Andrés Sorel, una mirada personal. La literatura como conciencia ética

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Retrato de Andrés Sorel. José Antonio Navarro

I

En Barco de Ávila, junto a las cumbres de la sierra de Gredos, se puede leer un pensamiento que dice “y al fin, es todo tan efímero que lo importante es haber hecho de tu vida literatura y de la literatura, vida”.

La frase es del escritor Andrés Sorel, fallecido el pasado 7 de enero en Madrid, y está insertada en una roca de granito compartiendo alma y paisaje con sierras de piornos y manantiales. El monolito, un reconocimiento al escritor que durante tres décadas fuera secretario general de la Asociación Colegial de Escritores de España, fue inaugurado el pasado día 23 de abril, día del libro. Sin duda el mejor día para recordar a este magnífico escritor y pensador para el que la literatura fue su vida. La iniciativa de la corporación municipal de Barco de Ávila hace justicia con este intelectual de la izquierda española que pasó una gran parte de su vida en esta localidad de la sierra de Gredos. Aquí leyó, escribió, amó, terminó muchas de sus novelas y disfrutó de la belleza de sus sierras, un lugar donde permanecerá el rumor de sus conversaciones y tertulias con amigos, gentes generosas de estas tierras frías.

En la roca madre de estas sierras, junto a las cabeceras del Tormes, ha quedado fijada esta leyenda que habla sobre lo efímero de la vida y la verdadera dimensión de la literatura. Tenía que ser en estas tierras altas, de trashumancia, de trigo y cantueso, donde el escritor se sentaba a pensar, a escribir y a concebir sus libros. Sorel tenía la facultad de mimetizarse con el paisaje, fuera un pueblo de Castilla o Andalucía, o las cervecerías de Alonso Martínez en Madrid. Lugares compatibles, como solía decir. Dejó escrito que su vida era un “tren en continua marcha y en búsqueda del túnel que cerrará la luz para siempre”.

 

II

Cuando conocí a Andrés Sorel yo era estudiante de Derecho en Madrid, y el motivo de conocernos fue para invitarle a participar en una semana cultural sobre Castilla que organizábamos en Ávila, pues sabíamos de sus orígenes castellanos. En esta época nos sucedió una anécdota, que recordé con motivo de la presentación de la reedición de su libro Las voces del Estrecho en el Episcopio de Ávila el 6 de junio de 2016, que creo que sirve para comprender su visión esencial sobre la vida y el compromiso. Trascribo el texto de esta presentación en el último apartado de este texto.

Con estas palabras de recuerdo hacia este gran escritor no pretendo hacer una valoración literaria o política de su obra, sino unas reflexiones personales sobre un intelectual irrepetible, a partir de momentos que hemos pasado juntos con amigos comunes, y compartidos casi siempre con Ana Pérez Humanes, su compañera durante más de cuarenta años.

Me pongo a trastear con los recuerdos y me doy cuenta de que los primeros, esos paisajes que se alejan “a través de la ventanilla del vagón de la memoria”, como decía él, tienen una antigüedad de casi cuarenta años.

Recuerdo que, al principio de conocernos, cuando escuchaba alguna de sus conferencias, siempre se me quedaba grabada alguna frase lapidaria. En una ocasión contestó a una pregunta que le interrogaba sobre su sentimiento trágico de la vida, de la política, de la cultura, con una respuesta muy ágil y personal. Dijo que la realidad debía ser analizada tal cual, pero que mientras tanto la pregunta se resolvía “dando gusto al cuerpo, recorriendo el cuerpo de la persona amada”. Andrés trasladaba la coherencia del convencimiento, de las convicciones, independientemente de sus posibilidades reales. Algo que me recuerda al poema de Ángel González “sin esperanza, con convencimiento”, esa necesidad ética de coherencia que tiene la humanidad para sobrevivir a pesar de todo. Vivir con convencimiento significa creer en la palabra y en su capacidad creadora y no tiene como fin el corto plazo, pero es capaz de asentar una materia indispensable para las relaciones humanas y es lo que puede hacer lúcido un discurso en tiempos de descomposición. Andrés era “hombre de palabra” en todos los buenos sentidos de esta expresión.

En Iluminaciones, el libro que escribió sobre Antonio Gamoneda, hay una frase del poeta que dice: “hubo un tiempo en que mis únicas pasiones eran la pobreza y la lluvia”, y trascribe un fragmento de poema muy significativo:

“Escuché hasta que la verdad dejó de existir
en el espacio y en mi espíritu
y no pude resistir la perfección del silencio”.

