Braulio Ortiz Poole: “Hay más valentía en un hombre que se enfrenta a sus emociones que en el aventurero más intrépido”

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                                                                                            (Fotografía: Raúl Doblado)

Braulio Ortiz Poole trabaja en Diario de Sevilla y elabora contenidos de Cultura para Grupo Joly. En la literatura ha explorado tanto el terreno de la novela con Francis Bacon se hace un río salvaje -Premio Andalucía Joven de Narrativa- o La fórmula Miralbes así como el relato con Biografías bastardas y la poesía con los poemarios Defensa del pirómano, Hombre sin descendencia y Cuarentena. Incluso su pasión cinéfila le ha llevado a buscar retazos de poesía en filmes como El sur, de Erice o Wonderland, de Winterbottom. De su obra ha dicho Luis Alberto de Cuenca: “En la selva de publicaciones poéticas que hay en España, varios miles de libros al año, es muy difícil encontrar algo que no sea un mero eco. En Braulio Ortiz Poole se distingue perfectamente una voz”.

Ortiz Poole ya ultima su nuevo poemario que estará próximamente en las librerías: “Se llamará Gente que busca su bandera y cambia en cierto modo la manera en que yo enfocaba la poesía. Hasta ahora mis libros hablaban de mí, de mis heridas, porque creo que en el relato de tus propias experiencias otro lector puede identificarse, que en la exploración de ese sentimiento consigues una rara autenticidad. Esta nueva obra recoge una serie de biografías ajenas porque sentía que debía ampliar la mirada, hablar de los otros, celebrar que perteneces al mundo”.

Mientras esperamos su llegada, hablamos de La fórmula Miralbes recuperado por la vigencia del tema que lo protagoniza a propósito de los numerosos casos que, desafortunadamente, han aparecido recientemente: el plagio. La fórmula Miralbes recurre al falso documental para tratar el caso de un plagio literario que un autor fracasado endosa a otro escritor. “Testimonios, fotografías y documentos de archivo hábilmente entremezclados por Braulio Ortiz Poole nos muestran las entrañas del mundo cultural español, donde ni editores ni autores ni periodistas pueden permitirse decir todo lo que saben”. En ocasiones, la actualidad nos lleva a libros que recobran vida porque nos traen un presente sucesivo donde los acontecimientos se relevan unos sobre otros con absoluta reincidencia.

La última línea de la novela Francis Bacon se hace un río salvaje es toda una declaración de intenciones que podría definir a la perfección La fórmula Miralbes y a sus protagonistas: “No somos más que las marionetas de nuestro deseo”.

A veces los libros son como la vida que son tejidos de memoria, vuelven a nosotros a través de sus sucesivas lecturas en sus contextos históricos, y más si como éste está pegado a la actualidad cobrando más vigencia. “Las radios apostaron por música facilona, las editoriales por productos accesibles, los museos por hacer imanes para la nevera”. Cuenta que escribió este libro preocupado por el deterioro de la cultura…

Trabajo en la sección de Cultura de un periódico, el Diario de Sevilla, y por mi profesión tengo un contacto constante con lo que hacen editoriales y discográficas. Por fortuna sigue habiendo sellos buenísimos, que siguen formando sus catálogos con rigor, pero si trazas un panorama general sí adviertes cómo la cultura se ha degradado, se ha descafeinado. ¿Cuántos cantantes han sacado poemarios últimamente? ¿Cuántos presentadores de televisión se han pasado a la novela? No hay nada de malo en que un músico que se caracteriza por hacer buenas letras edite un libro con ellas, porque hay voces interesantísimas cuyo trabajo tiene un notable interés literario, y que alguien trabaje en un programa de televisión no lo inhabilita para otros registros; el problema es cuando las editoriales recurren a rostros conocidos para atraer al lector y a esos nuevos autores no les acompaña precisamente el talento. Hoy el baremo para una apuesta editorial parece otro: la popularidad, los likes en las redes sociales… No importa tanto si haces un buen trabajo como los seguidores que tengas en Instagram. Es un debate complejo, porque ¿quién es nadie para decir qué es poesía y lo que no? Pero lees algunos versos que dan vergüenza ajena, que parecen más el desahogo de un quinceañero en crisis que una obra literaria real. Y con las tramas de algunas novelas ocurre lo mismo. Aquí no se trata del viejo debate entre la alta cultura y el entretenimiento, que es una meta dignísima y necesaria: tengo la impresión de que antes los productos hechos para la evasión también estaban más trabajados. Ahora abres un libro que una editorial, me refiero a una editorial con unas pretensiones comerciales muy marcadas, no a esos sellos literarios de los que te hablaba, vende como su gran apuesta para esta temporada y por lo general está hecho con un patrón muy burdo. Vamos a hablar de esta época, pero metamos aquí unos asesinatos en serie para que el lector se quede. Pero, oye, que el lector medio, si lo acostumbras a ello, también se puede enganchar con unos personajes complejos y atractivos, con el retrato de la vida. ¿Qué hay más grande y más poderoso, al fin y al cabo, que la vida?

