Amistades y caminos. (Paseo por el llamado camino inglés de peregrinación)

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28 de julio, martes

Después de casi un mes de estancia en Galicia, como en estos últimos veranos, intentando ayudar en los asuntos familiares y en el cuidado de mi madre, necesitaba reencontrarme con las alegría y esfuerzos del camino, esa ración de espacio-tiempo más cercano al origen, pequeño descanso de la angustia y de la continua presencia del maelström.

Así que me dirigí hacia Ferrol, a visitar a mis amigos Andrés y Pilar e iniciar uno de los caminos compostelanos que van surgiendo al arrimo del camino francés, quizá el único que merezca ese título, ennoblecido por las maravillosas trolas del Codex Calixtinus. Fue agradable mi corta estancia, gozando de la simpatía de esta pareja que parece incólume al paso del tiempo, como el fruto del membrillo que perfumaba las estancias y se guardaba también entre las ropas, símbolo él mismo de la armonía matrimonial para artistas como Tiziano.

Paseé a gusto por la ciudad, atacada desde hace muchos años por la desolación de una decadencia que ya había comenzado en nuestra época moderna, como el escritor nativo Gonzalo Torrente Ballester señalaba con incredulidad en las memorias del evangelista inglés George Borrow; pues su familia le representaba la ciudad como un lugar pujante y rico, frente a la decadencia que él mismo constataba en los escritos de Borrow y en sus recuerdos de su infancia. (¿Quizá en la historia de los Mariño? No, en la de Farruco Freyre, el desventurado bastardo que le envió al escritor un mensaje del más allá a través de la Estadea. En ambas obras, la mezcla de memoria y artificio se hace maravillosamente presente). Llegó después una cierta recuperación en la etapa franquista, quizá como homenaje a sí mismo del dictador, en forma de nuevos astilleros que dieron lugar a un resurgir de la ciudad y también al nacimiento de un fuerte sindicalismo obrero, para desesperación del general, supongo; pujanza pronto descarrilada en la etapa final de esa época, y ya después, cuando debimos acatar las normas europeas que se apartaban del proteccionismo y aún de ese paternalismo asociado a las industrias creadas por el Estado desde las políticas del llamado Regeneracionismo. Los museos en que acaba toda decadencia recogían ese esplendor pasado, en que convivían los astilleros militares con otros privados, también con los carpinteros de ribera, dando estos últimos forma a los galeones y bucetas con que se comerciaba y pescaba en todo el litoral gallego; eran muy agradables de recorrer, tanto el Museo Naval, de aire decimonónico y ligado a la presencia militar, como el más contemporáneo Museo de la construcción naval, orientado como su nombre indica a la historia de los astilleros, en que se iba señalando el paso de los viejos galeones, fragatas, bergantines y navíos, cuando éramos una potencia en los mares, a los cruceros y acorazados de la época moderna, condenados a heroicas derrotas, como la del Callao –más vale honra sin barcos…–, o a otras humillantes y penosas, como las que acabaron con nuestras últimas colonias a manos de la joven nación yanqui, en que ya solo cosechábamos vergüenza y un sentimiento de fracaso profundo. Como me ocurre ya continuamente, el paso a la época moderna, edad de los titanes, me produce el escalofrío que se siente después de cambiar la cálida madera por el metal.

