Ángel Crespo

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Se cumplen veinte años de la muerte de Ángel Crespo y un grupo de poetas de varias generaciones se han reunido en Casa del Lector para rendirle homenaje. Traductor de Petrarca, Dante y Pessoa, fue un extraordinario poeta cuya obra contará este año con tres nuevos títulos. “Si he venido aquí esta tarde es porque creo que hay que restablecer en nosotros la persona y la obra de Ángel Crespo”, dijo Antonio Gamoneda en el acto.

 

Me tocó, en mis años más intensos de ejercicio del periodismo, por imperativo de los tiempos, por exigencias informativas y por la curiosidad devoradora de la juventud, tratar a un buen número de exiliados que durante la década de los ochenta se fueron reintegrando, con mayor o menor fortuna, en el panorama cultural de nuestro país. Recuerdo a Rafael Alberti dormido durante la conversación en el séptimo y último piso de una torre del ensanche de La Castellana; a María Zambrano diminuta y hundida en un sillón enorme de su casa de la calle Antonio Maura; a Eugenio Granell irónico y juguetón en su domicilio de Príncipe de Vergara –¿o era todavía General Mola?– contiguo al portal de Bárcenas que han hecho famoso las televisiones. Y a otros más que pedían a los periódicos el lugar que la historia les esquivaba y creían merecer.

 

Entre todos ellos guardo especial recuerdo de Ángel Crespo, un hombre grande de frente ancha y pobladas patillas que usaba chalecos coloridos y fumaba en pipa. No era en realidad un exiliado o no al menos como consecuencia de la Guerra Civil. En 1967, agobiado por el clima político y social irrespirable, aceptó una invitación de la Universidad de Puerto Rico con la firme intención de no volver hasta que no se instaurasen las libertades y la democracia. No se decidió a regresar hasta 1978.

 

La primera vez que le entrevisté, en enero de 1985, fue con motivo de la concesión del Premio Nacional de Traducción por su versión del Cancionero de Petrarca. Le pregunté por la poesía actual y me habló con pasión de los poetas jóvenes que estaban enlazando con la tradición experimental de los años cuarenta, con el postismo del que fue uno de sus máximos exponentes y que quedó postergado por las urgencias de la poesía social. Nos vimos desde entonces con alguna frecuencia, aunque fijó su residencia en Barcelona, y aproveché siempre su magisterio generoso y ameno. Le recuerdo en un encuentro poético en Cuenca, en el verano de 1986, sudoroso y grave, recitando a Pessoa a altas horas de la madrugada. Petrarca, Pessoa (tradujo en 1984 Libro del desasosiego) y Dante (había vertido la Divina comedia en tercetos rimados entre 1973 y 1977), grandes continentes en los que me adentré con la ayuda impagable de Ángel Crespo.

 

Porque fue también un gran divulgador y un magnífico articulista como demuestran los textos recogidos en Las cenizas de la flor (Júcar, 1987), que conservo en un volumen subrayado y desencuadernado. De su mano recorrí las calles de Lisboa (La vida plural de Fernando Pessoa, Alianza, 1988) y su guía fue esencial para penetrar en los laberintos de Dante (El autor y su obra. Dante, Barcarola, 1986). “Si se me pregunta en qué consiste la poesía, diré, sin pretender agotar la definición, que en ir cargando a las cosas de significados de los que aparentemente carecen y que, no obstante, se encuentran desde siempre en ellas, en espera de que alguien los descubra y nos ayude, al hacerlo, a comprender el mundo y a comprendernos a nosotros mismos”, escribe en el primero de los libros citados.

 

Recuerdo al tiempo a un Dámaso Alonso huraño y escamón, en las sesiones de los jueves de la Academia a las que aguardábamos los redactores, o una cena con Camilo José Cela mojando pan, para decir que no lo probaba guiñando un ojo cuando apareció Marina Castaño. Ángel Crespo quería reparar el olvido, la distancia, no para un reconocimiento de su obra que nunca buscó sino para paliar las carencias de un país irreflexivo. En el infierno de Dante no había sangre y restos humanos esparcidos como tras un accidente aéreo; en todo caso, hacía frío y habría que referirse a “un frío dantesco”. En la Comedia –como él prefería llamarla– imperan otros sentimientos: “¿No sería estupendo que se hablase –en una crónica cinematográfica, por ejemplo– de las ‘tiernas miradas dantescas’ con que los protagonistas se dan a entender su amor?”.

 

El pasado martes, en Casa del Lector, se reunieron un grupo de poetas de diferentes generaciones para rendir homenaje a Ángel Crespo cuando se cumplen veinte años de su muerte. Miguel Casado, Jordi Doce, Diego Doncel, Olvido García Valdés, José Luis Gómez Toré, Esther Ramón, José Ramón Ripoll y Fanny Rubio eligieron cada uno un poema de la extensa obra poética de Crespo. Cerró el acto Antonio Gamoneda, que declaró su íntima cercanía con el poeta manchego, hasta el punto de que algunos de sus poemas que le venían a la cabeza pensaba que los había escrito él, “pero no tuve esa suerte”, matizó. “Si he venido aquí esta tarde es porque creo que hay que restablecer en nosotros la persona y la obra de Ángel Crespo”.

 

Pilar Gómez Bedate, su mujer y compañera de todos los exilios, abrió la sesión y se refirió a los años de apartamiento y soledad interior: “El olvido le dolió afectivamente”. Anunció que este mismo año van a publicarse tres nuevos libros de Ángel: Poemas últimos: Ocupación del fuego, Iniciación a la sombra (Amargord), una reedición de sus dos últimos poemarios; La voluntad de perdurar, una antología de poemas sobre la naturaleza, y Amadís y el explorador (Pre-textos), prácticamente inédito porque sólo se publicó en una edición de Poesía completa que apenas tuvo circulación. Gómez Bedate añade que todos ellos estarán acompañados de una interpretación nueva de poetas jóvenes, y no de estudios académicos.

 

Gamoneda eligió el poema ‘Ignorancia de otoño’:

 

        Para ignorar hay que vivir.

        Las manos ya se niegan

        al testimonio de los días

        y las noches paradas.

 

        Maduras

        pero todavía no asoman

        amargos, los gajos abiertos

        que oculta tu temor.

        Aún no ignoras bastante.

        Temes el vuelo de ese pájaro

        obstinado.

        ¿Trancurren, pues, las estaciones

        o eres tú, tan absorto, el tiempo?

 

        Sabes ya que la lluvia

        no importa, que nada vale el plazo

        de la espera.

                                Lo sabes

        e ignorar es el alimento

        del hombre –el de esta brisa

        que no se sabe aire.

 

Carlos García Santa Cecilia (Madrid, 1957) es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y ha sido subjefe de la Sección de Cultura de El País (de 1982 a 1990), ha sido redactor jefe del Área de Cultura de Diario 16 y escribió una sección diaria durante un año en El Mundo (1998). Actualmente colabora con Abc Cultural, entre otras publicaciones. Impartió clases de historia del Periodismo durante cinco años en la Universidad San Pablo-CEU, es autor de una decena de libros y ha comisariado varias exposiciones, entre ellas 'Joyce en España' y 'Corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española'. Ha sido director de Comunicación de ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’ y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad es responsable de la editorial del grupo, 'Los libros de fronterad', y coordina varios proyectos como las jornadas anuales que dedica Ámbito Cultural de El Corte Inglés al Hotel Florida.   El mundo de los libros impresos y el de las bibliotecas (entendidas como grandes centros dinámicos depositarios del saber) se diluye ante el empuje de las nuevas tecnologías, como se derrumbaron en la Edad Media los scriptoria de los monasterios con la expansión de la imprenta. Tal vez a uno de esos desnortados monjes se le ocurrió recoger la pulsión de la atmósfera plácida, culta y decadente que había conocido con el ánimo del ángel psicopompo. Y hablar De libros raros, perdidos y olvidados.