Bienvenido al mundo de las islas

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A principios del siglo XX, la vida en la tierra presentaba el aspecto de una multiplicidad de islas. Ya nadie pasea por los mundos virtuales de Real Life, ese juego de simulación donde uno podía tener una vida “paralela”. La gente ha abandonado RL por la sencilla razón de que la vida que tiene aquí ya es paralela. Si contemplamos el Grid, es decir, el mapa del mundo virtual de RL, veremos que se trata en realidad de un gigantesco archipiélago.Esferas. Islas. Micronaciones. Burbujas.

 

En la sociedad del siglo XXI, cada persona es su propio país. Cada uno vive en su micronación. ¿Recuerdan la publicidad de Ikea? “Bienvenido a la república independiente de tu casa”. Bienvenido a la república independiente de tu cuarto. De tu cama. De tu cuerpo. De tu cabeza. Cierra los ojos. Entonces comienza el bosque.

 

“Cierra los ojos. Entonces comienza el bosque”. Ustedes no han visto (pero yo sí) una preciosa película japonesa titulada El misterio de Rampo, inspirada en la vida del escritor de novelas de misterio Edogawa Rampo. Este pequeño poema proviene de esa película.

 

Por eso vivimos en un mundo de listas. De cementerios de imágenes. De sombras. Por eso es completamente necesario que renunciemos a tener cabeza. Es lo que sucede en Inland Empire de David Lynch: los personajes no tienen cabeza, tienen la cabeza borrada. ¿Por qué? Porque lo que vive en nosotros no es nuestro “yo”, sino el inland empire, el imperio del interior. Es decir, la mente profunda, que no es personal, sino transpersonal. ¿Esto suena demasiado complicado? Parece complicado al decirlo. En realidad no lo es.

 

Vivimos en un mundo de listas. En un mundo de islas. En un mundo de pistas.

 

El último número de la Revista de Occidente está dedicado a las islas. Es un número muy bonito, uno de esos que uno guarda con los libros, como si fuera un libro, ya que realmente es un libro. Hay un magnífico artículo de Frank Lestringant titulado Pensar por islas, cuyo enfoque es netamente espacial. Y un artículo de Valeria Burgio sobre The Islanders de Charles Avery, una obra de arte que es al mismo tiempo un libro, un mapa y una exposición compuesta por dibujos, pinturas, esculturas y objetos.

 

Las islas del siglo XXI no aíslan. El sujeto moderno, dice Jameson, está alienado. El sujeto posmoderno está fragmentado. ¿Y nosotros? Intento buscar una cita de René Char que tiene que ver con una cabeza rota en fragmentos – pero cada uno de esos fragmentos está vivo. Los fragmentos de nuestra cabeza rota en mil pedazos han cobrado vida. Los fragmentos se han convertido en mundos independientes. Pero no separados.

 

¿Cómo podríamos estar separados en esta era de la comunicación? Las islas se relacionan entre sí. Es una consecuecia de haber perdido la cabeza. Si no hay cabeza, todo puede ser cabeza. Si nuestra cabeza ha estallado es probablemente porque necesitaba estallar.

 

Otro ejemplo: El fin del mundo y Un despiadado país de las maravillas, que es una de las primeras novelas de Haruki Murakami (es de 1985) pero acaba de aparecer en español. Contemplen el mapa que aparece al principio del libro. Tengo la fuerte sospecha de que ese no es el mapa de la edición original, porque el que tengo en mi edición americana del 1993 es distinto. Pero vamos a lo que importa. Ese mapa parece el de una isla, aunque el territorio oscuro que rodea el territorio de la ciudad no es el mar, sino bosques interminables e intransitables.

 

Esa isla de los bosques es en realidad un dibujo del cerebro. He estado leyendo también estos días el Viaje extraordinario al centro del cerebro de Jean-Didier Vincent, un libro muy cuco con muchos dibujitos y poemas y relatitos e incluso recetas de cocina (una de ellas de sesitos, como era de esperar) escrito por un equipo de médicos, biólogos, neurólogos, etc., y si les soy sincero me interesa más el mapa de Haruki Murakami que las reflexiones de Jean-Didier Vincent. Me parece más profundo. Me parece que contiene más información. Me parece más exacto. Y desde luego me parece mucho más misterioso y turbador.

 

Vivimos en un mundo prodigiosamente personal. Prodigiosamente íntimo. Prodigiosamente humano, de pronto. Eso es lo que nos turba del XXI: que todo sea, de pronto, tan pequeño. En el poema de Schiller, en la Oda a la alegría que musicó Beethoven en su novena sinfonía, aparece en un lugar destacado la palabra “millones”. El mundo de los millones es el mundo de las multitudes, de los imperios, de los grandes proyectos históricos. Ya no estamos en un mundo de millones.

 

Uno no puede pretender, por ejemplo, que un blog tenga millones de seguidores. El blog es humano, personal. Tiene el tamaño (aproximado) de un apartamento de soltero lleno de libros y de revistas atrasadas.

 

Bienvenido, pues, al mundo de las islas. Cuando la modernidad se destruyó a sí misma no sabíamos que lo que nos esperaba era este curioso mundo de islas, de jardines. Tambíén los jardines personales son islas. Es la forma de vida de América: esas grandes ciudades son, en realidad, hileras (listas, ristras, ringlas) interminables de casas independientes, cada una con su césped, cada una con su sicómoro o su cedro. Los americanos no parecen más felices por eso, pero nosotros parecemos estar convencidos de que si viviéramos así, sí seríamos más felices.

 

El subtítulo del número de la Revista de occidente dedicado a las islas es La exuberancia del límite. Seguro que es de Jorge Lozano, y seguro que se ha reído mucho al inventarlo. El límite, la frontera. Ahora ya todo es frontera. Ahora ya todo es límite. Por eso las fronteras ya no separan, sino que vinculan.

 

“Y pasaré los fuertes y fronteras”, dice el verso de Juan de la Cruz. Que también, como ustedes recordarán, era un gran amante de las islas.

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Andrés Ibáñez
Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.

1 COMENTARIO

  1. El poema de Schiller
    El poema de Schiller originariamente era una oda a la Libertad. La censura impuso el cambio de la palabra libertad por la palabra alegría, que son similares en alemán. De hecho, a lo que suena el movimiento final de la Novena es a libertad. Las sinfonías de Beethoven que a mí me suenan a alegría son la Séptima, que según un crítico musical cuyo nombre hoy no recordamos, había sido compuesta bajo los efectos del alcohol; y la Octava, cuyo luminoso arranque acaso sea una de las músicas más optimistas compuestas jamás.

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