Apuntes sobre La furia del silencio

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Esta es la portada de la mejor novela peruana publicada en 2021. De lejos. Foto del autor.

 

No conozco a Carlos Dávalos. La primera vez que vi una foto suya fue cuando llegó su libro a mi casa, hace menos de una semana. Me enteré de él por un post en Facebook de Diego Trelles Paz, a mediados de noviembre. Sé que lo publicó Lumen (Penguin) en febrero de este año. Sé que Dávalos es peruano y que vive en Madrid.

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Esta es una de los dos mejores novelas que he leído sobre la guerra interna en el Perú (1980-¿1992?). La otra fue Cementerio de Barcos de Ulises Gutiérrez Llantoy. Sin embargo, lo que ha escrito Dávalos es mucho más que una novela «sobre la guerra interna» (como también lo es el libro de Gutiérrez).

El lector encontrará personajes memorables y situaciones bien elaboradas en este mundo de 400 páginas. Sólo ese detalle obligaría a cualquier lector de novelas (creo yo) a darle las gracias al autor.

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Dávalos crea un universo que parece tomar lo mejor –lo dice algún crítico en la contraportada de la novela–del universo de La ciudad y los perros y de El guardián en el centeno de Salinger. Hay algo de eso: sí.

También hay más.

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Me encanta que los personajes, sobre todo Facundo, saquen un cigarrillo en varias escenas del libro. Ya casi no se ven cigarrillos en las novelas del siglo XXI. Sospecho que a Ribeyro le hubiera gustado eso.

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El final creo que también se aproxima al mundo de Ribeyro (no se preocupen, no les voy a arruinar la lectura). La actitud del personaje, su modo de enfrentarse a lo que viene (o a lo que sabe que vendrá), a veces con un cigarrillo entre los labios, me hace pensar en lo ribeyriano.

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No he leído aún comentarios sobre otra semejanza obvia: Conversación en la catedral. Ahí en ese mundo en el que se mueve Santiago Zavala está toda la  podredumbre que intentó capturar Vargas Llosa. La furia del silencio pretende confirmar que ese universo ya jodido de los tiempo del General Odría se reprodujo en los 90s, en los tiempos de Fujimori.

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En la novela también está representado el submundo de la clase acomodada limeña: las fiestas, la droga, el sexo, los «fletes» de Jaime Bayly. Hay una escena que incluso pareciera conversar con el Mala onda de Fuguet, episodio del que Dávalos entra y sale –con rapidez– bastante bien librado.

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Ya no se queman libros en estas épocas, como pasaba cuando los militares gobernaban en Leoncio Prado y se ofendieron con MVLL. Sin embargo este libro, en otros tiempos, también se hubiera merecido una quema ordenada por la Iglesia Católica peruana. Me parece afortunado el nombre de Cipriano (que parece aludir a ya saben quién) para el personaje que representa lo peor de esa iglesia: la de los curas hipócritas–muchos pederastas– que corrompen la vida de los niños (y el de sus pías madres y padres).

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En esta novela hay importantes situaciones corales. El grupo, la patota de amigos que se une para rebelarse contra los abusos de la autoridad es central en La furia del silencio, como lo es en La ciudad y los perros. Me gustaría pensar que también ese detalle le marca a esta novela de Dávalos una conexión con José María Arguedas: con esos pasajes de Los ríos profundos en que la pandilla escolar de Abancay acompaña el aprendizaje de Ernesto.

Hay también un grupo de escolares cómplices, de Claudio Ayala, en País de Jauja.

Dávalos trabaja con destreza la conexión entre el colegio y la alta sociedad limeña, asustada por Sendero, temerosa del socialismo propuesto desde el Apra, que termina de corromperse al entregarse a los deseos del régimen de Fujimori.

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Aparte: Dávalos consigue una escena muy lograda que sucede mucho –y no muy bien– en las novelas peruanas: cuando lloran los personajes. Facundo, que también se queda dormido, víctima de su narcolepsia, llora en los momentos oportunos. Sus lágrimas parecen sintonizar con lo que alcanzan a sentir sus lectores.

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Otro aparte: Publico esto hoy, para unirme a la conversación sobre la literatura del Perú, invitado de honor a la FIL Guadalajara 2021. Usted podrá entender mejor ese pequeño universo, leyendo este artículo publicado hace unos días en El País sobre el otro bum de la literatura peruana. Ese «bum» donde la novela de Dávalos, de algún modo, también tendría derecho a figurar.

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