Breves paseos recogiendo música

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Mar de Copas
Banda peruana Mar de Copas

La claridad me va a matar/la niebla espera atraviese pronto su imán

Adiós amor, Mar de Copas

 

Manolo se casaba con Claudia en una semana. Mientras tanto grababan un disco. Wicho ensayaba detrás del vidrio, en Villa Ruby. Él siempre parecía distante, como si no fuera parte de la banda. César era el hijo de mi profe: El Diablo Zamalloa. Phoebe era hermosa pero Claudia tenía un aura especial. Qué les habrá pasado a los dos. Supe que se separaron, nada más. Yo era el reportero, escribía sobre discos y casetes peruanos. Una columna pequeña que aparecía en una revista para suscriptores de cable. Esos años en que no todos teníamos cable. Mis lectores eran gente con poder adquisitivo. Pedro Cornejo y Pedro Callirgos: recordarlos riendo en la salita de Navaja Records en Barranco. El Pelo me hizo escuchar el sonido que producía en los sintetizadores. A mí me parecía un tanto brutal que la música saliera de una computadora y no de un instrumento. En ese tiempo me iba hacia Barranco en una combi y me tiraba una mañana escuchándolos hablar de sus proyectos. Iban a sacar un casete con lo mejor de Leusemia. Iba a ser un éxito. Y lo fue. Manolo me enseñó que no hay que hablar mal de nadie. Ellos hacían su trabajo y la gente los seguía.

Rafito hablaba de los conciertos de Mar de Copas como si fueran magia. Tal vez lo eran. Quién era yo sino un fan más, gritando las canciones en la oscuridad de El Sargento Pimienta: esas noches como lavadas con un trapo mojado, esas luces naranjas que vienen y van. Las colas para entrar eran muy largas, en ese país que parecía existir al margen del país. Una vez en la oscuridad de El Sargento me pegué demasiado a esa chica. Era la Fiorella de Carmín. Todos habíamos visto Carmín en nuestra pubertad: Roberto Moll era el profesor que se enamoraba de su rubia estudiante.

Qué conciertazo el de Leusemia en El Sargento. Yo escuchaba una y otra vez el casete y me convencía de que nadie había escrito mejores letras en el rock peruano. ¿En qué momento se jodió Navaja? El apodo que le puso Daniel F, Pedro Marmaja, supongo que en ese ambiente tan reducido (y miserable) aniquiló cualquier pretensión de crecer. Manolo me dijo que él y Toto iban a grabar un disco de tributo a Nino Bravo: Los trece baladas. Tal vez yo fui uno de los primeros periodistas en escuchar el III y Suna. La portada era una fotografía del chico que estaba ahí en la sala de Villa Ruby. El disco comienza con una versión rockeada de la Internacional Socialista

¿Por qué tenía yo una columna de música? ¿Qué sabía yo de crítica musical? Supongo que después de leer las Rolling Stone que nos llegaban (desde un PO Box en Miami) decidí intentarlo. El objetivo era promover más que criticar. Eran mucho más sólidas las reseñas de Caleta, obvio. Eso sí era una revista de música. Mi ignorancia sobre rock anglosajón era total. Así no se puede criticar la música: sin conocer las influencias. Algo sabía del punk. Samir me hizo escuchar a Sex Pistols y después a The Clash. También aprendí con la revista Esquina. Me fascinaba leer los nombres de bandas y discos, atesorarlos como si los conociera. Pero de qué servía si no escuchaba la música, si en mi tiempo libre me iba a Arequipa: a la chacra, a la playa. Allá todo era cumbia. La tía Eddie escuchaba los casetes de rock en castelllano y los llamaba “música loca”. Rafo Ríos también me hizo escuchar rock subterráneo: Narcosis, Psicosis, Zcuela Crrada, Eructo Maldonado. De España: La Polla Records y Siniestro Total. Rafo tenía una banda punk y escribía canciones todo el tiempo. Lapicero verde y papel rayado, las “A”s de anarquía. Las hojas terminaban archivadas (escondidas) debajo de su mesa de noche. Rafo también me llevó a ese concierto de rock subterráneo donde pogueamos con Angie, apretados en un cuarto de Lince.

El III lo escuchaba en mi carro, en esa caja roja que me vendió Rocío por las 7 lucas que le pagué de 200 en 200 durante qué se yo cuántos meses: un Fiat Uno. Susana me había dicho que odiaba a Mar de Copas. Después de sentarnos durante largas horas en esa banca del barrio Neptuno, le hice escuchar el casete. Le pregunté qué le parecía y ella me dijo que le gustaba “¿Qué es?” preguntó. Tendrías que haber visto su cara cuando dije que era Mar de Copas. Es que tener preferencias, a esa edad, es siempre una pose. Como la de Sayo: mataba por Joaquín Sabina pero solo hasta que a medio Lima le gustó Sabina.

Mi auto rojo, Susana y yo riéndonos en una banca, jurándonos que siempre íbamos a ser amigos. Qué época que fue ese fin de siglo. Todo cambiaba de modo acelerado, algunos creían que el Perú por fin iba a ser un país respetado. Alan García era el hombre más odiado del país y nadie hubiera imaginado que se metería una bala, 25 años después, para que la policía no se lo llevara preso. Nadie hubiera predicho tampoco que yo, ese muchacho que apuraba su caja de comida comprada en el Wong, sobre su escritorio frente a la computadora de la oficina de Jorge Basadre, se iba a ir a vivir a Nueva York. O que Susana iba a terminar de madre viviendo en Barcelona. O que Sayo seguiría viviendo en el 2020 en una casa a dos cuadras de la Avenida Arequipa. El irse y el quedarse tal vez fueran los rasgos definitivos de una generación que sobrevivió a la violencia de los 80s y los 90s, que por un breve período de tiempo se creyó la utopía del país posible ¿Éramos jóvenes utópicos? La intelectualidad de nuestro país ha sido desmembrada. A veces parece que quienes se han quedado viven resignados pero felices. Sepa usted señor emigrante: lo que te da Perú no te lo puede dar nadie.

Otros recuerdos: la acústica de La liga del sueño en el bar La Noche de Barranco. Esa mezcla de vals con rock: Yo quiero que escuches la imagen de mi alma que te ama y te adora como una aventura que nadie ha gozado. Magnífico el nombre: Mundo Cachina. Lalo de Sony emocionado explicando cómo se iba a marquetear el grupo. Yendo al primer concierto con ella, que no sabía cómo se le ponía el seguro a la puerta de la 4 x 4 estacionada en la plaza, frente a la iglesia. Dejándola en su casa, mirándola en el elevador de Miraflores. Regalándole un presente estúpido, una pecana con un mensaje adentro. ¿Ves? Todavía duele. En una casa de Jesús María escuchando a Radio Criminal, en un local que se llamaba El Averno, llegando tarde a ver una banda que me interesaba, pasando por unos pasillos que olían a cerveza y a orina.

Mis breves paseos recogiendo música. Mi ciudad consumida en sorbos de trabajo mezclados con rock peruano ¿A qué jugaba? Las memorias vienen atadas con una soga de nostalgia. 1995: entré a la Universidad de Lima por la puerta que daba a la calle Cruz del Sur. Esa tarde podía haberte apostado que Mar de Copas daría un concierto espectacular, como telonero de Soda. Muy pronto supimos a qué distancia estaba el rock peruano, tan lejos de la voz de Cerati que nos hacía saltar a todos, gritar a voz en cuello Primavera Cero.

No voy a hablar mal de nadie: los otros recuerdos desaparecen.

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