Caída de torres

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Mi imagen, aquella mañana del 11 de septiembre, era patética. Incapaz de llegar hasta la zona de los atentados, encontré en una compañera pequeñita y brasileña, la excusa perfecta para deambular por una ciudad que aún no asimilaba las señales de humo desde el Bajo Manhattan. Habíamos tomado un par de clases juntos. Sabía que nació en la ciudad de Minas Gerais y que su mayor preocupación aquella mañana consistía en regresar a su departamento en Brooklyn y en comunicarse por teléfono con sus padres.

 

Yo había tenido suerte. Desde el subterráneo pude llamar a Lima y destrozar cualquier imagen apocalíptica que mi familia estuviera construyendo acerca de la desgracia neoyorquina. No solo estaba bien parado a unas cincuenta cuadras de las Torres Gemelas, sino que gozaba de excelente salud, igual que toda la gente que caminaba conmigo por aquellas calles desconcertadas. Mi objetivo en aquella jornada de desgracia, se resumía en que mi brasileña encontrara la ruta más rápida hacia el Waldorf Astoria, donde un familiar que trabajaba de botones le podría facilitar la llamada a través de las líneas del hotel. Tal vez en el mismo momento en que algunas personas se precipitaban al vacío desde sus oficinas en llamas, yo estaba intentando recordar cómo era la ruta hacia el callejoncito en Park Avenue frente al Waldorf, al atajo por donde se pasaba desde la calle 42 hasta la parte posterior de la Estación Central.

 

Las líneas del hotel también estaban cortadas. Así que la brasileña y yo nos conformamos con despedirnos en una esquina desde donde ella sabía seguir el camino hacia el puente de Brooklyn. Había que cruzarlo a pie. De boca en boca nos habíamos enterado: Nueva York estaba paralizada y el país había cerrado sus aeropuertos. En resumidas cuentas: empezaba la larga noche. Poco después de las cinco de la tarde partió el primer tren atestado de pasajeros hacia los suburbios. Yo iba entremezclado entre ellos. Recuerdo con claridad los murmulllos de los pasajeros y sus silencios.

 

Ya en casa de mis parientes, tranquilizados después de increparme por no haberles comunicado mi situación (toda mi familia vive en los suburbios, yo soy el único que viaja a diario hacia la ciudad) vi la tragedia en la televisión, como todos. Recién en ese momento comprendí la dimensión del espanto.

 

Diez años han pasado. La administración Obama nos ha regalado la noticia del aniquilamiento del responsable de los atentados. Sin embargo,  en el entretiempo, los retrógadas que dirigieron a esta nación envilecieron la historia de la masacre del 11 de septiembre con las carnicerías de Afganistán e Irak. Me reconforta haber puesto algún grano de arena en esa batalla desigual contra los perros de la guerra. Combatir al gobierno de Bush y a sus trágicos arrebatos democráticos, fortaleció mi convicción en contra de la prepotencia como defensa.

 

También he vivido estos años esperando el nuevo cataclismo. He estado contando las horas para el nuevo atentado: que uno se le alineen las estrellas al terrorista que quiera imitar –o superar– a Bin Laden. Dicen que así fueron los años de la Guerra Fría. Los neoyorquinos se despertaban temiendo que una ojiva nuclear soviética los arrasara antes de que cayera el sol.

 

Desde el 2001, cada 11 de septiembre la sombra de las torres ha regresado para interrogarnos sobre diferentes temas. El año pasado fue sobre nuestra fe, ante la posible construcción de una mezquita en las cercanías de la Zona Cero. Otros años ha aparecido para sacarnos en cara nuestra desesperación; y para demostrarnos que en esos instantes de parálisis también aparecieron algunos héroes de la solidaridad.

 

Hoy vivo en una ciudad distinta. Esas imagenes de la brasileña con la que entré a un Waldolrf Astoria –donde zombies de saco y corbata caminaban mudos con un vaso de whiskey entre los dedos– son las últimas que me quedan de una Newyópolis que ya se fue, devorada por el fin de la historia.

 

Sin embargo, esta ciudad –por tradición– aún contiene en ella misma la promesa de su reinvención.

 

Por eso cuando los reflectores iluminan la noche en septiembre y el fantasma de las Torres Gemelas reaparece para tratar de recordarnos quién la envenenó , esta metrópoli se plantea de nuevo la interrogante esencial: Diez años después de la caída de las torres ¿Ser o no ser otra vez Nueva York?