigí entonces al Casino. Con extrema naturalidad pedí al aparcacoches que se hiciera cargo de mi vespa y le di una propina a todas luces y agradablemente excesiva.

De nuevo, el robusto edificio en el que tantas horas angustiosas había pasado, y que entonces hervía con la energía de la ambición desmedida, demostró ser un lugar muy diferente para mí. Me sentía caminar por los jardines de los monasterios zen. Las mesas de ruleta eran sólidas y pacíficas piedras de gran tamaño; las densas alfombras, caminos rastrillados de grava. Me sentía como un monje jardinero que se dispone a rastrillar el patio. Con el rastrillo en la mano, o, lo que era lo mismo, el arco y las flechas, me senté a una de las mesas. Miré la ruleta, todavía detenida. Sentí la orientación de la flecha, la diana, intercambiable con el ojo de Viento-en-las-orejas.

Cuando me alejé del Casino con aquel maletín lleno de millones, una nueva sensación se apoderó de mí. Ya no necesitaba ensayar más.

Escribo todo esto desde el monasterio de Huin-Shin-Shan. Miro el billete de lotería que compré en el aeropuerto y que a estas horas ha sido sin duda premiado. Me complace contemplar el número y sentir su energía. Lo he colocado con chinchetas en la pared de mi celda y hacía él lanzo una batería de dardos. Cada dardo se clava en uno de los números que componen el número final.

Nunca fallo.

 

El relato ‘La diana y yo’ abre el libro Quiénes son y qué sienten las plantas carnívoras. Cuentos de humor infrarrojo que, con prólogo de Menchu Gutiérrez, acaba de publicar la editorial Siruela.

 

Alicia Schrödinger (Viena, 1957) es hija, sobrina y nieta de científicos y antropólogos. Su infancia transcurrió en diversos países de Europa y América Latina. Desde su graduación en Ciencias Físicas en la Universidad de Monterrey se ha dedicado a la enseñanza y a la investigación durante más de tres décadas. Trabajó dos años en el puntero proyecto del acelerador de partículas LGH. Quiénes son y qué sienten las plantas carnívoras es su primera obra literaria.

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