‘Aterrizar sin Bruno Latour’

0
91
Bruno Latour en 2015. Foto: G. Garitan. Fuente: Wikipedia

Durante la última parte de un documental emitido en el canal Arte a mediados de este año, Bruno Latour (1947-2022) –con aparente lozanía– mira a cámara en un plano corto y dedica unas palabras a su nieto Lilo. Si bien confiesa no tener dotes adivinatorias (en contraposición a autores con mayor hambre de prensa y menor honestidad intelectual), especula con una sociedad futura afectada por la crisis climática pero comprometida y esperanzada respecto a sus actualizados modos de vida.

El modelo de progreso moderno fue tan interiorizado que será difícil desligarlo del comportamiento colectivo, aun siendo conscientes de los muchos daños generados. Es una mala enfermedad, una débil voluntad que impide limitar o restringir los bienes logrados –y por lograr– en aras de conferir un mundo mejor a las generaciones futuras. La insuficiente respuesta social ante la circunstancia medioambiental augura el letargo en un periodo de negación e ignorancia, siendo la procrastinación de este cometido resultado fatal para la sostenibilidad del planeta. Ha sido tanto el ánimo de producción y de crecimiento que la ambición cegó las miradas y predispuso la licenciosa acción humana frente a la infinidad de recursos naturales.

Éste es uno de los objetivos principales del último ensayo del filósofo francés, Bruno Latour: ¿Dónde estoy?: Una guía para habitar el planeta. Extender las fronteras del mundo “donde vivimos” al denostado y vasto mundo “del que vivimos”, sobre el que recaen las desconocidas y silenciosas consecuencias de la “violencia lenta” –tal y como la denominó Rob Nixon–. Lo anterior permitirá renovar la mirada, cambiar la concepción de aquello que nos rodea, aterrizar en el mismo espacio físico, pero bajo un marco epistemológico diferente.

No existe una naturaleza virgen, hasta los rincones más inhóspitos del planeta quedan alcanzados por emisiones contaminantes de origen humano. No hay mundo de recursos y biodiversidad inagotable, tampoco mundo inerte. Se ha descubierto cómo la acción privada tiene una repercusión pública definitiva, no sólo en la salud (durante la pandemia la privacidad del diagnóstico médico era compartida como medida de rastreo y prevención, debido a la alta capacidad de contagio), también para con el medioambiente (la falta de compromiso individual en materia de reciclaje tiene repercusiones muy dañinas en los ecosistemas). Las acciones de unos afectan a los otros, las pieles que nos separan son porosas, no hay fronteras ni límites. Descubrirnos insectos (en la publicación, Latour alude a la metamorfosis de Gregor Samsa en el afamado relato kafkiano), partes indistinguibles de un todo, “humus” –en términos de Rusten Hogness– de un mundo construido a nuestra necesidad que se ve afectado por nuestras acciones (respirar, comer, producir…); permite desconfinar de los cuerpos la mentalidad antropocéntrica moderna inculcando compromisos ecológicos.

De este modo, la “Tierra” no es un lugar para ser reinada –como se acostumbraba a creer– sino para ser cohabitada. Somos seres dependientes, heterótrofos hambrientos y veremos hasta qué grado inteligentes. No hay más opción: renovar la mirada y sobrevivir (si bien el ser humano ha generado la mayor parte de los daños, también es quien tiene las herramientas para hacerlos revertir) o permanecer confinados a la espera de las más nefastas consecuencias; razonar con sosiego o ser vencido por un plato de lentejas, como hizo Esaú superado por la ansiedad y el apetito.

Queda saber si el ser humano occidental estará dispuesto a modificar su ambición acumulativa, derrochadora y caprichosa, a cambio de una profunda y mejor condición futura (Latour es optimista en este sentido). Es momento de superar cualquier tipo de fantasma económico, de obviar las quimeras y los deseos, de eliminar las apariencias superficiales para construir desde la realidad material. Al comprender la dependencia extrema en la que estamos sumidos los unos y los otros, próximos o lejanos, se ven derrocadas las voluntades de control moderno como la dominación de la naturaleza, su instrumentalización o la valoración del objeto desde su funcionalidad. Somos reflejos de imagen, lo mismo, disolución homogénea, una no-jerarquía.

En esta interrelación, la Naturaleza –que había sido entendida como lo menos, lo inerte, el objeto– se vuelve a interpretar como la Gaia antigua, donde no hay parte sin resto (incluyendo materia y acción). No hay insignificante ni distancia, todo es local en Gaia, todo se ve afectado y afecta. La práctica negligente de quienes visten el anillo de Giges y desatienden las necesidades ecológicas, ponen en riesgo los equilibrios termodinámicos que fueron conformándose en el tiempo contribuyendo a eliminar las condiciones de vida conocidas hasta el momento. Son enemigos de la habitabilidad.

Concebir a Gaia como un ser vivo e indispensable para la existencia humana, matriz-autorregulada, deviene en la propuesta de Latour y otros (como por ejemplo Michel Serres) de dotarla de derechos. Ya han sido concebidos como entidades legales y personalidades jurídicas merecedoras de derecho –entre montañas y bosques– algunos ríos, a saber, el Ganges (India), el Whanganui (Nueva Zelanda), el Turag (Bangladés) y el Atrato (Colombia). Se aprecia la dimensión política asociada a todo este tipo de procesos y de medidas climáticas, también la necesidad de una población comprometida y activa que motive una transformación de las instituciones políticas para la mejora de la circunstancia medioambiental: uno de los principales retos del futuro; que abordará desde la escasez de recursos naturales a las migraciones climáticas.

Un recorrido que –por desgracia, después de su reciente fallecimiento– deberá realizarse sin Bruno Latour, un autor referente que ha servido de guía para el aterrizaje desde sus primeros textos, consolidándose como uno de los máximos exponentes del pensamiento ecologista. Su última publicación: ¿Dónde estoy?: Una guía para habitar el planeta, resume su legado y sirve de apertura a otros grandes títulos suyos, como Nunca fuimos modernos (1991), Políticas de la Naturaleza (1999), Reesamblar lo social (2005) o Cara a cara con el planeta (2015).

¿Dónde estoy?: Una guía para habitar el planeta, Bruno Latour. Taurus. Madrid, 2021.

Juan Alberto Vich Álvarez (1992) es graduado en Ciencias Químicas y en Filosofía. Realizó un máster en Filosofía, ciencia y valores en la Universidad del País Vasco. En la actualidad, es doctorando en la Universidad de Deusto, donde investiga el cruce entre la ecología, el arte contemporáneo y las instituciones museísticas. Es autor de la novela La siega (2017) y del ensayo Los problemas de tener un hijo suicida (2020). Fundó y dirige la revista cultural Trépanos, una publicación interdisciplinar de corte artístico, científico y literario.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí