Atiende, atiéndeme: una lectura de “Los días reiterados”, de Martín Parra

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La frontera la conocemos por dentro

Martín Parra

 

Los días reiterados (Ars poética, 2018) es el segundo poemario publicado del escritor madrileño Martin Parra. Y, en él, se evidencia lo que en el resto de su obra, el hecho de ser máquina discursiva que termina, pero que no se agota. Y lo que apunta Miki Naranja en el prólogo, ese afán de cronista de fábula que tiene Parra, aun ateniéndose a la inescapable realidad inmediata, que no ahoga, pero confunde. Con un matiz, sin embargo, que lo diferencia de su obra previa: y es que aquí la deriva no es escarnio ni fulgor lírico, sino promesa de verdad honda. Y, a más: se dice todo en voz alta, sin velos. Se rige este poemario “por la acción y no la cosa”.

Donde antes, en Paseo de vidrios (Lastura, 2017) había desarrollo, aquí hay síntesis. Donde antes había cristales, aquí hay trocitos de roca que se fingen (o se gustan) pepitas de oro. Donde antes había un futuro que no prendía, aquí hay una voz que sangra y sabe. Donde antes había canallesca ansia, aquí hay reflexión y gallarda mesura.

Un compendio de falsos versos encadenados le sirven a Parra para hilvanar temáticamente los poemas y hacer de ellos un largo collar de cuentas. Y, hacernos creer al tiempo, sobre la ilusoria unidad de la vida, que no es más que una suposición que tiene el aspecto de un logro siempre pendiente de ser definido. Porque reiterar no es repetir ni duplicar, sino derivar y dudar y, a veces, adormecer y contonear. Resistir también es insistir, ir hacia detrás.

Las cosas que se dan la vuelta, el temor a los reversos. Este es uno de los temas del libro. Y la clave está en la página 61: la conciencia en movimiento. El paseo. Y que sirve como metacrítica involuntaria de su propia obra, al escribir que “los primeros pasos me sirvieron los que más”.

Y es cierto.

El método de composición que se halla en el centro de este libro (aunque comienzo y final se livianicen y, hasta cierto punto sirvan como cortina de humo), va así: Parra suele conjugar dos ideas que se relacionan de manera metonímica y que luego tienen continuación o clímax en el verso siguiente: bien al modo de la verónica, bien al modo de la contraréplica, bien conjugando un verso en el que la tensión de dos ideas contrarias lo compactan.

Juega Parra con la lógica pronominal y se pierde el yo poético en un generar -y escamotear- desinencias. Se pierde (se macera) en sí mismo, pues. Y, por momentos, se asombra incluso el verso de su deje cernudiano.

Es, sin duda, su poemario, su libro en verdad; más solvente y promisorio.

Tiene retruécanos, tiene -como ha de ser- concatenaciones, quiasmos y anadiplosis. Derivaciones. Todo ello para dar cuenta de “El problema insoluble de la palabra segura”.

Los días reiterados marca un punto y aparte en la obra de Martin Parra.

Donde antes el detalle anecdótico y fulgurante culebreaba en la sintaxis, aquí, ahora, el verbo perfora, como en el verso de León Felipe que le sirve de pórtico,  el ruido quedo de la oscuridad de la memoria, saqueando la continuidad morfológica del poema. Constituyendo así, empero,  un breviario que se lee y se lee y cuyo fondo nunca se fatiga, como una ruleta que no para nunca, como la mejor fortuna. Como la vida, vaya. Que se repite siendo siempre diferente.

En Los días reiterados, el escritor madrileño, contra (auto)plagiarse, lo que hace es que se (auto)instruye; vuelve atrás y se mejora, se (re)construye mejor.

 

 

 

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