Cartas del verano de 1926 (Tsvietáieva, Pasternak, Rilke)

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Tan pronto recibe la carta de Rilke, Pasternak le contesta: “A Vd. le debo el rasgo fundamental de mi carácter, la estructura de mi existencia espiritual”. Pasternak le equipara a Pushkin o Esquilo

 

1. En 1925 se celebra en Europa occidental con gran fasto el quincuagésimo aniversario de Rainer Maria Rilke, quien moriría a finales del año siguiente. El poeta austro-germánico se ha vuelto casi un símbolo, una personificación romántica del artista-eremita que vive en una torre, alejado de los asuntos mundanos. Así, es percibido de manera absoluta, cual tótem se le identifica con la encarnación viva de la poesía.

 

Entre las misivas de felicitación que recibe Rilke durante ese año hay una carta entrañable de su viejo amigo el pintor y padre de Borís Pasternak, Leonid Ósipovich Pasternak, a quien había conocido en abril de 1899, gracias a un viaje a Rusia que el poeta realizó junto Lou Andreas-Salomé y su marido, el orientalista Friedrich Carl Andreas. Hacía veinte años que L. O. Pasternak y Rilke no tenían contacto. De hecho L. O. Pasternak pensaba que Rilke había muerto y se enteró de la buena nueva gracias a las revistas europeas que celebraban fastuosamente la dicha de que Rilke siguiese vivo, y todavía escribiendo.

 

En su carta, y este será el hecho que dispare toda la correspondencia ulterior y que se detalla en el volumen que nos ocupa, Cartas del verano de 1926 (Minúscula, 2012), L. O. Pasternak le dice a Rainer Maria: “Borís [Pasternak] aprecia su obra de manera franca y seria, es su más ferviente admirador, y también su discípulo”.

 

Rilke vive en Suiza desde 1919, “en el primoroso cantón de Valais (Wallis) […] en un pequeño castillo del siglo XIII […] en absoluta soledad, dedicado al trabajo y a las rosas de mi reducido jardín”. Cuando la soledad, dice Rilke, le amenaza con “superar” sus “fuerzas vitales” se traslada a París o Italia. Sin embargo, la carta de Leonidas Ósipovich le alcanza en el sanatorio de Val-Mont, y desde ahí (el 14 de marzo de 1926) le escribe que ha sabido en uno de sus viajes a París de la obra de su hijo Borís y de “su fama precoz”.

 

2. La gran alegría que le produce a L. O. Pasternak el saber de Rilke se la traslada de inmediato –por carta, el 17 de marzo- a sus dos hijos que viven en Moscú (él vive en Berlín con su mujer y sus hijas). A Borís Pasternak, saber que Rilke ha leído parte de su obra se le aparece como un mensaje del destino. Borís, muy dado a la interpretación de ciertas señales simbólicas y con gran querencia por los destinos misteriosos del azar (el mismo día que recibe la carta había leído el manuscrito de El poema del fin, de Tsvietáieva), estaba atravesando una época de profunda insatisfacción creativa y de honda tristeza. Rilke, entonces, viene a su vida para reavivar su mermada ascesis espiritual y su impulso creativo, y éste lo interpreta como un signo de que en la Europa dividida quedan aun practicantes de las más altas manifestaciones del espíritu, creadores que apuestan por una universalidad cultural europea; en resumidas cuentas: seres afines.

 

En el postfacio a sus memorias El salvoconducto (dedicadas a la memoria de Rilke), escribirá Borís Pasternak en 1931 –al modo de una carta póstuma a Rilke- y recordando esta época: “Por primera vez en mi vida me vino a la mente que usted es un hombre y que yo podría escribirle sobre el papel inmenso, sobrehumano que ha representado en mi existencia”. Esta idea del hombre-Rilke es central en el libro que nos ocupa.

 

El volumen Cartas del verano de 1926 y que está conformado por la correspondencia que mantuvieron los poetas Borís Pasternak, Rainer Maria Rilke y Marina Tsvietáieva durante los meses previos a la muerte de Rilke es un empeño conjunto de Selma Ancira (quien ya tradujo las cartas hace más de treinta años), a la que acompañan Adan Kovacsics (que traduce las cartas en alemán) y Francisco Segovia (con quien Ancira ha traducido a cuatro manos parte de la obra lírica de Rilke). El libro cuenta, además, con la edición de Konstantín Azadovski, Evgueni Pasternak y Elena Pasternak y una introducción preparada por los mismos autores.

