Apenas nada. Sencillo manual de instrucciones

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Tengo mis leyes y mi tribunal en qué juzgarme, y a ellos apelo más que a otros. Podré restringir mis actos según deseo ajeno, pero no los entiendo sino según el mío. Sólo uno mismo sabe si uno es cobarde y cruel o leal y devoto. Los demás no nos ven, y sólo nos adivinan por conjeturas inciertas, examinando más nuestro artificio que nuestra naturaleza. Por ello no debemos atenernos a su opinión y sí a la nuestra. Sírvete de tu juicio propio… Mucho peso tiene el interno testimonio que haces de tu virtud y tu vicio. Quitad esa conciencia y no queda nada (Cicerón, Tusc.,1,25 y De Nat deor., III,35)
Ensayos. Del Arrepentimiento. Michel de Montaigne

 

¿Será que a falta de un sistema sólido de pensamiento hemos de recurrir a un puñado de recetas para guiar nuestra conducta? Máximas, sentencias, proverbios, reflexiones, proposiciones, adagios, apotegmas, greguerías, aerolitos, tuits…

Pero… ¿Qué precisa un aforismo para ser considerado como tal? Autonomía, desde luego, debería ser lo primero. Un solo aforismo podría ser el resumen de una novele entera; algo así como un pecio literario, narrador de una historia oculta a la simple mirada, a la lectura superficial; es preciso bucear en él para contemplarlo como se merece. Un aforismo debería ser además amalgama: mitad ensayo, mitad poesía. Y debería, entre otras cosas, ser breve, plástico, ético, paradójico y a poder ser original.

Pero a diferencia del pecio, eterno testigo del fondo del mar, un aforismo dura tan poco en la memoria que apenas consigue mantenerse en la cabeza unas horas. A su favor, tampoco se puede decir de él que por malo que sea, pueda hacer mal a nadie. Pero para ser justos, pocas veces podremos afirmar que, por bueno que resulte, un aforismo conseguirá cambiar la vida de ninguno de nosotros. Se evaporará en el aire, se deshará como un copo de nieve en el alféizar.

Uno lee a alguno de los más grandes aforistas: Leopardi, Nietzsche, Juan Ramón Jiménez o, por qué no, lee una greguería de Gómez de la Serna y se pregunta al instante: ¿cómo he podido yo vivir sin este pensamiento hasta ahora? Pero luego, estas pequeñas frases, que parecen del día a día, y que pretenden venir cargadas de una milenaria sabiduría, se van… como aparecieron: en un abrir y cerrar de ojos. Vienen a ser como el fogonazo surgido de la chistera, el vuelo de la paloma que sale del interior del chaqué o los lazos de colores que brotan desliados de la boca del mago. Cuanto más sencillo es el abracadabra del prestidigitador, más nos sorprende el misterio de su truco. Lo mismo sucede para los aforismos: cuanto más simples y cotidianos, más asombrosos resultan. A uno le parecen aforismos también otras cosas bellas: la risa de mis hijos, una flor en invierno, o una sencillamente una nevada. Hablan por sí solos. Sí, estos milagros, estos trucos de la vida, son breves, son bellos, son absolutamente originales, pero se esfuman de nuestra memoria como el apotegma. La gran ventaja, la inmensa fortuna, es que los aforismos que se releen al cabo del tiempo vienen con la misma frescura que la primera vez; incluso a veces lo hacen con un olor y un color distinto, quizás más fresco, tal vez más sedimentado. Lo mismo para la risa, la flor y los copos cayendo.

Me gustaría que donde uno lee una simpleza otro encuentre una razón oculta; así que este libro es para todos y para ninguno, es decir, puede ser de utilidad a cualquiera porque, en realidad, entre todos hubiéramos sido capaces de escribirlo. Este libro nació con la intención de dar sombra a los hijos del autor solamente, apenas nada más; pero como la semilla, creció más alto de lo que se esperaba e incluso uno confía en que, con el tiempo y entre sus ramas, pueda dar cobijo a otros muchos, no sólo a los que va dirigida la obra.

Escribir nuestro propio canon, como Michel de Montaigne. Esa era la misión del libro, pero que además fuera guía para alguno. Pero seamos sinceros, no todo lo que se recoge en el texto pretende trascender. Se intentó contar la intimidad de las cosas, del día a día, con el corazón desnudo (Baudalaire) y que además sirviese, no tanto para llegar a ser completo, como para no ser corriente (Juan Ramón Jiménez).