Paseé también por el viejo Ferrol, esquina del mar que se dejó a los usos civiles de los mariñeiros, y me agradó ver que se había frenado el abandono y la ruina a la que parecía condenado. También paseé el barrio de Canido, decorado con motivos velazqueños, con su centro en una pequeña plaza que recogía los aires de la ciudad, pequeña y cosmopolita a la vez, en que debía estarse muy a gusto en estos días de calor. Después, visité al centro cultural dedicado al escritor Torrente Ballester en una vieja casa de misericordia, o caridad, recuperada para albergar exposiciones como la dedicada al también ferrolano Ricardo Carballo Calero, estudioso de la literatura y la lengua gallega, a quien recordaba en mis tiempos de estudiante en la facultad de letras de Santiago de Compostela. Creo que capitaneaba uno de los bandos en que se dividió el estudio de la lengua gallega, ligada en el caso del ferrolano a la necesidad de acoger la influencia lusitana para salvar las etapas del vacío de documentos escritos hasta la gran explosión lirica del XIX, en que se alzó la figura de Rosalía de Castro frente a la mediocridad de una lírica en “castellano” de insufrible retórica –con la excepción de Bécquer. Curiosamente, ese lirismo que llegaba desde Galicia influyó en ese mismo castellano anquilosado y fosilizado, para crear un “español” que acogía una nueva sensibilidad ante el paisaje y la expresión de sentimientos; renovación que puede observarse en un gallego como don Ramón del Valle-Inclán, algunas de cuyas obras, y en especial sus Divinas palabras, serían un castellano en prosodia gallega, o un gallego reinventado, intraducible quizá por único y maravilloso: en el principio era el ritmo.

También visité una exposición colectiva, Aromas de mujer, o algo así –Eau de femme–, en que se consideraba el papel del olfato en la experiencia estética, excesivo naturalismo a mi entender; ya se quejaba Dalí de los móviles de Calder: “Lo mínimo que se le puede pedir a una escultura es que no se mueva”. Entre las obras expuestas, me llamó la atención una curiosa interpretación de un tema clásico que en el manierismo y barroco alcanzó cierto relieve, sobre todo en la obra de Poussin: Et in Arcadia, ego, de la artista Reina D’hoore, que ella titula A orixe.

“A orixe”, de Reyna D’hoore

Vemos una pelvis de cabra, recubierta de polvo de oro, y una “tea de fío bordada”, donde aparece el lema citado, usado por primera vez por el poeta renacentista Jacobo Sannnazaro, y ya después por Torcuato Tasso: “también yo, la muerte, he estado en la Arcadia”. En oposición al original virgiliano, un lugar alejado en el espacio, la Arcadia que nace en nuestro Renacimiento es un lugar distante en el tiempo, un reino irremediablemente perdido y contemplado a través de un velo de rememoradora melancolía, en el poeta Sannazaro, y ya una requisitoria contra el mundo, contra el presente, en la obra de Tasso. La pintura tratará también el tema, a través de Guarcino y posteriormente Nicolás Poussin, en dos hermosos cuadros, en los que se produce una transformación, un cambio del sentido mismo de la escena, pues en el segundo de los cuadros ya no aparece la calavera que espanta a los pastores, sujeto del extraño lema, sino que este da voz a la propia tumba, a la amante ingrata, incapaz de amar: lo que era amenaza se ha convertido en recuerdo. En la composición de la artista la calavera se sustituye, como vimos, por una pelvis de cabra, idea de una muerte presente incluso en los paraísos, representados quizá por esas hojas de olor que la bolsa guarda. Huesos y tela se ceden uno al otro el oro que está siempre en el origen, fondo de todos los paraísos, y ya después amonedamos en la historia misma.

Por la tarde, paseo por la ventosa playa de Santa Comba, ideal para los practicantes de esos deportes con aire de ficción a lo Moebius, windsurfistas y kitesurfistas, unos jinetes de escualos, los otros de extrañas medusas voladoras, como apuntes para un mundo de intrépidos mutantes. Continuamos la excursión hasta el cabo Prior, plagado al parecer de túneles y poblados subterráneos que servían a las baterías con que se defendía la costa; ¿de quien? Me imagino formaba parte de la paranoia del dictador sobre la amenaza de una invasión inglesa. Descendimos por unos escalones que nos llevaban a una rota escalera al cielo y a un dintel que parecía enmarcar la inmensidad marina.

Puerta marina en cabo Prior.

