Almacén

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Una mañana despejada y calurosa aplasta Chinatown. Estoy parado en la esquina de West Broadway con Canal Street haciendo malabarismos con un café, un cigarrillo y mi cartera. La gente pasa de camino a algún lugar. Es difícil determinar a dónde en una ciudad con todo tipo de horarios, rutinas y crímenes. Todo el mundo hace de todo a todas horas.

 

Mi jefa llega en un coche azul –derramo el café hirviendo sobre la cartera- y enfilamos por el túnel Lincoln hacia New Jersey, una ciudad que, por culpa de Los Soprano, siempre será un territorio de ficción para mí, con sus enormes parkings vacíos y sus descampados como desiertos donde nadie es capaz de encontrar cadáveres ni pruebas.

 

Llegamos al lugar que hemos venido a ver, un cubo rojo gigantesco, un almacén. La empresa GRM se gana la vida guardando bajo mil llaves lo que sus clientes quieran: antiguos rollos de 35 mm., cintas de las cámaras de seguridad de alguna nave industrial que ya no existe, facturas comprometedoras, documentos secretos, las fotos de la boda de una pareja que se divorció hace décadas, cartas que incriminan a uno o varios políticos, quién sabe. El trabajo de GRM es guardar, no preguntar.

 

Caminamos por kilómetros de estanterías, galerías y túneles. Todo está perfectamente señalizado y protegido por contenedores de un gas misterioso, capaz de asfixiar el fuego en cuestión de segundos, explica nuestro anfitrión. Hay diferentes tipos de contenedores: metálicos, plásticos, de cartón, con candado, llaves, cerrojos, precintos. La ilusión de la seguridad es muy débil frente al implacable avance del tiempo. Esto, algún día, no existirá.

 

Me olvido por un rato del discurso de vendedor de biblias de nuestro anfitrión y veo cajas con nombres que contienen anuncios de Mario Testino para Calvin Klein, partidos de la WNBA, trailers de la última versión del videojuego ‘Grand Theft Auto’… Cosas así. El vendedor de biblias me cuenta que aquí están los archivos fotográficos de la revista Time y que, hace años, cuando estaba en otra empresa, la discográfica Capitol decidió trasladar todos sus archivos desde Los Ángeles hasta Nueva York. No querían hacerlo por avión, así que mandaron 19 camiones climatizados, con escolta privada, en un viaje de tres días a través de este país imposible. Las master tapes de los Beatles, Sinatra y tantos otros haciendo una gira póstuma y silenciosa por todos esos pueblitos polvorientos con banderas enormes en las casas. O algo así.

 

De vuelta a Nueva York por el túnel de Holland, le pregunto a mi jefa cómo vivió el 11 de septiembre. Es una pregunta apropiada, creo, después de estar en un sitio que vende la posteridad por metro cuadrado. Bajaba con mi bicicleta por Riverside. Era un día precioso y despejado. Vi un avión volando bajo sobre Manhattan y pensé que era extraño. Estaba tan cerca que pude ver la AA de American Airlines. Las alas del avión se movían cómo si el piloto buscara el equilibrio. El avión desapareció en la Torre Norte y luego hubo una gran explosión. Llamé a mi marido, le conté el accidente que acababa de ver y le dije que trajera la cámara hasta donde yo estaba. Él dijo que era un atentado porque cuando las alas de un avión se mueven así significa que el piloto está apuntando a algo, no esquivándolo. Cuando llegó, vimos una segunda explosión y yo pensé que era de nuevo la Torre Norte. La Torre Sur estaba detrás y no supimos que era un segundo avión. Entonces pensé algo estúpido: los controladores aéreos se han vuelto locos. Estuvimos en Riverside, grabando con la cámara. Luego fuimos a comprar comida, nos metimos en nuestra casa de entonces en Chelsea y un montón de amigos empezaron a llegar porque no podían volver a sus casas. O algo así.