Café Gijón

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Reservé la barra para cuatro, hablé el día antes con Lucía, la camarera. Me gusta porque se baja la mascarilla blanca hasta el borde del labio inferior después de pasar la tarjeta por el datáfono. Me mira y vuelvo a verla, fugaz.

Nadie lo sabe.

Como una estrella.

Con mis amigos, nuestra primera vez juntos en el Gijón, inaugurado en 1888.

Todos queremos escribir. Todavía.

El café es un lugar que frecuentaron algunos autores que leemos en el metro o antes de las 00.12.

Hace mucho tiempo se juntaban aquí, después de la guerra de España, cuando no se compartía piso, cuando se vivía en pensiones y las dueñas llevaban cuencos de sopa a las habitaciones por las noches, sopas claras y sopas de fideos.

Pedimos varios cafés y un poleo de menta para Dimas.

No sé cuánto costaba en 1961 el café con leche, pero ahora el solo cuesta 2.30 y Lucía acepta también 2.21. Tiene los ojos negros como un pueblo de la provincia de Teruel.

Monedas pequeñitas de un céntimo único.

Estuvimos hablando sobre dos películas, Umbral, la reserva de la barra y Greta Garbo.

Les dije que estaba reservada hasta las 18.30, por lo que deberíamos salir algunos minutos antes.

Les digo que en esa mesa se sentaba Umbral.

Javier se equivoca, el cuarto de baño está arriba, él ha bajado las escaleras.

Cuando sube nos dice que deberíamos ver algo. Son las 18.22.

Todavía tenemos tiempo para ver qué ocurre. Gonzalo se levanta.

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