 

3. Por no querer exponer el original a que pueda extraviarse, y porque además la carta circulará por las manos de los diferentes miembros de la familia Pasternak que viven en Alemania, Borís no recibirá la tan ansiada carta de Rilke (escrita con una “sencilla caligrafía de escolar”, pero que él no verá, pues le mandarán una copia) sino en los primeros días de abril.

 

De inmediato, tan pronto recibe la carta de Rilke, Pasternak le contesta de manera devota e inspirada, en los siguientes términos: “A Vd. le debo el rasgo fundamental de mi carácter, la estructura de mi existencia espiritual”. Pasternak le equipara a Pushkin o Esquilo. Y le da las gracias por: “su repentina e intensa intervención benéfica en mi destino”. Y es que, tras ocho años “de no conocer esa extenuante felicidad [de la poesía]” vuelve a ser capaz de escribir de nuevo y a sentirse otra vez poeta, gracias a la mirífica intervención rilkeana. Como favor, le pide que le mande dedicado a Marina Tsvietáieva, a París, un ejemplar de las Elegías del Duino, y un deseo [que]: “ella pudiera vivir algo semejante a la alegría que, gracias a usted, se ha adueñado de mí”. Pasternak se despide de la siguiente manera: “lo amo como la poesía quiere y debe ser amada, como la cultura viva celebra, admira y vive sus cumbres”.

 

Entretanto, y con el temor de “morir este año […] sin haber escrito todo lo que quiero”, inunda Borís de cartas exultantes y emocionadas a Marina Tsvietáieva (con quien mantiene correspondencia desde 1922 y con la que se había encontrado por primera vez en 1918, en un encuentro de poetas en casa de Amara Tseliny). En las cartas, y esto será una constante de la correspondencia entre ambos, se expresan con vehemencia sus teorías poéticas entremezclada con las más arrobadas manifestaciones amorosas (pero, también –llegado el caso- de iracundos celos). Las cartas, así son una suerte de vida paralela para ambos (aparte de sus propias familias), en la que hay cierta idealización, y un amor “como se ama únicamente a los nunca vistos […] a los nunca vistos o nunca existidos”. De alguna forma, se diría que toda esa torrencial correspondencia a la que ambos se entregarán con franco empeño, fogosamente, está escrita para aquellos que están por venir; es, visto así, una correspondencia póstuma y, en la que el lector, al trabar contacto con ella  siente esa capacidad de lo clásico por renovar constantemente, de co-nacimiento perpetuo.

 

Por el contrario, la correspondencia que mantendrá Tsvietáieva con Rilke (y he aquí su gran valor) es más propia de la intimidad y del secreto. Y, en ella, se nos permite asistir al milagro de ver al Rilke-hombre, siempre escondido tras el poeta, tras de sus versos y, así, oculta tras su alma impoluta su cuerpo. Aquí no, aquí no hay una correspondencia que sirva a la obra, pensada, meditada y construida como tal, sino un encuentro fortuito entre dos almas afines, quizá facultada –también es verdad- por la disfuncionalidad del cuerpo del hombre-Rilke, asaltado por la gravedad de una enfermedad que devendrá mortal.

 

La correspondencia hará así evidente una idea poética de Tsvietáieva, la siguiente: “no sé de influencias literarias, sé de influencias humanas”. En este sentido, vale la pena destacar la idea que de ambos (de Rilke y de Pasternak) tenía Marina, y es la de ser “hijos de mamá”. Con ello se refiere Marina a personas que no sacan –en absoluto- los rasgos de su padre. En julio de 1926, el propio Pasternak le declarará a Tsvietáieva: “En mí hay un sinnúmero de rasgos femeninos […] conozco demasiado bien muchos de los aspectos de eso que llaman pasividad”.

 

4. A principios de mayo Tsvietáieva recibe la primera de las cartas que le enviará Rilke y donde confiesa sentirse conmocionado por la fuerza y plenitud del afecto de Borís. Rilke se apena de no haberse encontrado con Marina en París, y le pregunta muy coquetamente (y anunciando así ya la presencia del Rilke-hombre) si no se le podría poner remedio en el futuro. Le incluye además de una nota para Pasternak un ejemplar de las Elegías del Duino y otro de los Sonetos a Orfeo, ambos dedicados.

 

Vale la pena destacar que la correspondencia entre Rilke y Tsvietáieva no se demorará más de dos días entre la fecha de envío y la de entrega (es decir, el corresponsal tiene tiempo de leer la carta antes de contestarla), en tanto que la de Marina y Pasternak es más compleja, pues las cartas viajan cinco o seis días de Francia a Moscú, y en el intervalo ellos se siguen escribiendo, sin esperar respuesta. Ello produce una cierta sensación de desconcierto e inconclusión en los temas tratados.