A sus pies, los acantilados que señalan el origen de la tierra misma, enormes bloques basálticos; arriba, el faro, brillando al sol con su brillante caperuza de cristal. ¿Siguen sirviendo a los marinos con su viejo parpadeo? Quizá radares y demás artilugios los hacen inútiles, cíclopes desfasados y cegados por los astutos Ulises y sus nuevas artimañas.

Amigos y faros: luces.

Me despedí con pena de mis amigos y de Lolita, madre de Pilar, siempre alegre y decidora, que ahora pasa con ellos una temporada. Para los solitarios, la amabilidad y el cariño son como una fuente para el caminante; unos y otras son cada vez más raros. 

En el Camino. Jueves, 23 a domingo 26 de julio

Inicié así mi primera etapa del Camino hacia Pontedeume, donde me esperaban Lucía y Xavier, amigos que quería recuperar después de mucho tiempo; emprendí animoso la excursión, sin apenas saber nada de este camino que al parecer elegían muchos peregrinos llegados en barco desde los puertos nórdicos y británicos hasta los de Ferrol y la Coruña; cumplían así con el precepto de la peregrinación en un tiempo más discreto y breve que el de los peregrinos del camino francés. Supongo que los hombres de Iglesia dictarían la duración del camino, a tenor de los pecados o promesas de los propios penitentes; así, a un arquero, que no sabía si había matado en el transcurso de una guerra, se le imponía menor penitencia que a un infante o caballero, aunque la peregrinación se aplicaba sobre todo a los mercenarios, idéntica pena a la de un vulgar asesino. Creo recordar que el llamado ahora Camino del Norte recibía también peregrinos en los puertos cantábricos, con la intención de enlazar con el camino francés a la mayor brevedad posible, lo que marcaría diferentes ritmos en el mismo objetivo. Como ocurre en otros caminos, la peregrinación se convierte a menudo en una penitencia de un carácter bien contemporáneo, pues se debe hacer en muchos trechos pisando el infame asfalto y a menudo los caminos de tierra no son sino pistas forestales, creadas para gestionar una política de degradación de nuestro patrimonio forestal y de los viejos usos agrícolas, convertidos ahora en paisajes de factoría; a lo que se une un feísmo arquitectónico que enfría el ánimo del caminante, así como el asfalto le cuece sus pies y fatiga aún más sus músculos.

De todas maneras, el camino que bordeaba la ría era agradable de recorrer, paseo recuperado con ayuda de fondos europeos y se sostenía frente al paisaje industrial de grúas y guindastes; recordaba como su mecanismo arrastraba al poeta Fernando Pessoa cuando en el puerto lisboeta, libre de navíos, ve alejarse un vapor moderno y su volante anímico al fin se para, sustituido por una terrenal grúa, varada como él mismo en tierra, descargando ahora con su maquinal esfuerzo ya no mercancías, emociones: “E o giro lento do guindaste que como um compasso que gira;/ Traça um semicírculo de não sei que emoção/ No silêncio comovido da minha alma…” (Y el giro lento del guindaste como un compás que gira/ traza un semicírculo de no sé qué emoción/ en el silencio conmovido de mi alma…). Yo también hago un giro inesperado y atravieso el puente de Pías para ahorrarme unos kilómetros del camino original, aunque en mi descargo por los llamados “polígonos” industriales. Algunas imágenes recuperaban los viejos usos, como un restaurado molino de agua; otras aludían a la urbanización de la naturaleza que ya iniciaron los césares, para quienes todo debía ser imagen de la urbs primigenia.

Todo es “urbs”

Con la quita de esos kilómetros el camino no se me hizo demasiado duro, a pesar de las cuestas y revueltas, pues toda esta larga temporada de forzada encerrona apenas me habían preparado para un esfuerzo tan exigente, difícil de asumir por mis viejos huesos de peregrino escéptico. Llegué así en apenas cinco horas a divisar la maravillosa ensenada de Pontedeume, imagen de ese litoral gallego en que tierra y mar se empujan y desbaratan todas las perspectivas, tierra que se abre al mar, mar que le devuelve ese titánico esfuerzo convirtiéndose en una superficie de agua plateada, brillando en un maravilloso día de verano. No sabía muy bien qué hacer, pues había anunciado mi llegada para la tarde, así que llamé a mis amigos y me recogieron enseguida. Xavier me llevó a visitar la iglesia románica de San Miguel de Breamo –nombres que suenan a ese gallego escandido de Valle-Inclán–, antiguo monasterio, y que suponía también torre de vigilancia para avisar de la llegada de los temibles hombres del norte, los normandos, pues domina las entradas de las rías de Ferrol y Pontedeume, radiantes como decía en una mañana soleada, como contrapunto a ese paisaje degradado de eucaliptus y pinos resineros que ya no me abandonará. Sobre eso charlamos, pues Xavier es un investigador incansable en los archivos de la comarca y ha publicado, con la participación de Lucía como experta en temas de imagen y edición, varios libros sobre usos y costumbres tradicionales, así como de la aparición del asociacionismo entre los marineros de la zona, intentando escapar a las garras de los nuevos hombres de empresa protegidos por ese estado liberal que en España señala el abuso de poder y una traición al pueblo; “a los amigos, el favor; a los enemigos, la ley”, era el lema de esa Restauración que logró acabar con el fenómeno de los pronunciamientos militares, a cambio de degradar aún más los usos políticos y sociales. Así, los pescadores locales se resistieron a una sobrepesca que ya a finales del siglo XIX puso en peligro la viabilidad económica de la pesca tradicional, o los pequeños propietarios rurales, a la introducción masiva de especies foráneas en las viejas fragas, hasta que el abandono del campo desde los años sesenta del siglo pasado permitió unas replantaciones brutales, puramente utilitaristas, que hubieran escandalizado a nuestros primeros ingenieros de montes, hombres educados en el respeto a los usos tradicionales, como me señalaba Xavier. Recordaba los terribles versos de Rosalía en que denuncia las talas de las viejas fragas:

Los que ayer fueron bosques y selvas
de agreste espesura,
donde envueltas en dulce misterio
al rayar el día
flotaban las brumas,
y brotaban la fuente serena
entre flores y musgo oculta,
hoy son áridas lomas que ostentan
deformes y negras
sus hondas cisuras.

Y lo que le resulta tan doloroso como esa pérdida de los lugares sagrados de su tierra es la indiferencia de aquellos que debían defenderla; al abandono de los viejos usos se uniría también el de los propios habitantes, pues Galicia comenzaba ya a quedarse sin jóvenes, inermes ante los abusos de los poderosos, obligados a emigrar para poder emplear sus fuerzas en algo útil, país de “viudas de vivos e mortos/ que ninguén consolará”.

En fin…, en la hermosa casa de mis cariñosos anfitriones nos consolamos de estas miserias degustando una rica merluza del Gran Sol, reino reservado para bravos mariñeiros, acompañado de la allada gallega, pareja bien avenida como la que formaban mis huéspedes, también felices miembros de esa rara especie. Tras un poco de siesta fuimos a pasear al pequeño pueblo marinero de Redes, que recuerda quizá más a los caseríos asturianos, de elegantes casas de indianos y fachadas labradas, como aquella que sirvió como decorado para el rodaje de una película del director Pedro Almodóvar. Las escaleras que permitían a los propietarios llegar a sus casas desde el agua remarcaba también ese cierto aire irreal del lugar, animado a la hora del atardecer con la presencia de algunos forasteros, especie que ahora se añora, a la vez que se le observa con cierta preocupación; pues todos somos ahora posibles portadores de virus y demás, no solo de ganancias para la industria del entretenimiento.

Xavier y Lucía, en Redes.

