Americana

0
241

Fue en una gasolinera a las afueras de Shiraz en una noche limpia, fría y estrellada. Saíd se acercó a hablar conmigo. Compartíamos autobús en dirección a Teherán, uno de esos monstruos metálicos que han ido y vuelto varias veces del fin del mundo. Me ofreció un cigarrillo y, al instante, decidí que le regalaría My Dark Places de James Ellroy. Lo saqué de mi mochila y se lo di. Ya éramos viejos amigos.

 

Pensé que acababa de hacer algo subversivo, que, en realidad, le había pasado una bomba o una pistola infalible en el momento preciso o una verdad pura capaz de sacudirlo todo hasta devolverlo a la Edad de Piedra. Una pomposa tontería. Sólo creo en el destino cuando un libro cambia de dueño. “Aprendes que los hombres matan por menos razones que las mujeres. Los hombres matan porque estaban borrachos, drogados o enfadados. Los hombres matan por dinero. Los hombres matan porque otros hombres les hacen sentir como nenazas. Los hombres matan para impresionar a otros hombres. Los hombres matan para luego alardear de ello. Los hombres matan porque son débiles y vagos. Los hombres matan a las mujeres para que capitulen”.

 

Volvimos a vernos en Teherán, Saíd y yo. Nunca hablamos del libro. Teníamos otras preocupaciones y ningún bar donde emborracharnos. Fumar y caminar por las calles, es todo lo que hicimos.

 

Ellroy, escritor de novela negra, famoso por L.A. Confidential, decide investigar, varias décadas después, el asesinato nunca resuelto de su madre, ocurrido en 1958. La mujer apareció estrangulada en una cuneta de El Monte, Los Ángeles. Ellroy tenía 10 años y, de alguna forma, odiaba a su madre. Odiaba que se fuera cada noche con un hombre diferente. La odiaba porque quería vivir con su padre –estaban divorciados-, un fracasado agente de actores que le contaba, una y otra vez, cómo se ligó a Rita Hayworth y que, en 1965, se despidió de su hijo en el lecho de muerte: “Tírate a todas las camareras que puedas”.

 

Ellroy sobrevivió a todo eso y escribió My Dark Places: “Una vulgar noche de sábado acabó contigo. Moriste estúpida y violentamente, sin ninguna posibilidad de retener tu adorable vida. Tu carrera hacia la seguridad fue un breve indulto. Me escondiste como a un amuleto de la suerte. Te fallé como talismán, por eso ahora soy tu testigo. Tu muerte define mi vida. Quiero encontrar el amor que nunca tuvimos y explicarlo en tu nombre. Quiero desvelar tus secretos en público. Quiero incendiar la distancia entre nosotros. Quiero devolverte el aliento”.

 

Ayer, caminando de noche por Chinatown, mientras el empleado de una pescadería tiraba el hielo pestilente del día sobre la nieve negra del asfalto, pensé en Ellroy, Saíd y todos los héroes que me protegen y que todavía andan por ahí.