Cada pocos minutos, una mujer china intenta suicidarse

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La violencia asociada a los tradicionales –y modernos- valores machistas se presenta en todas las clases sociales dentro de un mismo país. Además, es una patología social que afecta en mayor o menor medida a todos los países, con independencia de su nivel de desarrollo económico y cultural. Incluso a países como Noruega, con políticas activas de igualdad entre géneros ejemplares en muchos aspectos.

 

Con independencia de las causas sociales, religiosas y culturales que favorecen y condicionan el fenómeno en cada país, el resultado es siempre el mismo: una violencia sistemática –sobre todo intrafamiliar- ejercida contra las mujeres que genera millones de dramas personales.

 

En algunos países la violencia contra las mujeres alcanza cotas perturbadoramente dramáticas, y muchas mujeres, ante la falta de alternativas vitales, deciden suicidarse.

 

Nepal es un buen ejemplo. En el estudio más reciente sobre el tema, fechado en 2010, se afirmaba que el suicidio se había convertido en la primera causa de mortalidad no natural entre las mujeres en edad reproductiva. Mientras que en 1998 un 10% de los fallecimientos de mujeres en edad reproductiva por causas no naturales tenían que ver con suicidios, diez años después el porcentaje se situaba en un 16%.

 

La larga guerra civil que vivió Nepal entre 1996 y 2006 no ayudó, sin duda, a desarrollar una sociedad sana. Más bien al contrario. El enfrentamiento entre el gobierno monárquico y las guerrillas maoístas propició una especie de normalización de los abusos contra las mujeres que costará años erradicar y que vinieron a sumarse a los abusos legitimados por la tradición. Se ha denunciado por parte de ONGs e institituiciones internationales que las autoridades nepalíes no demuestran un especial interés en investigar las causas de estos suicidios.

 

Nepal es uno de los países más pobres y menos desarrollados de Asia. La pobreza, sin embargo, no explica por sí sola este fenómeno. Aunque sí lo condicione en gran medida –falta de infraestructuras dedicadas a la sanidad mental, sistema educativo deficiente, etcétera-. Muchas mujeres optan por el suicido como la única alternativa para evitar una existencia insoportable. Por el momento, el compromiso de las autoridades nepalíes para paliar esta enfermedad social es escaso. Ni siquiera se destinan los medios suficientes para elaborar estadísticas serias que consigan delimitar el problema: uno de los primeros pasos para implementar soluciones.

 

La alta tasa de suicidios de mujeres jóvenes es un problema que existe también en la China rural desde hace ya varios lustros. Aunque el número de mujeres que se suicidan ha ido disminuyendo progresivamente, aún constituye la principal causa de muerte no natural entre las mujeres chinas que viven en el mundo rural con edades comprendidas entre los 15 y los 34 años.

 

En 2006, la Organización Mundial de la Salud publicó un informe en el que se aseguraba que cada año 1,5 millones de mujeres chinas intentaba suicidarse, teniendo éxito en su propósito unas 150 mil mujeres. En las zonas rurales, muchos matrimonios suelen pactarse todavía entre las familias sin tener en cuenta la voluntad de la mujer. Además, en la mayoría de los casos, las esposas han de trasladarse al hogar familiar del marido, convirtiéndose de facto en sirvientas-esclavas de su nueva familia, recayendo en ellas muchas de las duras labores asociadas a la vida en el campo.

 

Un estudio más reciente, publicado en 2011, ofreció datos similares. En China, con una población de 1.300 millones de habitantes, se suicidan cada año unas 300 mil personas, aproximadamente un cuarto de los suicidios que se producen en el mundo. La cifra, en principio, no resulta desmesurada si tenemos en cuenta la población china y su porcentaje respecto a la población mundial.

 

Sin embargo, la alta tasa de suicidio femenino en China sí resulta sorprendente, y convierte al país asiático en uno de los pocos países del mundo en el que la tasa de suicidios femeninos exitosos supera a la tasa de suicidios exitosos masculinos. El 75% de estos suicidios se producen en las zonas rurales. Este años está previsto que la población urbana china supere a la población rural por primera vez en la historia del país. Cabe esperar que este cambio en la distribución demográfica condicionará positivamente la evolución de las tasas de suicidios en la China rural, tres veces superiores a las tasas de suicidios entre las mujeres que viven en las ciudades.

 

La modalidad más habitual de suicidio entre las mujeres chinas, la ingesta de pesticidas, resulta cada vez más complicada debido a las medidas restrictivas impuestas por las autoridades. Según los expertos, junto a estas medidas de control, se echan en falta medidas que aborden los problemas de fondo que motivan que miles de jóvenes mujeres chinas decidan quitarse la vida. El divorcio, posible legalmente, no es una opción sostenible para muchas, dado que quedarían económicamente desprotegidas: se necesitaría una infraestructura de centros asistenciales y ayudas económicas que, por el momento, no existe.

 

El país asiático se enfrenta a otro gran problema demográfico inusual que, hasta la fecha, no está solucionando la migración masiva a los centros urbanos: la política del hijo único, asociada a la tradicional preferencia de un hijo varón –junto a la relativa facilidad para abortar-, ha motivado que la escasez de mujeres sea un problema considerable para el país. Por el momento, las consecuencias de este inmenso desequilibrio –7 mujeres por cada diez hombres- son, entre otras, la creciente pujanza del tráfico de mujeres chinas –y de países vecinos- vendidas y compradas como una mercancía más. También se ha documentado una creciente expansión del acoso sexual. Por otra parte, como aspecto positivo de este desequilibrio se ha señalado que, al menos en las zonas urbanas más desarrolladas, un número creciente de mujeres disfrutan de un estatus y de una libertad de elección a la hora de casarse y planificar su vida que nunca antes habían conocido en la historia del país.