Cómodamente instalados en una terraza sobre el muelle, seguimos charlando de los temas que han investigado estos últimos años, las tropelías de la Restauración, que ayudaron a vaciar aún más si cabe a Galicia, pues los jóvenes huían también del reclutamiento para la guerra de África, después de la escabechina cubana, y del que las familias acomodadas podían librar a sus hijos mediante pagos en metálico, o enviando a un joven de familia humilde en su lugar; esta situación dio lugar incluso a la creación de seguros, que obligaban a las familias a ingresar una cantidad mensual para logar así la redención del servicio militar, y también permitió miserables especulaciones financiaras, que la copla popular presentaba en todo su desgarro:

Hoy, en todo momento,
los pobres, la gentuza, la morralla
da su sangre en los campos de batalla,
y los ricos su oro, al seis por ciento.

Las levas se hacían a veces por las bravas, en fiestas y romerías a menudo, creándose también lugares y rutas de escape para quienes huían de ese reclutamiento forzoso, marchando a Cuba u otros países de la América hispana, siempre necesitada de fuerzas jóvenes. También, me contaba Xavier, esas redes sirvieron para mantener ocultos a los “fuxidos” de la Guerra civil, y señalaba una comarca ferrolana donde algunos de ellos consiguieron esconderse durante más de veinte años de las pesquisas de la policía franquista –recordaba un cuento de Manuel Rivas, que quizá trataba ese tema. Los sucesivos fracasos para intentar un régimen político que fuera capaz de acoger a la nación entera, o a una significativa parte, se hacen de nuevo dolorosamente presentes; también, la indiferencia con que se recibe cualquier intento de acercarse a una historia que es casi viva, más dolorosa si cabe cuando los jóvenes de ahora podrían reconocerse en sus mayores, pioneros en la lucha contra el expolio y la injusticia. La historia, la cultura misma, nuestra marca de identidad, nos resulta cada vez más ajena, más estrafalaria; si acaso, sirve para hacer carrera en otros ámbitos, dar lustre a actividades más serias, como la diplomacia, o la política; con argumentos parecidos, el señor de Norpois proustiano intentaba suavizar las angustias de un padre al ver los efectos malsanos del virus de la literatura en su propio hogar, y que al muchacho le provocaban una extraña sensación de perplejidad, de desamparo, como la que ahora sienten seguramente los jóvenes ante nuestros hábitos.

El día siguiente, viernes, día 24, inicié la nueva etapa que me llevaría a Betanzos, aunque en un momento especulé con alargar más la jornada, pronto desengañado por la fatiga que me supuso un camino complicado, de continuas subidas y bajadas, vueltas y revueltas, como el propio carácter gallego, y que comenzó en la dura ascensión por la calle Real, cuestas pensadas para automóviles y no para las pobres piernas peregrinas. Al llegar al final de la ascensión y volver la vista atrás recordaba mi estancia en el lugar de Pontedeume hace algunos años, así como la visita a uno de los viejos bosques sagrados de Galicia, la fraga del Eume, con su centro espiritual en las ruinas del monasterio de san Xan de Caaveiro; verdaderamente, las caminatas no nos dejan demasiadas fuerzas a los peregrinos para otros paseos que no se ajusten al propio y sentía envidia por los que podían ahora gozar de su aire fresco y la apacible sombra de robles y árboles de ribera, imagen de un paraíso que solo sentimos cuando somos expulsados. El presente me llevaba por una zona que es reserva de la biosfera, las Mariñas coruñesas y Terras do Mandeo, pero los carteles informativos más bien señalaban una esperanza que una realidad, invadida en gran parte por la presencia humana y por especies foráneas, como cangrejos, avispas y visones, así como plantas como la uña de gato, o la “herba da pampa”. Este trecho del camino fue brevemente agradable, a la sombra de laureles, muy abundantes en la zona, pero pronto volvimos al asfalto y al calor, alternándose luz y sombra de trecho en trecho. En Ponte do Porco se hizo presente el tótem de la familia de los señores medievales de la región, el jabalí de los Andrada, que tenía aspecto un tanto pisciforme, como la propia aristocracia española según afirmaba el irreverente escritor don Pío Baroja; el porco sostenía una hermosa cruz de brazos iguales, tótem unido entonces a una visión espiritual, a la vez que padre de un clan y del Estado mismo. Se levantó en honor de Fernán Pérez de Andrada, o Boo, que mandó edificar siete iglesias, siete monasterios, siete hospitales y siete puentes, según la leyenda, numero cabalístico que recuerda “trabajos” de raíz clásica, unión de preocupaciones espirituales y otras más civiles.