 

El tono de Marina comenzará siendo espiritual, de cierta lejanía precavida y, al tiempo, de máximo respeto. Así le escribe: “usted es un fenómeno de la naturaleza que no puede ser mío”. Y le escribe en tanto Rilke-espíritu, Vd. es quien “devuelve a las palabras su significado inicial, y a las cosas –sus palabras (valores) iniciales”. Aprovecha Marina para contarle algunos pormenores de su vida y le anuncia ya que el próximo año ella y Borís irán a visitarle, “no importa dónde se encuentre”.

 

La actitud de Marina frente a Rilke será la de cierta ambivalencia, pues al tiempo que le solicita autorización: [para] “elevar la mirada hacia ti cada instante de mi vida –como hacia la montaña que me protege”, le dice igualmente –unos párrafos después, en la misma carta-: “voy a escribirte – lo quieras o no”. Su osadía se manifiesta también en el detalle de fechar las cartas con días de retraso, en un intento de vencer al tiempo y al espacio, creando la ilusión de una conversación ininterrumpida.

 

A Rilke esto no le pasa inadvertido y, su primera respuesta es en términos ascéticos, así: “te he acogido, Marina, en mi alma”. Pero, igualmente le confiesa que se siente avasallado por ella, y nota así el contagio sintáctico de su personalidad y es que, le dice: “escribo como tú”. Dice estar en discordia con el Rilke-hombre, inarmónico en esa “singular relación entre uno mismo y uno mismo” (se refiere a la concordia de cuerpo y alma).

 

Tsvietáieva se lo dejará claro: “Amo al poeta, no al hombre”. Para ella el hombre-Rilke es aquel “que vive, que publica, que es amado, que pertenece a tantas personas y que, probablemente, esté cansado ya de tanto amor”. Y aquí se mantiene la ambivalencia de Marina (la de esas ideas antagónicas suyas y que viven en cierto equilibrio inestable en ella), pues le dice que, por el contrario, “el hombre-Rilke es más grande que el poeta”.

 

Rilke, de alguna manera, se confiesa en su siguiente carta, hablándole de la composición de las Elegías del Duino en el castillo de Muzot, donde se produjo “la ascensión celestial de la tierra entera dentro de mí…” y le habla de 1921: “el primer año de mi vida solitaria”, de la recompensa del trabajo poético. Y se refiere, de nuevo, a su inarmonía, que le provoca falta de concentración al decir: “llevo demasiado tiempo sin leer sistemáticamente, leo de forma fragmentaria” (y esto como excusa por los libros que Marina le ha enviado, Poesías para Blok y Psiqué. Romanticismo).

 

A Pasternak, que Marina ha dejado al margen de esta correspondencia, le llegan a través de ella y a mediados de mayo dos hojitas de agradecimiento de parte de Rilke. Dirá en 1956 Pasternak sobre esa nota (que conservó toda la vida y que se la llevaba consigo cuando emprendía un largo viaje): “fue una de las pocas conmociones de mi vida, no podía soñar con nada parecido”. Estas dos hojitas serán lo único que Pasternak reciba manuscrito de puño y letra de Rilke.

 

5. “No sabía que la caligrafía amada, cuando guarda silencio, fuese capaz de desencadenar una música fúnebre semejante”, le reprocha Borís a Marina, recriminándole que le haya mantenido al margen de su relación con Rilke (“tengo una sensación imprecisa, como si me estuvieras alejando un poco de él [de Rilke]”, le escribe). La poeta, que ahora vive en St. Gilles, se defiende, diciendo que anda protegiéndose de la felicidad, que no le escribe las cartas que quisiera. Y sobre Rilke, a quien compara con el mar, pues es hostil y está lleno de sí mismo, le dice: “Rilke está saturado, no tiene necesidad de nada, ni de nadie […] es un eremita […] no le soy necesaria”. Marina hace, además, reaparecer al Rilke-hombre, contándole a Pasternak que éste tiene una hija “ya grande, casada, que vive en algún lugar de Sajonia, y tiene una nieta, Cristina, de dos años”.