No sé el motivo, pero siempre he relacionado a Sorel con Gamoneda, quizá por los paisajes de infancia que se han instalado en la memoria de ambos, paisajes de frío, hambre y miedo después de una guerra interminable que Andrés reconoce en las piernas de su madre “coloreadas por las cabrillas que le produce su permanencia junto al brasero” y que Gamoneda explica en su discurso de aceptación del Premio Cervantes en el año 2007 cuando dijo: “hablo de la pobreza porque yo vengo de la penuria y del trabajo alienante, mis fuentes son de baja extracción”. Es la reivindicación de los orígenes pobres, de derrota, que ya hiciera Juan de Yepes cuando mantenía la costumbre de sentarse en el suelo por voluntad de compartir el lugar de los criados y que siempre reconoció a la pobreza como su compañera y amiga de infancia. Es esa falta de pan, el hambre, lo que hace exclamar al escritor marroquí Mohamed Chukri “¡Maldito sea el pan!” en su libro El pan desnudo, cuando ve que el gato del muelle es más feliz que él.

Andrés tenía la extraña capacidad de analizar la realidad de África, de Palestina o de Cuba desde la rara intensidad de la luz que tenía la tarde de verano en la que se había desplazado en tren para participar en una charla, a lo que siempre estaba dispuesto. Relacionaba la naturaleza, el hambre, el erotismo, la política de una forma siempre compleja y brillante.

 

III

Fue a raíz de la publicación de su libro Las voces del Estrecho, en el año 2000, cuando reiniciamos una relación intensa, compartiendo ponencias, mesas y publicaciones sobre migraciones forzadas y muchos momentos de conversaciones increíbles.

Yo estaba destinado entonces en un Juzgado de Motril (Granada), lugar de llegada de pateras, una de las costas por las que entraba la trata de seres humanos a Europa. La geografía había situado la costa de Granada entre El Ejido (Almería), donde se había producido un brote xenófobo por una parte de la población local contra trabajadores marroquíes que trabajaban en condiciones miserables en los cultivos bajo plástico y la expansión del entonces denominado modelo Marbella en la provincia de Málaga. A partir de estos hechos, con el objetivo de propiciar la inclusión, y en colaboración con movimientos sociales de Granada, comenzamos a organizar desde la Asociación Jueces para la Democracia y el centro asociado de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) de Motril unas jornadas anuales bajo el epígrafe Derechos Humanos y migraciones. El argumento esencial de la cita consistía en persuadir de que con respeto e inclusión se vive mejor que con violencia y exclusión. Andrés participó en estas jornadas con varias ponencias y desde entonces hemos compartido muchas mesas, actos y manifiestos sobre migraciones. Nos hemos desplazado juntos, con otros expertos en migraciones, a las Islas Canarias, cuando la denominada “crisis de los cayucos” para participar en debates organizados por iniciativa del Fiscal Félix Pantoja, entonces vocal del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), donde con cierto éxito trasmitimos la idea de que la verdadera justicia impide aplicar las leyes de extranjería a los menores de edad.

A partir de aquí hemos alternado coloquios sobre migraciones, infancia, desplazamientos masivos con muchos expertos, tanto en algunos barrios de Madrid como en los cursos de formación de jueces y fiscales en el CGPJ y en la Fiscalía General del Estado. En el capítulo 23 de su biografía, Antimemorias de un comunista incómodo, recuerda con cariño esta etapa, durante la que tuvimos ocasión de escuchar la conferencia que tituló La mirada de un niño, una mirada social sobre la infancia, entreverada por su reciente experiencia de ser abuelo y que terminaba con una frase de Stefan Zweig: “El ser humano está compuesto por cuerpo, alma y pasaporte”. En muchos ámbitos compartimos reflexiones sobre la exclusión con Javier Baeza, el cura de Entrevías, hacia el que Andrés tenía admiración y un respeto profundos.

La aportación de Andrés Sorel a la cuestión de los derechos humanos de las personas migrantes ha sido muy importante. Las voces del Estrecho me parece un libro esencial para entender el fenómeno de las migraciones forzadas provocadas por el “efecto huida” de las grandes plagas de la humanidad, el hambre y las guerras, como decía él siempre para contrarrestar la expresión inmoral del oficialista “efecto llamada”. Es un libro imprescindible no solo porque pone voz a quienes mueren en las migraciones sino porque nos permite acercarnos, como dice Ismael, el enterrador (el personaje que sustenta la trama), “al alma” de los migrantes, al momento de la decisión de migrar, cuando deciden arrancar sus raíces, desenraizarse (desarraigo lo llama la ley de extranjería). El libro es de una gran calidad literaria en el que no falta la infancia, la belleza del mar y el erotismo.

