Arte total, remedio universal (Proyecto Sagi I)

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No hay nada mejor que descubrir que óperas y libros deben hacerse igual: como un perpetuo examen de las propias capacidades, con miedo y valor.

 

Campoamor

 

Estos viajes sirven para demostrar que la vida cabe en mucho menos de lo que creíamos. Es más, que la vida cabe en una libreta casi virgen y unos bolis por estrenar, porque lo que media entre el marchar y el volver no es más que una promesa: la nuestra toma, aquí, hoy, en el quinto piso de una calle de Bilbao, forma de libro; y, junto a la ría, de estreno absoluto de una ópera.

 

Ayer empezó el grueso de la redacción de las memorias artísticas, que así me gusta llamarlas, de Emilio Sagi, director de escena de ópera y zarzuela ovetense nacido (escénicamente hablando, claro) en 1980. Este viaje, como todos, comenzó con la intuición de unos ensayos y la certeza de un estreno, con el acto banal de encontrar un supermercado, la odisea de aprender a usar la lavadora y la nada evidente tarea de enchufar el Wi-Fi.

 

Ayer se veía a un lado el teatro Campoamor de Oviedo y, al otro, el Arriaga de Bilbao. Entre ambos median 34 años de experiencia profesional del protagonista y cierta vorágine, cierta forma de correr y de saltar en la que tratamos de poner orden para convertirla en algo publicable. Así, en la maleta, como siempre ocurre en estos viajes, uno se ve obligado a demostrar que la vida cabe en las escuetísimas páginas de la Vida de Manolo de Pla, en la autobiografía de Groucho Marx o en las geniales y deslavazadas líneas de Vittorio Gassman; en la precisión de Robertson Davies o en la inquietante búsqueda del Barón Corvo. En el caso de otras lides, habría de caber en un par de partituras y una libreta; o en una dificilísima selección de novelitas entretenidas para la playa.

 

Arriaga 

 

Los libros, al igual que las óperas, han de ser muñidos en un estado de incertidumbre total, permanente y delicioso. En realidad, todo debería hacerse así: todo debería hacerse como un examen ante la propia disposición, las ganas y las posibilidades de lo que se intenta.

 

Estos viajes, siempre rozando la incomodidad, sirven pues para desbrozar lo necesario de lo prescindible; para organizar, ante todo, un repertorio de prioridades. Luego toca asomarse al vértigo, a la sensación de que los días corren y de que ese sábado clavado en el calendario se aproxima con cada minuto que pasa. ¿Habremos acertado al dejar en casa aquella novela? ¿Debería haber traído la partitura de Traviata?

 

Esto significa que el fin último de este libro que empiezo a cocinar no es otro que el de aprender, que el de completar un poco más la formación que conduce hasta un escenario.  Y por eso, como quien no quiere la cosa, anoche me preguntaba –con la nevera llena, el Wi-Fi enchufado, etc.– qué distinguiría exactamente la redacción de un libro como este de un proceso de ensayos como aquél: lo mejor ha sido descubrir que no se diferencian en nada.

 

El segundo día de trabajo (hoy) es día de orden y concierto, y de descubrimiento, en fin, de que entre el arte de armar una obra como la que Emilio trabaja en el Arriaga estos días (El juez. Los niños perdidos, de Kolonovits) y la de armar una entrevista de proporciones suficientes no hay tanta diferencia como se sospecha: se comparten unos retos e inquietudes que la experiencia despeja en igual medida en un terreno y en el otro.

 

Es decir, supone todo un hallazgo extender aquello que Wagner decía del «arte total» del escenario hacia el proceso; ver que, igual que todas las artes comparten el miedo a la página en blanco, todas comparten el remedio: el valor. En el caso de la ópera, en su estado más puro, ya que la conjunción de soledades (el Wi-Fi, la lavadora, la maleta, etc.) conduce a la inevitable unión, estreno y éxito.

 

 Castafiore

 

Porque incluso en los errores o fracasos aparentes se esconde el éxito, se esconde la satisfacción de la página llena, más mal que bien, y ese asidero que es la promesa de la publicación, de la culminación: del estreno. Ayer empezó un viaje, uno más, uno de tantos, de cuyo alcance es imposible estar seguro ahora. Pero que, de momento, ya suena, ya huele y ya lleva un buen puñado de líneas completas: la ratificación de que, ocurra lo que ocurra mañana, hoy es otro día que merece la pena.

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.