Beirut-Frankfurt

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He llegado con bastante antelación al aeropuerto. Siempre me lleva su tiempo recordar todas las trolas que he escrito en la tarjeta de entrada para repetirlas a la salida. Me siento tan asqueada que ni siquiera tengo fuerzas para arrastrarme hasta la estantería de cremas. A mi lado se sienta una saudí con un culo del tamaño de una mesa camilla. Me sonríe con sus ojos. Saca del bolso de Chanel una lata rellena de pastelitos árabes y me invita a coger unos cuantos. Lamento no poder ofrecerle nada a cambio, en mi bolsa solo se vislumbran los folletos  informativos sobre varias iglesias y las instrucciones sobre como detectar en un paseo por el campo minas antipersona.

 

Hoy tengo una cara bastante penosa así que decido aprovecharme. Los líquidos inflamables, objetos punzantes  y el ordenador dentro de la maleta. Nadie dice nada. ¡Qué enrollados que son en el país! Ya se encargarán los alemanes de controlar… La gente empieza a agolparse en la puerta de embarque como si el vuelo fuese a despegar puntual. Ilusos. Por mi parte prefiero sentarme en la sala de espera con destino a Abu Dhabi. No hay ni dios. Empieza a oscurecer.

 

Aún no sé muy bien que pensar de Beirut. No es una gran ciudad, es más bien una ciudad venida a menos, parecida a la gran mayoría de personas. Queriendo mostrar su grandeza, su fuerza, su poder de seducción, cuando en realidad han quedado arrasadas por dentro.

 

Se acerca  Paris Hilton en versión libanesa: aprisionada en una faja, melena ondulada al viento, y a punto de caer al vacío desde sus altísimos tacones. El momento de reflexión ha terminado. Me habla en árabe. Le enseño  las uñas sin manicura. No soy nativa. En un inglés impecable me explica entonces que hay overbooking y que se precisa reunir a 20 personas que estén dispuestas a posponer su vuelo. Miro a los alemanes próximos a mí. Prefieren inmolarse antes que hacer cambios en su agenda. Yo soy de la misma religión. La simple idea de tener que volver a mi casa con todos los casquillos de bala que he robado a modo de souvenir en los últimos meses, para ocultarlos de nuevo a la mañana siguiente en la maleta, me produce una monumental pereza.

 

Lo intenta ahora la azafata. Lufthansa unta al personal con 400 euros por permanecer en suelo patrio; son unas cuantas botellas de arak y varias sesiones de depilación azucarada. Los libaneses renuncian al sueño europeo y a sus maletas, el resto estamos impacientes por partir. Tres horas después el avión despega al fin. Beirut se pierde en el horizonte. Pienso en Rimbaud creando, sin saberlo, su propio destino:

 

“Que las ciudades se iluminen al atardecer. Mi jornada ha concluido; dejo Europa. El aire del mar quemará mis pulmones, los climas perdidos me curtirán. Volveré con miembros de hierro, la piel oscura, los ojos enfurecidos: por mi máscara me juzgarán de una raza fuerte”.