Aunque el invierno

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Aunque el día esté nublado, cierro las contraventanas de mi balcón,

para escribir en esta pantalla planetaria que no lee casi nadie.

 

Aunque la calefacción central funcione en este edificio,

enciendo mi calefactor para soportar esta sentada.

 

Aunque me encuentre enfermo y a la deriva en la cama,

me levanto para redactar este texto.

 

Aunque tenga escrito el artículo de esta semana desde el pasado lunes,

bosquejo estas palabras porque reniego anímicamente de las primeras.

 

Aunque las aves emigren -por puro instinto- desde hace miles de años cuando llega el tiempo frío,

y los osos hibernen en mor de la supervivencia, el animal más inteligente de la Tierra

consagra el invierno a resultar más productivo que el resto del tiempo.

 

Aunque los insectos (que serán los únicos supervivientes de la creación,) desaparezcan cuando el frío emerge,

el hombre de las ciudades organiza toda su vida pública en torno a los meses más adversos del año.

 

Aunque los jardineros y campesinos no salgan a trabajar al campo cuando llueve,

en las capitales la actividad resulta más frenética bajo el frío, la lluvia, y el viento,

caminando todos sobre las hojas caídas, los charcos helados, o la nieve.

 

Aunque nos empeñemos en hacer todo lo contrario,

 a lo que marca el instinto de cualquier ser vivo,

no vamos a ser por ello ni más civilizados ni más felices.

 

Aunque sigamos llamando democracia y socialismo a este conjunto de resoluciones,

que se fundamenta en reducir los sueldos de los más pobres,

para que los ricos puedan mantener su insultante superioridad de ingresos,

no seremos menos mezquinos y cobardes, y algún día seremos juzgados por ello.

 

Aunque las barbaridades de las más altas esferas de la banca, la industria y la política,

(ocultas en la sombra y tras los telones de humo que pagamos con nuestros impuestos,)

hayan instaurado esta climatología de desierto, con diez meses de invierno y dos de asueto,

no dejaremos de ser productivos aunque estemos enfermos.

 

Aunque como cultura nos sintamos tan orgullosos de defender los derechos humanos,

de haber soterrado los fascismos en el siglo veinte, y nos escandalicemos

-con mentalidad de O.N.G.- por los abusos contra el tercer mundo,

el fascismo (como decía el profeta Pasolini) es esto: el terror a salirse del cauce del pensamiento correcto,

el terror a no consumir lo suficiente, el terror de reconocer que vivimos aterrorizados.

 

Aunque suframos la dictadura de fontaneros, electricistas, carpinteros y mecánicos

con sus ofensivas facturas calculadas por lo alto, nosotros –la sufrida clase media-

seguiremos escribiendo gratis todas las semanas, confundiendo la pornografía con el amor perdido.

 

Y aunque no tengamos con qué pagarlos, procuraremos mantener, a toda costa. nuestra imagen pública,

tratando de vivir a la moda, en pisos residenciales o chalets adosados repletos de electrodomésticos,

de piscinas, de garajes, de muebles de diseño, de ropa de marca y de obras de arte.

 

¡Benditas las hormigas, las moscas, las termitas, los osos, las aves migratorias,

los jardineros, los campesinos! ¡Bendito el sueño del larguísimo e injusto invierno!

 

Y aunque regresáramos a las cavernas del sueño hasta la próxima noche de San Juan,

para salir restablecidos de la lucha contra el frío, lanzándonos a la playa

a celebrar -con hogueras, baile y desenfreno- la muerte del invierno,

siempre quedará un tren de alta velocidad dispuesto a arrollarnos,

culpándonos además por ello:

Qué temeridad vivir a contracorriente; se lo tenían merecido.

 

 

¡Felices sueños eternos!