No hemos terminado de salir de una crisis que ya viene otra. La fórmula Miralbes sitúa la mirada en comportamientos que, desgraciadamente, siguen vigentes como la hipocresía, la corrupción, las zancadillas para lograr un trabajo, los que se suben a la espalda de otros para prosperar o cuando se sucedieron los despidos en los trabajos y muchos callaron pensando que a ellos nunca les ocurriría… “A Silvia le pasa como a España que es corrupta y desmemoriada”, resalta en el libro…

Yo quería hablar, a través de unos personajes contradictorios, de una trama, porque es una novela y no un sermón, de esa moral relajada que hemos tenido. De cómo las pequeñas traiciones que cometemos en nuestro mundo cotidiano, esta historia de si todo el mundo lo hace, no se van a enterar, esos gestos igual acaban configurando el país que tenemos. Hay una escena en el libro en que la protagonista está viendo las noticias y en ellas hablan de algunos detenidos por corrupción. Ella se pregunta por cómo vivirán esas personas la acusación, si la llevarán con bochorno y con arrepentimiento, una vez que han sido descubiertos, y de pronto aprecia que su figura, que está delante del televisor, se refleja en la pantalla junto a esos imputados. ¿Nos es tan ajena de verdad la corrupción? ¿No hemos sido partícipes, tal vez, de algún modo, de ella?

¿Por qué se decidió a tratar este tema sobre lo intrínseco de las editoriales, los negros literarios, el plagio… cuando no se suele exponer, parece que existe un tabú?

Era el ámbito que conocía en mayor medida, podía acercarme a él y que resultara verosímil. No se habla del tema, ciertamente, se denuncian muy pocas cosas en este país, permanecemos callados, yo el primero, por miedo tal vez, por no ofender, porque hay que ser muy valiente para desafiar al dinero y al poder. Pero, en el caso del libro, fueron los personajes los que me llevaron al entorno, al final siempre es el destello de lo humano lo que te motiva. Tenía muchísima curiosidad por Silvia y por Sergio. En algún momento, no sé cuándo porque la creación es un misterio, pensé en Silvia, en esa escritora de éxito que no sabe muy bien si en su ascenso se ha traicionado a sí misma, que tal vez deseó el éxito porque era una forma de ser querida, y ella arrastra mucha incomprensión y soledad; y pensé en Sergio, su negro literario, un autor underground, insobornable, que se ha pasado la vida en los márgenes y un día se percata de que no está tan lejano a la que cree su antagonista.

En efecto, es esa trastienda del mundo de la edición, el estar dispuesto a todo por las ventas… Dejaba caer en alguna entrevista algo así como ‘la de cosas que no sabemos ni nos cuentan’. Hay también una burbuja literaria enorme. El día que explote…

Cada vez habrá una brecha más marcada entre literatura comercial y literatura de calidad, lo cual es tristísimo, porque vuelvo a reivindicar el entretenimiento digno, que no atente contra la inteligencia del público, que no responda a fórmulas que ya están machacadas. Aunque en realidad no me siento capacitado para hacer un pronóstico: un escritor se hace preguntas, pero no tiene las respuestas. La literatura es un cuestionamiento. Y pese a todo hay motivos para la esperanza. Yo tengo mi librería de referencia, y allí los libreros me recomiendan a menudo obras maravillosas, y eso seguirá, el contacto humano, la fascinación de abrir un libro que te enseña el mundo como no lo habías visto antes. Y hay editores, podríamos decir unos cuantos, gente como la de Páginas de Espuma, Candaya, Libros del Asteroide, Periférica, El Paseo, Impedimenta y Maclein y Parker, que hacen un trabajo admirable. Por mucho youtuber poeta, por mucha saga de crímenes rituales, si esto es una batalla perdida nosotros vamos a plantear resistencia.