Tótem de los Andrada.

Ya cerca de mi destino, descansé un poco a la sombra de la iglesia de San Martín de Tiobre; en una arcada lateral encontré la cruz de lazos, círculo inscrito en un cuadrado que señala al parecer propiedades “apotropaicas”, como de fetiche contra el mal, así como su carácter de syzigia, símbolo cuaternario, nemotecnia en que los estudiantes recordaban el carácter del cosmos, o las cuatro etapas de la vida del ser humano.

Viejos símbolos.

En mi caso, no me sirvió de guía precisamente, pues allí mismo perdí el camino, entretenido quizá con meditaciones sobre nuestros símbolos, necesitados ahora de una luz como la que se convierte en clave del propio arco. En las afueras de Betanzos, la bella portada renacentista de Nuestra Señora la Virgen del Camino vino en mi ayuda para llegar a la Ponte Vella; el viejo arco abovedado de igual nombre nos introduce en uno de los pocos ejemplos de villa que aún conserva un rastro de armonía con nuestro pasado. El calor era fuerte a esa hora de la tarde y agradecí una ducha fría en el desolado albergue municipal, así como unas horas de reposo mientras mi ropa giraba en la lavadora. En la hermosa plaza de la Constitución torres e iglesias se asomaban al palco donde un escaso público observaría poco después girar también a un grupo folklórico que animaba el día del santo, patrón de Galicia y fecha que las Irmandades da Fala señalaron para recuperar la lengua gallega. El director del grupo pulsaba una especie de bombardino, como el sochantre de don Álvaro Cunqueiro, a la vez que nos iniciaba en el folklore de la región, acompañado por gaitas, acordeón y un trío de mujeres a la percusión y al canto, mientras una pareja de danzantes intervenía en algunas piezas, fin último de toda música hasta que la mímesis se sustituye por el estilo, así como la taberna, el lugar de trabajo, o el “terreiro” de la fiesta, por el escenario.

De vuelta al albergue, saludé brevemente a dos guapas mozas que hacen el camino, sorprendidas de que cargara con mi vieja mochila, imagen de los pecados que arrastraban los antiguos penitentes y no afecta a los jóvenes, pues aún deben cometerlos. También recuerdo el encuentro con un curioso peregrino que se había adelantado a su grupo y arrastraba una pequeña cadena; por todas las víctimas de la pandemia, me comentó, emocionada puesta al día de los pesares y deseos con que nace el camino hacia los finisterres, ahora casi vacío, convertido quizá en un factor de riesgo más. Mañana, hacia el Hospital de Bruma, de resonancia peregrina.

Ya no recuerdo casi detalles de esta etapa, hecho eso sí en un día de fuerte calor, aprovisionado de agua y alimentos, pues me habían advertido ya en Ferrol de la soledad y la falta de lugares donde recobrar fuerzas. Sé que pasé por una curiosa finca en que se cultivaban palmeras, exótica visión de una mezcolanza de especies que quizá adelanta un futuro, como vuelta a un cálido Secundario, era de los monstruos que se revive en el cine y en nuestras pesadillas –también en las esculturas que flanquean el camino en el lugar de Castro, obra de un artista local que usa la vieja maquinaria para crear extraños seres, al lado de figuras en piedra de una iconografía tradicional. Quizá los monstruos, los titanes, están ya entre nosotros.

Monstruos y titanes.