Habrá pocos lectores que lo tomen desde el principio al final, de forma ininterrumpida, sino que lo harán picoteándolo, por una página, por la otra, parándose en un aforismo, después en otro. Lo que se trae a lectura en Apenas nada, este hacinamiento de frases que parecen instrucciones para la vida, no son sino meras recomendaciones, nada más. Fueron construidas estas sentencias a lo largo de varios meses y a intervalos. Unos salieron cortos; otros pecaron por exceso. Por eso mismo, como fueron escritos de tanto en tanto, también deberían ser tenidos en cuenta sólo ocasionalmente. Este sería, quizás, el primero de los consejos que pretende uno dar en este manual.

De la lectura de alguno de ellos, de tan simples como son, se deducirá que salieron de la cabeza de un tonto. Otros, por parecer parcialmente brillantes, por antítesis de los primeros (los malos), hay quien colegirá que han sido tomados de algún sitio. Es posible, pues ni en la pintura, desde Altamira, ni en la literatura, desde Homero, se ha realizado nada que pueda llamarse auténticamente original. En el pensamiento y en los consejos, mucho menos.

El sabio no es sabio en todo. Desde luego, uno no se considera a sí mismo, ni mucho menos, un sabio, pero sí algo capaz. Y el capaz suele ser capaz en todo, incluso en la ignorancia, el atrevimiento y la osadía, la misma con la que se brindan estos apotegmas menores.

Aforismos escogidos

APRENDED con naturalidad (lo retórico se craquela, como los cuadros).

NO CEJÉIS en el empeño de sorprenderos, como motor de todo.

No os avergüence decir “no lo sé” si aceptáis, claro, el compromiso de AVERIGUAR su porqué.

Nunca apeléis a la falta de tiempo como excusa para no haber hecho algo. El día es una sucesión infinita de pequeños instantes. APROVECHAD cualquiera de ellos.

Os sobra inteligencia para IGNORAR al que os intenta ofender, pero ¡ojo!, estad preparados porque eso les exacerbará más si cabe.

GUARDAD cosas entre las páginas de un libro, fomentad la evocación futura.

HUID del protagonismo, pero no paséis inadvertidos; pedid la palabra, pero no sobreactuéis.

ESCUCHAD a J. S. Bach y pedid que os definan clásico, rollo o culto si alguien se sorprende de que lo estéis haciendo.

Si es que no llego a reconoceros algún día, cuando mi pelo parezca ceniza, FROTAD mi cabeza como si quisierais apartarla de él. Creo que me gustará.

Y si aún así no os llamo por vuestro nombre, DISCULPADME y besadme en los párpados, por si sólo fueran motas de polvo lo que enturbia mi vista. Creo que os gustará.

DEJAD que otros clamen por vuestra boca. Sed perennes contra la injusticia.

ASID con fuerza la mano de vuestros abuelos. ¡Hacedlo ya!, no conozco baranda más segura.

ASUMID vuestra parte de responsabilidad en lo que les ocurra a los que os sigan, no tanto por vuestra acción, como por vuestra omisión.

MANTENED con vuestra pareja una breve distancia, un leve tiempo, un discreto conjunto de matices. Sed sutiles en la diferencia, pero tenedla.
GRABAD en vuestra memoria los olores de las cosas. Oledlo todo; un olor cotidiano puede convertirse en un recuerdo futuro profundísimo. Os ayudarán como marcapáginas de la vida.

NO SINTÁIS añoranza de lo que no ha sido…

y NO PERDÁIS el tiempo en condicionales absolutamente inauditos. Vivid con la cabeza en las nubes, pero con los pies en el suelo.

Y para los demás… NO NEGUÉIS nunca la posibilidad de que sueñen. Es miserable.

NO HAGÁIS de vuestras carencias y frustraciones pancarta de protesta, pareceréis ridículos.

NUNCA os aliéis con delatores o traidores, ni siquiera si lo fueron de vuestros propios enemigos (porque los tendréis, sin duda. Es condición humana, lo contrario es melifluo y falso) Roma traditoribus non praemiatno.

EJECUTAD proyectos, aunque no aporten beneficios económicos.

DEFENDED ideas, aunque no sirvan como moneda de cambio.

Y ASUMID compromisos, aunque no sirvan a vuestros intereses.

Estas tres instrucciones previas se complementan con el corolario: NO RENUNCIÉIS al pragmatismo, ni al desarrollo personal, pero no lo juguéis todo a esa carta. Termina siendo fútil y cortoplacista.

 

Este texto formar parte del libro Apenas nada, cuya segunda edición acaba de parecer en la Editorial Rastreos. Se pude adquirir en la librería Alberti de Madrid, calle Tudor 57.

 

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