La preocupación por la imagen, por aparentar, la vanidad, está muy presente en sus libros desde distintas perspectivas. En Francis Bacon se hace un río salvaje, por ejemplo: el nexo de todos los personajes es la necesidad de que los quieran. ¿Cada vez nos relacionamos con códigos más frágiles?

Sí, mis personajes comparten esa vulnerabilidad, ese desamparo. ¿Que nos quieran no es, al final, el motor de nuestros actos? Y estamos en un tiempo de inestabilidades y de reinvenciones. Estamos redefiniendo la masculinidad, la forma de gestionar los afectos… Tal vez las aplicaciones como Tinder estén fomentando que tratemos al otro como ganado, como si fuera un trozo de carne al que valoramos por su físico. Hoy hay mucha soledad, pero también se despliega ante nosotros un panorama interesantísimo. Somos como personajes de Henry James que asisten perplejos a una nueva era y comprueban que las normas por las que se rigieron ya no tienen sentido.

En La fórmula Miralbes, por otro lado, todos tienen una razón para actuar como actúan: la ambición, la codicia… Todos tiene sus conflictos, sus fantasmas interiores, el que señala y descubre al otro también tiene su particular mácula…

Un creador no puede juzgar a sus personajes, debe intentar entenderlos, buscar las heridas que los han llevado a comportarse como se comportan. Los hombres y mujeres somos complejos, y la buena literatura no tiene miedo de adentrarse en las zonas de sombra. ¡Qué maravilla cuando un lector accede al alma de un personaje, con todo su dolor y sus miserias y sus expectativas! Cuando las páginas respiran vida. El calor de lo humano del que hablaba antes, lo que Silvia llama en el libro Los campos magnéticos.

Y el ego. Muchos escritores, periodistas, columnistas… reconocen (con la boca pequeña y en privado) que escriben para entretener a miles y si puede ser a millones de seguidores. Son muy vanidosos y necesitan constantemente oír y leer los comentarios de sus seguidores en las redes sociales diciendo que su novela o su artículo es genial…

Hoy asistimos, con Twitter y otras redes, a una feria de las vanidades tan ridícula como interesante. Buscamos la aprobación de los demás, retuiteamos los halagos a nuestro trabajo, ninguno se salva de dar la lata con eso. Todos necesitamos ser queridos, como decíamos antes, y me temo que no sabemos medir esa necesidad. Por muchos likes que te pongan, tu vida real va a seguir como sea. Me gusta pensar en la imagen final de Las amistades peligrosas, en que una Glenn Close derrotada se desmaquilla derrotada frente al espejo y por su rostro cae una lágrima. Todos somos, al final, esa intimidad, dolorosa o feliz.

Y luego se produce esa paradoja: la protagonista, por su profesión -una de las autoras más vendidas-, está permanente expuesta al mundo, pero tiene miedo precisamente a exponerse.  Esa tensión entre la exhibición pública y la timidez  -“que nadie se entere”- es un arma de doble filo. Y, lógicamente, se le va de las manos. Es una víctima de las expectativas…

Me atraía mucho esa figura que es hielo y altivez, alguien que odia el ruido y la vulgaridad, pero en su fuero interno anhela el calor, el abrazo de los otros. Ella es lesbiana en un tiempo en el que no podía decirse abiertamente, mujer en un mundo dominado por los hombres… Su ambición era una forma de reafirmarse, y no le ha sido fácil llegar a donde ha llegado. Y cuando estalla el escándalo pertenece al linaje de los dioses caídos, algo muy evocador y sugerente.

Y el lector se pregunta si la culpa que siente, finalmente, es real o sólo la predica cuando teme a ser descubierta…

Silvia suscita muchas preguntas, nunca damos nada por supuesto. Elegí un modo de contar la historia que ayudara a esa percepción, como si se tratara de un documental donde unos y otros muestran su visión de ella, las experiencias que han tenido a su lado. Deben de ser los lectores los que conformen su retrato final de Silvia. Y, sí, una de las preguntas es si hay una contrición real o el problema radica sólo en la humillación de ser descubierta.