En algunos trechos el camino lo era verdaderamente, sombreado y fresco, de una más suave superficie de tierra, aunque al mirar a través de las especies nobles que lo bordeaban aparecían las plantaciones de eucaliptus, o de pino resinero, escalofrío desengañado que me hacía pensar en las escenografías que preparaba el ministro Potemkin a la reina Catalina en sus viajes por Rusia, para convencerla de su progreso y del amor de sus súbditos; aunque en ese caso eran de cartón piedra y así podían trasladarse rápidamente al siguiente destino, junto con los figurantes que representaban el papel de entusiasta pueblo. En algún lugar charlé con un pastor que vigilaba el hato cercano; pastor bueno, que se anunciaba en la limpidez de su mirada de hombre solitario, últimos ejemplos de una naturaleza angélica; así que nos entretuvimos un rato, aunque el tema de las últimas calamidades no deja resquicio para otros más agradables y sus reflexiones traslucían el miedo de todos los solitarios, hasta ahora felices irresponsables: Et in Arcadia ego. En la parroquia de San Pelayo de Buscás un arquillo coloreado mostraba la imagen degollada del santo, en una visión un tanto kitsch, y me traía el recuerdo de la tierra de mis antepasados, Albeos, que se vanagloria de ser el lugar de su nacimiento. Paré a comer en el lugar de Cos, al lado de la ermita, en un destartalado escenario de fiestas patronales, bajo una cubierta de uralita, sin sombra fresca ni fuente, pues no aparecía una zona de descanso que se anunciaba al lado de un pantano; son lugares que han perdido su aura y ahora reflejan otros intereses, que solo han acelerado el abandono y la despoblación de los viejos rueiros.

Al poco de reemprender el camino allí estaba la zona de “descanso”, invadida por familias acomodadas en los merenderos, en una mezcolanza que causaba escalofríos, olvidados de cualquier prudencia ante la catástrofe; imagen de las fiestas que se celebraban en épocas de pestes y calamidades, tienen el aire de un reto al destino. Paré de todas formas para descansar del terrible calor y disfruté morosamente de una fresca botella de agua; cerca, el grupo que ya conocía estaba descansando y comiendo: el extraño peregrino de la cadena y otro señor cubierto de tatuajes, así como una pareja de mayor edad, que parecían sobrellevar las distancias y el calor con buena disposición, aunque se quejaban de su efecto sobre las doloridas plantas de los pies, delicada base de toda peregrinación; supongo que los caminos de asfalto y cemento aumentan el daño.

Tras una última ascensión hasta el punto más alto de este camino, bordeando una granja de visones que parecía estar vacía y ahora infectan la zona, se llega al lugar que marca el encuentro de los caminos del norte y permite disfrutar de una hermosa vista sobre la ciudad de La Coruña y su mar. Y ya comienza el descenso hacia Bruma, festoneado por algunos cruceiros; no había sitio en el pequeño albergue y acepté la oferta de un hostelero de llevarme al pueblo de Mesón do Vento, a una habitación como de hotel de carretera, al lado de una gasolinera, precisamente. Todo el lugar, como tantos otros, ha tomado ese aire yanqui de servidor de la velocidad y el tránsito que le dan un aire fantasmal, de decorado a lo Potemkin para una breve apoteosis. Cené mediocremente y me fui un tanto desolado a mi habitación, pues uno de los ritos más agradables de estas caminatas es la charla con tus compañeros de fatigas como remate de la jornada.

(Creo que a veces confundo mis vivencias, a pesar de la ayuda de las fotos que hacen el papel del viejo bloc de notas –y ya no tengo fuerzas para poner al día, al llegar a mi alojamiento. El Domingo, camino de Sigüeiro, es cuando mantuve una breve charla con el pastor de ovejas y me encontré con mi medio paisano, el degollado san Pelayo).

