Mientras tantoCanta octubre

Canta octubre


 

 

Alguien canta en costas lejanas que octubre al fin ha llegado con su sonata de otoño. Que las orillas de las playas han quedado a oscuras y desiertas; que las hojas han vuelto a arrugarse y a caer, y el sol caduco no hace ya daño a la vista. Me llega este canto como el susurro de una lluvia fina en la noche. La remembranza se me enternece con la mitología de octubre.

Decidme los de allá: ¿no es cierto que los soles se vislumbran como fogatas abandonadas en los llanos desolados? Al caer la tarde. ¿Y que el aire de la víspera eriza la piel como el soplido de quien nos acaricia la nuca con su aliento?

Enamorarse en otoño, eso sí debe de ser un milagro.

Cantadme, amigos de lejanías, cantad un domingo de octubre, uno de aquellos de mil novecientos noventa y tantos; ya hace mucho que lo he olvidado… Despertadme el recuerdo dormido de su penumbra en las paredes y esa luz tostada de reluzángano en una pequeña ventana. Decidme, como pedía Marcos Ana en aquel penal de Burgos, cómo es un árbol y el canto de un río. Habladme del perfume a leña mojada en el camino del monte, de las acículas de los pinos sobre abrigos de paño, del viento que derrama nubes de tinta rosa. Del corazón que se acelera a la hora del terciopelo felino de la cama en la madrugada, y de ese pellizco de hielo cuando asoma, desnudo, fugitivo, un dedo díscolo del pie.

Sueño quizás un octubre que ya no existe desde mi rincón de arenas movedizas. Corro a por él, a galope de un caballo de bronce en la plaza mayor de mi soledad. Lo busco, a octubre lejano, lo busco a tientas y desconcertado entre los astros y las estrellas a lo lejos, pero no lo encuentro por este cielo glauco ceniciento, estéril de aguaceros; ni a la mañana de los campos de esparto añejo, ni acariciar puedo los almendros morenos, sin fruto seco ni aladas rosas de nata, a la espera siempre de la primavera.

Despierto de este grácil ensueño. Es ya la hora de la cena. Alguien prende el televisor al otro lado del tabique: rastrojo de bojas ardiendo y cubiertos de acero. Cae la noche y revolotean en mis cuatro paredes las alas sin vuelo de un ventilador mortificante. Marejadas de un verano infinito. Pero es octubre, quién lo diría. Y era el año mil novecientos noventa y…, y llovía. Perdón, otra reminiscencia, ya vuelvo. Se me desprenden las aspas del pensamiento y vuelan solas. Alguien ha cantado allá lejos que octubre al fin ha llegado con su sonata de otoño y me ha revuelto.

Que nadie deje de hacerlo, de cantarlo mientras pueda. Que nadie olvide el pellejo de cara de luna de su uva tardía; ni el resol en las paredes de adobe de viejas casas sin vida. Ni siquiera el robín amargo del amianto maligno después de una tormenta fría, que llora goteras negras por las almas que me robó en junio, julio y octubre.

Apagan el televisor los vecinos (domésticas sombras blancas). Silencio baldío, espasmo de toses y ladridos, y muelles de camastros viejos. ¿Qué hora han dado las campanas en aquel siglo? Cantan grillos zapateros, fuma la gente en sus balcones, refulge la luna más que las farolas, y da lo mismo si es otoño o el estío.

Hundirse en la cama, laberintos frescos de seda blanca, y soñar que despierto en octubre, solo por un instante, fugaz ilusión, y que los veo.

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