Con esto que está pasando tanto últimamente de fraudes, engaños y plagios se desprende algo desgarrador: no conocemos a quien tenemos a nuestro lado…

Quiero pensar que todavía hay espacio para la confianza. Yo pondría la mano en el fuego por unas cuantas personas. No todo está perdido… Tal vez sea un ingenuo, no lo sé.

En Matria, de Raquel Lanseros, leemos, “es hora de que entiendas que vivir es también estar a la deriva” y viene bien que nos lo recuerden con novelas como la suya…

Claro, vivir es eso. Raquel Lanseros es una poeta buenísima. Vivir es equivocarse, naufragar, quien está en la vida se mueve de un modo u otro sobre el alambre. No somos robots programados, sino criaturas abocadas a lo imprevisible.

Cuentan que nadie está a salvo de ser plagiado y nadie está a salvo de convertirse en un plagiario… ¿está de acuerdo?

Yo aquí reivindico la ética. Hay palabras que parecen gastadas, pero están fuertemente vinculadas a la dignidad del ser humano. La ética sería una de ellas. Hay que intentar hacer lo correcto, y plagiar, copiar el trabajo de otro y aprovecharse de su esfuerzo, no entraría en esa catalogación. Bondad sería otro vocablo al que hay que aferrarse. Me parece terrible esta leyenda de que el cinismo es inteligencia y la bondad es hermana de la estulticia.

Y, precisamente, nosotros como periodistas vemos habitualmente cómo se frivoliza la literatura: prima más el producto que la calidad literaria… ¿El arte se ha convertido en marketing, en objeto comercial…?

Sí. Y hemos perdido el desafío, el disfrute que implica la aproximación al arte. Hoy lo importante es hacer la foto para Instagram, pero ¡es tan bonito cuando ves a alguien, en un museo, conmovido ante un cuadro durante minutos, que todavía vive el arte como una experiencia! Que no todo está reducido a comprar el imán para la nevera cuando sales del museo.

Ha comentado, en alguna ocasión, que no pretende dar un sermón aleccionador con este libro, en realidad no somos nadie para juzgar, que cada lector juzgue, no pretende dejar un discurso con moralina…

Porque la literatura aspira a la complejidad. No me interesan los discursos sin fisuras ni preguntas. El alma humana es esquiva y resbaladiza.

Pero tampoco ayuda esa actitud de la sociedad de tildar como mera picaresca, otorgar un clima de permisividad  con ese “¡quién no ha copiado alguna vez en un examen…!” y normalizar algo que no debería suceder, ¿dónde quedan los referentes, aquellos espejos en qué mirarte? la ejemplaridad…

Yo siempre pienso en Albert Camus porque es un modelo aún vigente: una inteligencia que no da la espalda a la emoción, un compromiso que se expresa con mesura y que intenta entender la posición del contrario. Su obra es de una complejidad moral abrumadora, pero está teñida de compasión y de calidez.

Plagiar es un fraude, un engaño y es la acusación más dura que se le puede hacer a un escritor. Y desgraciadamente hoy, con ejemplos muy conocidos y recientes, parece que no pasa nada, estamos ante el triunfo de la mediocridad…

Sí. Y los representantes políticos no ayudan, porque no dan valor a su propia palabra, la está traicionando constantemente, son incapaces de reconocer sus errores y desde luego no divulgan con su comportamiento que todo acto tiene sus consecuencias. Es simbólico que alguien como Borja Sémper, que mostraba un espíritu dialogante y es una persona culta que tiene entre sus autores a Stefan Zweig, otro modelo para la vida, haya dejado la política.

También habla del perdón. ¿Cree que esos errores del pasado, esa responsabilidad del que ha cometido ese fraude, debería prescribir?

El perdón es algo necesario para la convivencia, algo que define nuestra humanidad. Hay situaciones en los que otorgarlo es durísimo, pero no en un plagio.

