Camino del Norte con Glenn Gould en un expreso nocturno

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Por arbitrio, por un acto de voluntad, por el frío, por el silencio. Pero la Trilogía de la soledad (Solitude Trilogy), de Glenn Gould, estará para mí siempre asociada a la Sierra de Gredos, a estos días de abril que pasé completamente solo en la casa refugio que fue del abuelo y de la madre de mi amigo (casi hermano) Luis Carlos Nieto en la aldea de Cabezas Altas, donde traté de ahormar mi libro sobre una bodega legendaria. No trabajé ni tanto ni tan bien como hubiera debido, pero el libro ya empieza a tener sustancia, textura, sangre, casi forma.

Fue gracias a las páginas de The Economist que tuve noticia de ese proyecto que Glenn Gould apadrinó cuando andaba en la treintena, tras haber anunciado, en 1964, que dejaría de ofrecer conciertos. Al año siguiente aceptó una propuesta de la Corporación Canadiense de Radio (CBC) y se embarcó en el Muskeg Express para llegar tan lejos como pudiera entre Winnipeg y Churchill. En el convoy Gould trabó amistad con Wally Maclean, un supervisor retirado con alma de filósofo. A la mañana siguiente Maclean le enseñó a distinguir las señales que el hielo y la nieve emiten y que ayudan a percibir minuciosas sugestiones de infinito. La conversación de prolongó durante días y dio pie a The Idea of North (La idea del Norte), un documento radiofónico que la emisora difundió en 1967. En realidad fue el primero de tres experimentos sonoros que me han permitido escuchar la soledad de este refugio y mi propio silencio rodeado de cumbres nevadas cuando me metía en la cama bajo un montón de mantas y apagaba todas las luces. A La idea del Norte siguieron The Latecomers (Los últimos en llegar, sobre Newfounland, es decir,  Terranova) y The quiet in the Land (La quietud de la tierra, sobre los menonitas).

En La idea del Norte, dice el anónimo redactor del Economist, Gould armoniza las voces de los cuatro principales personajes en una sola como si fuera una fuga. Una suerte de orquestación de voces. Gould pensaba que ser fiel a una única voz cuando se trata de una radiotransmisión no tenía sentido, porque, aseguraba, cualquier persona corriente apenas puede entender y responder a una mínima parte de la inmensa cantidad de información que recibe a través de los sentidos. Así lo experimenté yo mismo, con esas capas de voces, de reminiscencias, de las que captamos una frase, una palabra, mientras el fondo sonoro de un tren en marcha o del mar se impone como el ruido de fondo de la galaxia, una partitura dominante, acaso el tema, del que nos llegan destellos (Janis Joplin alejándose en una nave en el serpentín de un agujero negro) como cuando, desde el tren que pasa y en el que vamos, vemos fragmentos de vida en ventanas encendidas, o desde una de esas ventanas, acaso con la luz apagada, vemos pasar un expreso nocturno y sombras animadas que nos recuerdan a un pianista que nos emocionó, un amor desvanecido, el espectro de un sueño que se repite. Pero son apenas ráfagas, migajas de sentido, fogonazos de una película cuyo comienzo y final desconocemos, un párrafo breve en una biografía que se nos escapa a manos llenas.

Al final de The Idea of North Gould asocia las elucubraciones de Maclean, su primer interlocutor, a los movimientos finales de la quinta sinfonía del compositor finlandés Jean Sibelius. Reflexionando en torno a The Moral Equivalence of War (La equivalencia moral de la guerra), un ensayo de William James, el hermano del novelista, Maclean sugiere, “en su ardiente extremismo”, que ir al norte equivale para los canadienses a ir a la guerra.

El articulista concluye su texto diciendo que la trilogía (que se puede escuchar en Spotify, Youtube y la página web de CBC) es una obra maestra de la innovación sonora, y propone escucharla en un tren o en un momento de soledad dichosa. Yo lo he hecho en varias de estas noches heladoras de Gredos y me he sentido transportado a un lugar entre la realidad y el sueño. Y he pensado que valdría la pena hacer un experimento similar camino tal vez de un norte muy personal, envuelto en nieblas, memoria y deseo.

Esta noche volveré a subirme en el Muskeg Express. Me gusta ese ruido de fondo que acaso se asemeje sutilmente al que captan los astrónomos más atentos, un convoy que perfora la noche con la perseverancia de un berbiquí voluntarioso, el martillo atómico del mar contra la playa, el granizo de esta tarde contra mi anorak, y luego el aguacero contra mi tejado mientras trataba de escribir algo que tuviera sentido.

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