Bibliotecarios malvados/ 7

0
260

La obra del bibliotecario Mark Lombardi es una interpretación artística de las redes de corrupción mediante las que se relaciona el poder político y el económico. El artista estadounidense, que se suicidó en el año 2000, llegó a reunir 14.000 fichas de personas y organismos involucrados en tramas ilegales. Con ellas trazó sus inquietantes pictogramas.

 

En los años setenta, cuando trabajaba en la Biblioteca Pública de Houston, Mark Lombardi comenzó a rellenar fichas de personas y organismos involucrados en redes de corrupción. Motivado por el entonces reciente escándalo del caso Watergate y utilizando siempre fuentes públicas y contrastadas –a menudo los principales periódicos– o libros de investigación periodística, fue configurando un entramado de conexiones que relacionaba el poder político con el económico, sin olvidar los mimbres clientelares que proporcionan organizaciones como la Mafia, los partidos políticos o la Iglesia Católica.

 

Nacido en Siracusa en 1951, su especialidad era la historia del arte y había trabajado como investigador para diversas exposiciones e incluso montó una galería, pero volvió a la biblioteca y  llegó a reunir –en tiempos anteriores a la herramienta informática– 14.000 fichas escritas a mano, que guardaba en cajas de zapatos:

 

 

 

Buscaba la manera de plasmar sus descubrimientos y la encontró el día en el que, hablando con un amigo del escándalo Irán-Contra, comenzó a apuntar nombres y a relacionarlos por medio de flechas, círculos y llaves: esbozó un árbol. Cayó en la cuenta de que la propia “estructura narrativa”, como la llamó, era la obra artística. Sus dibujos, siempre a lápiz y sobre papel, mostraban las relaciones de la familia Bush y Bin Laden, las conexiones americanas de Sadam Hussein, la venta de armas del escándalo Irán-Contra, las finanzas del Vaticano… Conspiraciones políticas, tentáculos del poder, avidez del dinero, quedaban al descubierto a través de diagramas meticulosos y de una enorme belleza que se sustentaban en una ingente base documental. Una obra fuera de toda convención.

 

A finales de los noventa, Lombardi se trasladó a Nueva York y sus obras se presentaron en algunas exposiciones. Despertaron el interés; de todo tipo, llegó a decirse que un agente del FBI había recurrido a los dibujos para tratar de averiguar el grado de participación de determinadas personas en un escándalo que investigaba. En marzo de 2000 y después de dejar su obra a buen recaudo, se encerró en su apartamento de Brooklyn y se ahorcó. En las redes circula la versión de que fue asesinado porque incomodaba a demasiada gente.

 

Su obra es precursora, anterior al atentado de las torres gemelas y al estrellato de Bin Laden, así como a la crisis financiera, que anticipa en sus armoniosos pictogramas. La consagración internacional definitiva le llegó en la última edición de la documenta de Kassel, celebrada en 2012, donde sus dibujos causaron un enorme impacto. En España se han podido ver en algunas ocasiones, como en la muestra Frágil, del museo segoviano Esteban Vicente (noviembre de 2008), y la galerista Helga de Alvear adquirió uno de ellos en 2003. “A mí lo que me gustan son obras con mensaje”, dijo.

 

La obra de Lombardi provoca en el espectador un cúmulo de reacciones. Un artículo del crítico de arte y poeta Jonathan Goodman publicado en fronterad en agosto de 2011 [forma parte de la Antolojía de fronterad (2009-2014) de inminente aparición] me descubrió estas estructuras inquietantes que vuelven a surgir en mi cabeza cuando veo el telediario. ¿Qué forma adopta la trama Gürtel? ¿Se despliega desde un núcleo inferior el caso de los ERE de Andalucía? ¿Hasta dónde se expanden las ramificaciones de Bankia? ¿Se cierra el círculo de los Pujol? “Visto desde cierta distancia”, escribe Goodman, “el esquema de interdependencias entre indeseables contrabandistas de armas y políticos corruptos adquiría una belleza modernista clásica; de cerca, los sencillos círculos mencionaban nombres de individuos involucrados en asuntos turbios que, con el tiempo, les llevarían a la cárcel”. Dos perspectivas que, juntas, cobran una nueva dimensión.

 

No se ha ponderado bastante, a mi modo de ver, la vocación artística de los grandes bibliotecarios, ni la vocación bibliotecaria de los grandes artistas. En una entrevista reciente, Eduardo Arroyo declaraba que, si tuviera veinte años, no se le ocurriría ser artista: “En la mejor de las hipótesis sería bibliotecario”. En 2005 tuve la fortuna de llevar al James Joyce Center de Dublín una parte de la muestra que había comisariado para el Círculo de Bellas Artes, Joyce en España, y completarla con los dibujos originales que Eduardo Arroyo realizó a partir del Ulises [para una traducción ilustrada que nunca llegó a publicarse por la negativa de los herederos]. Su interpretación del libro y sus comentarios sobre el irlandés –procaces en ocasiones– me resultaron más reveladores que muchas páginas de crítica.

 

Antonio López arrastra el sambenito de los veinte años que ha tardado en culminar su retrato de la familia del rey Juan Carlos I, pero su paso es el del bibliotecario que registra cada dato. Como dijo el artista en televisión, “no se trata de reproducir con más o menos precisión unos rostros, unos vestidos… se trata de conseguir un trozo de pintura armónico, es lo que verdaderamente me ha costado muchísimo”. Una obra armoniosa, como los dibujos de Lombardi, que no es una representación fiel de lo que se ve sino una interpretación veraz de lo que se mira.

 

Mark Lombardi, «World Finance Corporation and Associates, ca. 1970-84: Miami, Ajman, and Bogota-Caracas (Brigada 2506: Cuban Anti-Castro Bay of Pigs Veteran) (7th Version). (1999).

 

Mark Lombardi, «George W. Bush, Harken Energy and Jackson Stephens, c.1979-90, 5ª versión». (1999).

 

[Más dibujos de Mark Lombardi]

Carlos García Santa Cecilia (Madrid, 1957) es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y ha sido subjefe de la Sección de Cultura de El País (de 1982 a 1990), ha sido redactor jefe del Área de Cultura de Diario 16 y escribió una sección diaria durante un año en El Mundo (1998). Actualmente colabora con Abc Cultural, entre otras publicaciones. Impartió clases de historia del Periodismo durante cinco años en la Universidad San Pablo-CEU, es autor de una decena de libros y ha comisariado varias exposiciones, entre ellas 'Joyce en España' y 'Corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española'. Ha sido director de Comunicación de ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’ y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad es responsable de la editorial del grupo, 'Los libros de fronterad', y coordina varios proyectos como las jornadas anuales que dedica Ámbito Cultural de El Corte Inglés al Hotel Florida.   El mundo de los libros impresos y el de las bibliotecas (entendidas como grandes centros dinámicos depositarios del saber) se diluye ante el empuje de las nuevas tecnologías, como se derrumbaron en la Edad Media los scriptoria de los monasterios con la expansión de la imprenta. Tal vez a uno de esos desnortados monjes se le ocurrió recoger la pulsión de la atmósfera plácida, culta y decadente que había conocido con el ánimo del ángel psicopompo. Y hablar De libros raros, perdidos y olvidados.