¿Está de acuerdo con aquello de Borges: “Toda literatura es plagio”? ¿Cree, como opinan otros, que creamos a partir de otras obras? ¿Es imposible crear a partir de la nada? Vila-Matas decía en Perder teorías, “no nos engañemos, escribimos siempre detrás de otros”.

Sí, en ese sentido toda literatura es plagio. Cuando jovencito me quedé fascinado con la música que tenía la obra de Antonio Lobo Antunes. Mi primer libro, Francis Bacon se hace un río salvaje, acusa esa influencia en el estilo. Y en cada etapa he tenido en cierto modo alguna voz, alguna mirada, que estaba ahí como referente. Escribimos siempre detrás de otros, sí. Pero eso es precioso, es proseguir un diálogo, no tiene nada de deshonesto.

Escribir, en definitiva, también es hacerte preguntas para encontrar respuestas. ¿Qué nos está pasando para llegar hasta este punto de desprestigio? ¿Encontró alguna respuesta ante sus preguntas?

No, respuesta ninguna. Que quizás ha llegado un momento en el que debemos parar a reflexionar. Pararnos y preguntarnos si éste es el camino…

Por cierto, ¿cómo es ese salto suyo de escribir poesía a escribir narrativa? ¡Se le da bien todo!

Jajaja. Qué va. Hace poco escribí un relato sobre mi infancia y lo titulé El hijo de Peter Sellers. Me siento a gusto entre los torpes y los desastrados. Me horrorizaría tener algo bajo control, en realidad… Ya en serio, la poesía y la narrativa coinciden en el mismo propósito: se trata de contar una historia.

Recuerdo a Luis Alberto de Cuenca decir de usted: “En la selva de publicaciones poéticas que hay en España, varios miles de libros al año, es muy difícil encontrar algo que no sea un mero eco. Sin embargo en Braulio Ortiz Poole se distingue perfectamente una voz”. Un lujazo estas palabras y saberle un escritor que atrae a la lectura y hace entrar al lector en otros mundos con gusto. 

Esa apreciación de Luis Alberto de Cuenca, que tiene ya unos años pero nunca dejaré de agradecer, me emocionó muchísimo. Que un poeta de su altura diga que tengo una voz calma esa incertidumbre que sientes cuando te pones a escribir.

Adelántenos cosas sobre su próximo trabajo, creo que en los próximos meses publicará un nuevo poemario. 

Se llamará Gente que busca su bandera y cambia en cierto modo la manera en que yo enfocaba la poesía. Hasta ahora mis libros hablaban de mí, de mis heridas, porque creo que en el relato de tus propias experiencias otro lector puede identificarse, que en la exploración de ese sentimiento consigues una rara autenticidad. Esta nueva obra recoge una serie de biografías ajenas porque sentía que debía ampliar la mirada, hablar de los otros, celebrar que perteneces al mundo y vives en comunidad.

¿Es el momento de volver a la emoción?

Para mí la emoción es otra forma de inteligencia. El mayor elogio que te pueden decir es que tus versos han transmitido algo. Y hay más valentía en un hombre que se enfrenta a sus emociones que en el aventurero más intrépido.

¿Su escritura poética es una búsqueda? ¿Hacia dónde? ¿Qué le importa en un poema?

Es un intento de entenderme y de entender el mundo en el que vivo. Es una búsqueda de la belleza, es ir al encuentro de la vida y sublimarla. Me importan mucho la música y, la hemos mencionado antes, la emoción.

La poesía, la belleza de las palabras, ¿alivia, nos sana?

Un poema de Juan Emilio Pacheco o de Idea Vilariño te reconforta enormemente, sí. Y a mí leer poesía me salvó: de saber que no estaba solo, que no era distinto. Odio cuando la gente habla de la poesía como si fuera una señora enjoyada y ataviada con pieles, odio las grandes palabras y la solemnidad con que a veces se aborda el ámbito. Pero es verdad que un poema puede conectarte con una parte espiritual y profunda de ti, puede tener un efecto reparador.

Precisamente, retomando nuestra conversación sobre La fórmula Miralbes y el engaño y la normalidad ante lo mediocre, en su último poemario Cuarentena concluye con un esperanzador “un hombre ha de aspirar a lo sublime”…

Sí. Debemos procurar hablar con los dioses. Y, como decían en El club de los poetas muertos, que la llamada sea a cobro revertido.

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