Una gran aportación de Sorel a las jornadas Derechos Humanos y Migraciones de Motril fue la conferencia inaugural de la tercera edición, en abril de 2004, que tituló Los inmigrantes y los derechos humanos: frente al mercado, la justicia. Para él, el tema de las migraciones forzadas no era nuevo, pues había conocido a fondo el mundo de las migraciones de españoles hacia Europa en las décadas de los años sesenta y setenta, que describe descarnadamente con el realismo de los datos en su libro 4º Mundo. Emigración española en Europa (1974). Volvió a Motril dos años después para hablar de pobreza, migraciones y exclusión social.

En el libro de las terceras jornadas motrileñas conservamos un trabajo de Andrés emocionante y desconocido que tituló La literatura de las fronteras. Emigración y exilio. En el texto, y lo cito porque tiene relación con la frase del monolito inaugurado en Barco de Ávila, habla sobre literatura, lenguaje e imaginación, y señala: “toda literatura, aunque lo niegue, obedece a una mirada, la del propio escritor, y esa mirada refleja también el sentir ético y filosófico de quien ahonda en una historia, individual o colectiva, íntima o épica. El viaje de mi novela pretende ser también un canto a los vencidos, algo que es consustancial a toda mi literatura, y un grito contra los que no creen en la culpa, ignoran la responsabilidad que subyace en cualquier injusticia”. La frase es un gran legado ético sobre la responsabilidad de la literatura, de los escritores.

 

IV

Pero el gran recuerdo que me queda de Sorel es haber compartido conversaciones y abrazos en las tardes de verano de Barco de Ávila, entregados a la buena tertulia entre puestas de sol enrojecidas. Charlas inolvidables que siempre compartíamos con Nino, nuestro común amigo, el hombre excepcional que conoce todas las plantas de la sierra y que ha sabido vincular los paisajes de Gredos con la Institución Libre de Enseñanza. Y siempre de fondo el rumor de las gargantas serranas del Tormes y el color cárdeno de los buenos pintores castellanos.

La última vez que compartimos ponencia fue en el mes de julio de hace un año, en un curso de verano de la UNED en Barco de Ávila sobre Justicia y Memoria Democrática que dirigía nuestro querido Nino. Las palabras de Andrés fueron de una lucidez asombrosa, pero tenían sabor a despedida. Le pregunté si se encontraba bien y me dijo que había ido al médico esa noche, pero que no iba a renunciar a una intervención sobre un tema capital. Con su socarronería amable me dijo, apartándome del grupo más grande, “lo único que ya me funciona en condiciones es la cabeza”.

La última vez que estuve con él fue a finales de agosto en San Lorenzo de Tormes con un grupo de amigos. Estaba muy repuesto y alargamos el momento y la charla hasta que empezó a refrescar. Hablamos de los dos proyectos que tenía pendientes, un libro sobre su amigo José Luis Sampedro y otro sobre Franz Kafka, y ya no le volví a ver.

El pasado 7 de enero Nino me comunicó la muerte de Andrés Sorel. Un grupo de amigos fuimos a acompañar a Ana, su compañera desde hace cuarenta años, y allí despedimos con toda la fuerza de la amistad a este gran escritor que dirigió la magnífica revista República de las letras, al que dejo este poema de John Berger, que me hubiera gustado leer en su despedida:

“Dime lo que sangra
tú que ves en la oscuridad.
Las manos del mundo
amputadas por el lucro
sangran en
calles de matanza”.

 

V

El día 6 de junio de 2016 nos convocó Andrés Sorel en el Episcopio de Ávila para presentar dos libros suyos. Nuestro amigo Nino presentaba las Antimemorias de un comunista incómodo y mi encargo consistía en presentar la reedición de Las voces del Estrecho. Presenté el libro recordando un suceso que nos ocurrió tiempo atrás, en tres escenas y una realidad. Decía así:

Escenario

Una noche de verano en Ávila. Años setenta. Pura transición, organizábamos lo que llamamos la Semana Cultural de Castilla y León, en la entonces Casa de la Cultura, donde celebrábamos debates y conferencias sobre cultura y política. 

Primera escena

En un coche viajábamos cinco personas entre ellas Andrés, Ana (su compañera) y yo. Íbamos despacio porque la conversación era intensa. Al terminar de bajar la cuesta de la ermita de Sonsoles nos adelantó un coche. Momentos después una nube de polvo lo envolvió todo y paramos. Nos bajamos sobrecogidos.