El camino hacia Sigüeiro era más agradable de llevar, con tramos por un sombreado piso de tierra, restos del antiguo Camino Real que se intenta seguir, con desigual fortuna; incluso, una hermosa fuente con su tejadillo invitaba a sentarse y descansar: fuente de la Santiña, que anunciaba el tramo final, aledaño a la autopista. Una avenida en una zona industrial, ya en Sigüeiro, llevaba el nombre de Álvaro Cunqueiro, extraña ubicación para quien amaba los viejos bosques y las antiguas leyendas. Cuando me encontré con una especie de barriada moderna no tuve ánimo para pernoctar de nuevo en albergues urbanos y tomé un autobús para Santiago, un tanto frustrado y sintiendo no tanto el incumplimiento de la tradición peregrina como el de visitar de nuevo la hermosa y solitaria tumba de Valle-Inclán, en el cementerio de Boisaca. Quizá reina ahora en las tertulias celestiales, como dominaba con su extraña presencia y sus peregrinos saberes las más terrenales que frecuentaba en sus últimos días compostelanos en los cafés, como el Derby; su aura protectora inspiró todavía a los jóvenes bohemios que intentábamos agarrarnos a su capa remendada de pobre hidalgo para no ser arrastrados por el huracán del progreso –que se ha llevado al parecer al viejo café mismo. Seguramente, encontró en las rúas compostelanas un poco de paz en sus últimos días, en una ciudad que le traería ese aliento de eternidad que prefería al tiempo mismo, quietismo espiritual frente a la marcha desesperada hacia el futuro, remanso en el vórtice del maelström mismo que pronto devoraría nuestra convivencia y al mundo mismo. Yo no encontraba esa paz, o siquiera una melancolía más alegre, ni por tanto ánimos para recalar en la ciudad, penúltima y feliz etapa bohemia de la infeliz juventud, acogido al arrimo de personajes maravillosos: Licho, Pablo Ballesteros, Fernando, Luis…; el recuerdo de amores y noches de claro en claro la marcaron en mi alma con ese carácter de Arcadia de la que solo resta una melancolía incurable.

P. S.

Ya había constatado en otras ocasiones cómo la ciudad no añade nada al camino mismo, más bien enfría el ánimo del que llega, abrumado por esplendores barrocos y la picaresca de los tenderos. Pues Santiago es un patrón ambivalente, imagen de acogimiento, pero también guerrera, ligada a una aristocracia que se puso en pie de guerra, precisamente, cuando su patronazgo se quiso poner en duda a favor de santa Teresa de Ávila. Solo en el Pórtico de la Gloria la imagen de acogida, escenificada en un Dios-Rey que abraza a toda la humanidad y un Santiago con báculo de peregrino y sabio, se hace verdaderamente sensible. Ahora está de nuevo cerrado al público, pero en feliz ocasión pude contemplar las imágenes restauradas con los colores que amplifican aún más su carácter de acogida, de esperanza en una nueva era, alejada de los terrores del apocalipsis; las profecías de destrucción se cambian por la confiada sonrisa de Daniel, ¿la necesitamos en estos tiempos, como la propia peregrinación? ¿O solo percibimos una monumentalidad muerta, un cuerpo sin alma?

San Andrés de Teixido hubiera sido entonces un final más apropiado para mi camino, viejo compañero del propio Santiago, como Castor y Pólux girando en la noche y el día, peregrinación más antigua y humilde; también, el propio lugar de Finisterre, fin de un camino de las estrellas que existió antes del europeo, asombro ante un horizonte que no señalaba un fin, más bien una esperanza de alcanzar el reino de los bienaventurados, muelle de almas libres de temor. Por fin, Iria Flavia, con su sencilla iglesia donde apareció el propio cuerpo de apóstol después de viajar en su barca de piedra y ser trasladado a su emplazamiento actual en un carro tirado por bravos “touros”, amansados hasta convertirse en dóciles “bois”, como los que observaba con pena el labriego en los carteles de las ferias pontevedresas, en un grabado de Castelao. En Finisterre, en Padrón y otros puertos, los peregrinos embarcaban de nuevo para sus países de origen, fortalecidos para la espera del viaje final, como harían los llegados a los puertos del norte, a quienes he intentado seguir en sus pasos y esperanzas en tiempos más extraños y escépticos.

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