Caminata

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Tenemos poder en los pies. Lo supe desde muy niño, desde aquella época en que toda mi estrategia futbolística se reducía a una frase que recogí de algún fascículo coleccionable de los mundiales: Pueden pasar el hombre o la pelota. Jamás los dos. A la acción de servirse del poder de nuestros pies contra un adversario le llamamos machetear. Y yo me convertí desde muy joven –como efecto complementario de mi deficiente recutecu para ser un goleador o un vistoso crack del barrio– en un fervoroso practicante del macheteo.

 

En algún momento de la infancia descubrí otro de los poderes de los pies: recorrer largas distancias. Mis padres me dejaron en casa porque me demoraba y se les vencía la hora de la cita en una cancha de tenis. Ya en la calle me dije «¿Por qué no? Me voy caminando». Me aparecí ante ellos cuando acababan su partido de dobles, para explicarles ese fenómeno que por alguna razón –tal vez porque las calles limeñas son un infierno para sus peatones– no creyeron que descubriría tan pronto: se puede llegar a muchos lugares con tan solo seguir caminando. Ese instante pronosticaba mi suerte de viajero. En ese momento se le presentó a mi cómoda existencia burguesa la puerta por donde yo podía entrar, si caminaba un poquito más, hacia los terrenos intransitados de éste mi pequeño mundo.

 

Entre las imágenes que mejor conservo están las de mis caminatas viajeras. Hay una entre Porto y Coimbra, en la que caminé durante casi ocho horas. El rescate vino en una camioneta Jeep, ya casi al anochecer. El chofer era un hijo de empresario, y había renunciado a una fortuna para llevar una vida bohemia; acampando en los caminos, viviendo de pescar sardinas con amigos ocasionales, en ríos de paso. Pero unos años antes, su padre había contraído un cáncer y le había sacado al hijo, en el lecho de muerte, una promesa: él se encargaría de la empresa, mantendría la fortuna familiar, aseguraría su imperio –que si mal no recuerdo consistía en una compañía multinacional de corchos de botella y derivados de la madera. Este muchacho arrebatado a la vida de aventuras fue quien me acercó a mi destino, no sin antes detenerse en un restaurante al borde del camino para convidarme un emparedado de lechón y un delicioso vino tinto. Esta cena, muy sencilla, permanece aún –12 años después– en la lista de las mejores comidas de mi vida. La caminata había valido la pena.

 

Caminar sirve de mucho en Newyópolis. El visitante desacostumbrado a utilizar el poder de sus dos pies se pierde demasiadas cosas en esta ciudad pensada para que viva la gente y no los automóviles. La ciudad se presta para la contemplación de la caminata. Claro que cada una tiene su personalidad especial y dependerá tanto de las circunstancias del día como de las condiciones del clima. Siempre se recomienda abandonar la prisa. Todo visitante apurado se convierte en presa de esa postal de la ciudad neurótica: aparecen en él o en ella aquellos ojos desorbitados de quien solo piensa en el tren que va a perder, en la cita a la que tiene que llegar, en el negocio que si se demora se le escapa de las manos.

 

Hay caminatas turísticas que se tienen que hacer. Aquella sobre el puente de Brooklyn es de las esenciales. Ya fui y volví a Manhattan en bicicleta, también manejé un automóvil en ambos sentidos; y no es lo mismo. La necesidad de mantener el equilibrio o de evitar una colisión, cargan a la experiencia de una tensión innecesaria. Hay que cruzar mirando el río y la bahía, a las moles de los edificios, a los aventajados que se pasean en su bote por debajo del puente, al deleznable tráfico de las calles paralelas al Hudson, salpicado de taxis amarillos; a las gaviotas que planean sin gracia sobre nuestras cabezas. Hay que mirar y pensar. Otras caminatas esenciales incluyen casi todos los barrios de Manhattan. Y como lo sabrán quienes caminan a las mascotas a diario por las vereditas del Parque Central, si hay tormenta de nieve o de lluvia se recomienda posponer la caminata hasta que ésta haya pasado. El contacto de los fenómenos celestes con el cemento de Nueva York, dota a los perfiles de Manhattan, de Brooklyn, y a algunos rinconcitos viejos del Bronx y de Queens; de una sutil belleza anacrónica difícil de explicar. Le otorga una sensación de esperanza en el paso suave y generoso de la historia sobre esta tierra. Estas caminatas después de las tormentas casi siempre arrancan pensamientos positivos; y algunas veces le han deparado excelentes ideas a este inventor de ficciones.

 

De todas las caminatas por la ciudad, la más memorable me sucedió a oscuras, en el apagón del año 2003. Recuerdo haber mirado las calles de mi largo viaje desde el Bronx hasta mi departamento en Brooklyn pensando «No te olvides de esto. Es posible que nunca lo vuelvas a ver» Manhattan en tinieblas es una isla invisible. Desaparecidas las calles icónicas que han creado el mito, la isla se convierte en gente. Unos muchachos habían sacado sus guitarras y su baterías a la calle y ofrecían un concierto gratuito a los transeúntes. Por aquí y allá escuchaba rumores de un apagón que comenzaba en Montreal y bajaba hasta Washington DC. Había un calor infernal en los interiores y todo se hacía en la calle. El temor (que nadie se atrevía a manifestar en ese momento) era que Nueva York a oscuras, convertida en gente, se transformara en un monstruo; y se repitieran los vandalismos e incendios del apagón de 1977, el que dejó una regadera de negocios saqueados y edificios en llamas. De mi caminata por la oscuridad, recuerdo con mucho detalle el paisaje de ciertas calles de Chinatown. No era la Chinatown de Canal o Mulberry Street, que siempre está abarrotada de turistas; sino la de edificios viejos donde los inmigrantes chinos viven, comen y duermen hacinados. Estaban todos en la calle: los jóvenes en camisetas sin mangas, los viejos con sandalias y los pantalones remangados. Pensé que así debía ser Pekín.

 

Hace unos años recién supe, gracias a una lesión leve, que a los doctores de los pies se les llama podólogos. Como si su especialidad tuviera que ver con el poder. «¿Cómo puedes vivir sin carro?» me reclamó hace unos años una amiga cuando le dije que íbamos a ir a ver una obra de Broadway utilizando los trenes. Le reclamé que aquí se puede vivir sin automóvil, que esta ciudad está pensada para gente que puede caminar. Creo que nunca me creyó. La verdad es que no tenía ni dinero ni ganas de tener un auto. Cuando lo tuve –porque la presión social es inmensa y para ser francos, un automóvil facilita muchísimo los viajes largos– me animé una mañana a ir a unas clases de latín en Hunter College. Planifiqué salir muchas horas antes, llegué frente a la universidad con una hora de anticipación… y me quedé dando vueltas dos horas por las calles de Manhattan, incapaz de encontrar un espacio libre al lado de una vereda.

 

Me di cuenta de que iba a perder mi hora de clase. Entonces recuerdo haberme fijado, a través de la ventanilla del auto, en lo felices que se les veía a esos hombres y mujeres que pasaban a mi lado sobre las aceras, y que despreocupados, sin mucha prisa, caminaban.