Artista

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No se veía nada, no se escuchaba nada y apenas sentía una mano agarrada a mi mano izquierda y otra a la derecha, antes de hundir la punta de los zapatos en el borde del escenario, inclinar la cabeza y darme por bautizado en la cosa artística.

 

TraviataOV

 

Chan, chan. Chanchanchanchanchanchanchanchan chan, chaaan, chaaaan.

 

Plasplasplasplasplasplasplas.

 

Los últimos compases de La Traviata me erizan los pelos. La última vez que nos vimos quedaban tres horas para el estreno. Era domingo. Y otras dos horas y media para que llegase ese instante.

 

Aquella noche, el equipo creativo de la producción (directora de escena, Susana Gómez; escenógrafo, Antonio López; iluminador, Alfonso Malanda; coreógrafo, Ferrán Carvajal; figurinista, Gabriela Salaverri; y yo, asistente de Susana) aguardábamos la caída de telón en el hombro Correos, el lateral izquierdo, desde público, del escenario del teatro Campoamor de Oviedo.

 

Plasplasplasplasplas.

 

Todo empezó a moverse para los saludos y, cuando volvió la luz y el coro, solistas y maestro comenzaron a desfilar por el escenario, en un crescendo sudoroso, escuché delante de mí una voz que preguntaba: «¿El guaje sale a saludar?»

 

Lo siguiente fue descubrirme caminando hacia el centro del escenario, entre los solistas, acompañado por todos los personajes de un mes largo e intenso de ensayos, escrutados por mil y pico pares de ojos que, calculo, debían de estar aplaudiendo ahí, al otro lado del muro de luz.

 

A mi izquierda, Alfonso. A la derecha, Ailyn, Violetta, que acababa de derribar el teatro.

 

No, durante los saludos no se ve nada.

 

Pero alguien, más tarde, me llevó aparte y ya en el silencio del teatro, ese que había vuelto a instalarse tras la función, me dijo con un tono entre socarrón y paternal:

 

–Bueno, ahora ya eres artista. ¿Qué?

 

Me di cuenta entonces de que haber untado la americana de maquillaje y sudor en los abrazos posteriores a la caída definitiva de telón, tras los saludos; de que esos dos mínimos pasos hasta el borde del escenario de la mano de todos; de que haber hundido la punta de los zapatos en el borde del suelo de la escenografía y ver a la orquesta en el foso; de que, en fin, haber inclinado la cabeza ante el público implicaba alguna suerte de bautismo.

 

El veneno del teatro, lo llaman. La adrenalina del aplauso ajeno, de los frutos recogidos por los integrantes de aquello supone, se ocupe el lugar que se ocupe en la producción, ponerse delante de un montón de cosas.

 

Más allá del trámite de la exposición, que a unos agrada y otros aborrecen, la trastienda del espectáculo desnuda la naturaleza y confronta las propias intenciones a la manoseada cuarta pared. Coloca ante un espejo o sobre una báscula todo lo bello, lo duro, lo hermoso y lo difícil que conlleva el equilibrio entre las tres esferas que, finalmente, ponen en pie un espectáculo: por un lado, la profesional; por otro, la personal; por otro, la que yo llamo personal-profesional.

 

En ninguna de ellas nos jugamos mucho los que no lo sudamos o lo lloramos sobre las tablas, y mucho menos los que no hemos tenido la suerte (¿o la desgracia?) de desnudar algo propio, íntimo y personal en el espectáculo. Ahora bien, aquello de caerse dentro de un equipo variopinto y enorme, aquello de dialogar con el código interno del teatro (esfera profesional), de dormir bien por las noches (personal) y de tratar de encajar en la opaca alquimia de lo artístico (personal-profesional) supone dar un paso al frente en el que ya no cabe retorno alguno.

 

No porque, henchidos de vanidad, soñemos luego con los aplausos: no en vano, la mayoría de directores de escena relegan su preparación al último momento antes del estreno. Tampoco porque, al igual que sucede en el universo vocal o musical, haya que entregar el cuerpo, la voz y la mente a una transformación irreversible. Sencillamente, porque una vez se prueba el veneno de la sala de ensayos y del teatro vacío cualquier otro gusto sabe a sucedáneo y cualquier otro proceso, a pálida imitación.

 

Así, tras sacar la cabeza del agua (o hundirla definitivamente, según se mire) aquel domingo 13 de octubre de 2013, tuve la impresión de haber cruzado un umbral. Es decir, este blog podría seguir esos derroteros más o menos frívolos del visitante que pasa el tiempo fisgando entre bastidores, podría adquirir la textura del que, con más o menos discreción, accede a un mundo tan celoso de sus secretos y engranajes como es el del teatro en general y el de la ópera en particular.

 

Pero a medida que se descubren –no ya en la cara estrictamente profesional, sino en la creativa– sustancias y humores de semejante potencia, facetas o naturalezas tan humanas y auténticas o, a veces, construcciones vitales tan andamiadas e inaccesibles, cualquier ejercicio de reflexión gana terreno en detrimento de las anécdotas de tramoya, esas con las que se espolvorean las memorias y relatos cotidianos.

 

Estas crónicas, que empezaron a un lado del escenario y que nacieron en el patio de butacas, han tenido que transformarse, necesariamente, con los últimos acordes de Traviata y los primeros de otra cosa, de esa pregunta preocupada que aquella misma noche me hizo otra persona: si estás convencido, si no se te han quitado las ganas de meterte en esto. Lo cierto es que no: más bien al revés. «Pues estás condenado», añadió con una sonrisa. Dulce condena…

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.