Barcos que pasan hacia NYLand

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Desde que hace casi 15 años me operé los ojos, lo único que me preocupa de mi vista, en la mañana, son las legañas. Ellas se interponían entre los vidrios de mi departamento y las dos barcazas que vi, por primera vez haciendo sonar su bocina desde el río. Maniobraban con lentitud muy cerca del puente Hudson. Una neblina espesa se cruzaba aquella mañana en su ruta, río arriba.

 

¿Qué hay allá arriba? Pueblos, pueblos, pueblos. Gente blanca que poco a poco se mezcla con gente menos blanca, colonizadores que se encuentran con inmigrantes; paisajes bellos que se tropiezan con pueblos que crecen, algunos sin dinero otros con bastante. Campos de flores, puestas de sol. El río sigue siendo el centro de la vida, como lo ha sido desde que los primeros asentamientos humanos empezaron a crecer a las orillas del Hudson. Ya les dije que a mí me gusta el mar. En mi cabeza, ningún río tiene la apariencia de salvaje locura que me fascina ver en cualquier orilla del océano. Un río es solo un río es solo un río, es solo. Pero éste no es un río cualquiera.

 

Cuesta trabajo identificar la importancia del Hudson cuando uno está parado en un muelle de la calle 23 en Newyópolis. Allí lo vi yo, la primera vez que fui con una amiga japonesa, en una tarde de invierno un poco triste, a fotografiar el río. Un muelle solitario en Chelsea, escaso movimiento de agua (el Hudson, un poco más al sur, se encuentra con la bahía de Nueva York y el Atlántico) y la vista rocosa y generosa de acantilados de Nueva Jersey.  Era una primera visión y era sólo un pedazo del inmenso todo.

 

La revolución industrial dejó al Hudson lleno de basura. La revolución ecológica le sacó algunos millones de dólares de multa a la General Electric para proyectos de descontaminación. Aún estaba viviendo en Riverdale cuando en The New York Times anunciaban que gracias a la «visión» de un inventor/diseñador y de los habitantes de un pueblo de Putnam County, se había habilitado una piscina ribereña. Era una red, dispuesta como un gran rectángulo a la orilla del río. Recientes estudios demostraban que el Hudson estaba listo para recibir a sus primeros aquamanes. En la foto del Times, una docena de niños chapoteaban en las aguas del río, apretados dentro de una red-rectángulo demasiado pequeña. Era el comienzo de una nueva revolución. Muy pronto, nadar en el Hudson será una parte importante del turismo vivencial en Nueva York.

 

Gregor Van Rezzori, el escritor apátrida, publicó en 1987 una crónica de sus aventuras por Estados Unidos siguiendo las huellas del profesor Humbert Humbert y Lolita.  En su crónica, apoda a Estados Unidos «Lolitaland» y le dedica algunos cientos de palabras a la parte alta del estado de Nueva York. Le sorprende la escasa población, la escasez de turistas y la presencia de todos los estereotipos del habitante norteamericano: la gorda, el flaquito descuidado, la rubia de lentes, el intelectual, el vaquero, el gringo reilón, etc. En «Lolitaland» Van Rezzori encontró sólo dos «Lolitas». Una de ellas era aún demasiado pequeña y la otra era una muchacha que parecía estar perdida en una feria pueblerina. Van Rezzori huyó cuando la Lolita se dio cuenta de que el viejo pervertido le estaba tomando fotos a escondidas.

 

La mejor descripción literaria de los estos pueblos pegados al Hudson llegó a mis manos con la novela Netherland del periodista irlandés Joseph O’Neill. O’Neill ganó el premio PEN Faulkner del 2009 por su narración entre depresiva y narcotizante de los años que siguieron al día en que los aviones terrodirigidos se estrellaron contra las torres gemelas. El personaje principal de la novela tiene que manejar cuarenta minutos desde Manhattan hasta Peekskill para obtener una licencia de conducir y allí encuentra (y describe muy bien) los minibosques entre las parque-carreteras que cruzan el estado (Hutchinson, Taconic, Saw Mill); los restos de animales destripados sobre las pistas que son una presencia constante para los suburbanos (venados, zorrillos, mapaches y ardillas); y las ojivas amenazantes de los reactores nucleares de Indian Point.

 

Las barcazas suben y bajan por el río. Aún son parte importante del comercio entre la ciudad y la zona norte del gran estado neoyorquino que se extiende hasta los pueblos de Niágara, la frontera con Canadá.  Entre sus pequeñas carreteras, las menos transitadas, hay una extensa red de granjas –muchas de ellas 100% orgánicas–. De allí salen los productos que se venden en los numerosos mercados agrícolas (Farm Markets) de los pueblos neoyorquinos y de la ciudad. Las vacas caminan por el borde de sus pastos mirando a los conductores que atraviezan la zona. También hay uno que otro museo muy importante, como el que desde Hyde Park saluda a los interesados en la vida del presidente FD Roosevelt (la casa-museo de él y su esposa Eleanor); o el de Coopertown: el salón de la fama del béisbol, el lugar más visitado en este estado después de su metrópolis y sus cataratas. A muy poca distancia de Newyópolis también está una de las grandes maravillas de NY: Storm King. Es un museo de esculturas gigantes al aire libre que todo turista aburrido de la ciudad tendría que visitar.

 

Al lado del río pasan los trenes. En invierno es placentero escuchar su traqueteo interminable. En verano, cuando el calor es insoportable, es mejor buscar aquella piscina al lado del río. También se puede pensar en la playa…pero el mar está demasiado al este, demasiado lejos.