Segunda escena

Se va despejando la nube de polvo y delante de nosotros aparece un coche partido, destrozado y trozos de chapa por todos lados. No había nadie y la cuneta y el asfalto estaban llenos de billetes de mil pesetas. Muchos billetes de mil pesetas.

Cuando nos serenamos oímos que desde el trigal venía una queja leve y una respiración cada vez más fuerte. Era una persona herida que necesitaba auxilio y que estaba tendido entre los surcos. Nos acercamos, le tocamos sin moverle y hacíamos lo poco que sabíamos, que era animarle para que respirara, para que siguiera viviendo. Queríamos que siguiera viviendo.

Aunque había poco tráfico al cabo de unos minutos pararon otros coches. Una persona tomo el pulso al herido y otros fueron a llamar a una ambulancia. Y nosotros intentando convencerle de que se quedara en la vida.

Tercera escena

Irrumpe en escena un hombre fuerte, voz ronca. Hombros anchos y cabeza más bien pequeña. Se dirige a nosotros y nos increpa diciendo que la carretera estaba llena de billetes, que dejáramos al herido y que entre todos recogiéramos el dinero, que estas cosas siempre traen problemas. El hombrecillo no quería problemas. A nosotros se nos había olvidado el dinero de la carretera, y seguíamos animando al herido, hablándole para ver si con palabras le atábamos a la vida.

El hombrecillo de la voz ronca y decidida no paró de recoger billetes hasta que llegaron las ambulancias. No preguntó cómo estaba el herido. Andrés le miró todo lo mal que pudo sin decir palabra.

La realidad

El herido en el accidente sobrevivió a pesar del impacto tan fuerte (por eso lo cuento), imagino que no por nuestras palabras de aliento, sino porque llegaron las ambulancias y después los médicos harían un buen trabajo y el motivo de que hubiera aquella parva de billetes dispersos por la carretera era porque se trataba de un empleado de banca que venía de recoger la recaudación de los pueblos de la sierra.

Una interpretación de las escenas y la realidad

Traigo esta anécdota personal a colación porque yo creo que en esta imagen (o representación de imágenes) de una escena real vivida en común se puede encontrar la esencia de las preocupaciones sociales, políticas y literarias de Sorel. En esas imágenes está la quintaesencia de sus preocupaciones y reflexiones fundamentales. Esa tensión entre la visión machadiana del hombre bueno y las malas gentes que caminan, entre la hospitalidad y el acompañamiento frente al que evita el problema, el no quiero problemas. Es la ambivalencia de los seres humanos en las relaciones sociales. Tensión entre el dinero y la vida, que se ve en los momentos extremos. En definitiva, la dicotomía entre esas Españas que siempre pugnan en sus libros, en Las guerras de Artemisa o La noche en que fui traicionada. Pero que también se ve en sus libros iniciales sobre Lorca, Machado, Miguel Hernández, o la biografía más reciente de Gamoneda, otro poeta esencial.

Esa tensión se ve en Las voces del Estrecho de manera fundamental, la misma que se está viviendo ahora con la denominada “crisis de los refugiados”, donde 28 países de un continente rico no quieren tener problemas, no dudan en desatender a personas en estado de necesidad ni en saltarse la legalidad de una Europa que tiene su fundamento en el derecho de asilo y en la idea de hospitalidad.

Los billetes de mil pesetas hoy son euros que viajan a la velocidad de la luz sin dejar rastro de riqueza en los países por los que circulan, mientras niños mueren ahogados cuando huyen en desbandada de la persecución y de la guerra. Una Europa que no se reconoce a sí misma, que renacionaliza fronteras, que incauta bienes personales y que no quiere mirar a los ojos de la muerte. La Carta Europea de Derechos Humanos prohíbe las expulsiones colectivas y la devolución de quien huye de la persecución a países no seguros.

La palabra central del prólogo de la reedición, como dice Andrés, es vergüenza. Pero también desastre porque en el espejo de esos niños que mueren ahogados para que “buenos ciudadanos” no tengan problemas está reflejado el naufragio de Europa, que está permitiendo que se repitan iconos que nunca se deberían haber repetido, campos, trenes, filas de personas acarreadas como ganado, y muerte, sobre todo mucha muerte.

 

El 29 de agosto próximo, a las 20.30 horas, se celebrará en el espacio cultural de Barco de Ávila (antigua fábrica de harinas) un homenaje al escritor titulado Andrés Sorel: Pensamiento, vida y literatura. Intervendrán Carlos Sainz Pardo, de la Universidad Grenoble Alpes, Luis Carlos Nieto García y Ana Pérez Humanes. Antonio González Canelejo será el moderador.

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