 

Ahora se produce un interludio en el que ni Pasternak ni Marina escriben a Rilke (Pasternak, de hecho, no lo hará nunca, pues dirá siempre: “yo vivo de su bendición”), pero sí se escriben entre ellos, hablándose de sus hallazgos poéticos, y en tono confesional: “así vivo contigo, las mañanas y las noches, levantándome en ti, acostándome en ti”, le escribe Tsvietáieva a Borís. Pero también le manifiesta la contrariedad que le supone que Rilke no lea sus versos sino con dificultad y parcialmente. En este punto, aparece de nuevo el Rilke-espíritu, cuando Marina dice: “hay un mundo de ciertos valores sólidos (y bajos, sólidos en su bajeza) sobre el que él, Rilke, no debería saber nada, en ninguna lengua”.

 

Pero Tsvietáieva se siente ofendida por dos razones: porque Rilke le advierte que, aunque quisiera, no tendría fuerzas para responderle, y por el hecho de que Rilke no lea sus poemas. Ambas cosas están provocadas por la enfermedad de Rilke, pero al no hablar este abiertamente de ella, sino de manera indirecta, a Marina no se le ocurre que esta puede ser la razón y así, a comienzos de junio (casi dos semanas después de haber recibido la última carta de Rilke) le escribe con un manifiesto tono de resentimiento y oprobio: “Rainer, se acabó. No quiero ir a verte. No quiero querer”.

 

Rilke le contesta cinco días después, sugiriéndole: “merecemos cierta suavización”. Le incluye una Elegía que ha escrito para ella, “entre los viñedos, sentado sobre un cálido muro […] y reteniendo a las lagartijas con la eufonía del poema”. El poema está escrito con el lenguaje del último Rilke, y es un ejemplo clásico de criptografía, de poesía esotérica: la conversación íntima entre un poeta con otro poeta, comprensible del todo solo para ellos. Podría considerarse un apéndice a las Elegías del Duino. Tsvietáieva siempre creyó que esta Elegía fue lo último que escribió Rilke, pero no es verdad, pues siguió escribiendo versos hasta muy entrado el otoño de 1926. De ella, decía: “es mi secreto con Rilke”. Y tal fue dicho secreto que Pasternak no conocería los versos de este poema sino seis meses antes de morir, en 1959, y por vía del poeta Ivar Ivask, no de Marina.

 

Tsvietáieva, tras recibir la carta de Rilke con la Elegía, le escribe a Rainer Maria una carta de arrepentimiento, que comienza así: “Soy mala. Borís es bueno”. Y añade: “soy mentirosa”. Le confiesa que quiso tenerle para ella sola, alejado de Pasternak y que eso está mal, pero igualmente le urge a que la busque, le suplica: “Rainer, ¡llévame contigo!”. Metafóricamente se compara con un perro y le dice: “el primer perro que acaricies después de leer esta carta seré yo. Fíjate en sus ojos”.

 

6. Entretanto, como imbuido por el tono general, absorbente, obsesivo, asfixiante e irrespirable que se había colando en la relación entre los tres poetas, Pasternak le escribe a Marina: “Bórrame de tu memoria por algún tiempo […] estoy viviendo días caóticos, llenos de preocupaciones y de cotidianidad”. Para luego precisar, matemáticamente: “olvídate de mí por un mes”. Le dice que quiere trabajar en soledad, pues su impulso creador se ha debilitado: “quiero aparecer ante ti maduro y preciso”.

 

A mediados de junio, y a pesar de la súplica de Pasternak, él y Marina continúan su correspondencia y se intercambian sus últimos trabajos; ambos se sienten insatisfechos de los mismos. Pasternak realiza una crítica feroz, despiadada del poema de Tsvietáieva El cazador de ratas. Le dice: “la originalidad poética del tejido es tan grande que probablemente desgarra la fuerza de ilación de la unidad compositiva […] habla con la lengua de la potencialidad, como solo les ocurre a los grandes poetas en su juventud o a los genios autodidactas –en sus inicios”. En suma, le dice que se trata de “poesía sin elaborar”.

 

Coincidiendo con la crítica, recibe Marina más malas noticias, esta vez de Bohemia; en una carta le exigen que vuelva de inmediato allí o acaso le retirarán la beca que le viene dando el gobierno checo. Pasternak, que se ha quedado solo en la ciudad con la intención de aprovechar la soledad y el silencio, le dice que no había experimentado “una tristeza de tal magnitud” desde los tiempos de la escuela. Y se disculpa por los desmanes de su crítica a su poema El cazador de ratas, excusándose con el argumento de que le era necesaria ésta para su mejor comprensión, para entender que se trata de “una marcha fúnebre completa” y que su grandeza se encuentra en su unidad de estilo.

 

Por su parte, Marina, como devolviéndole la fiera sinceridad, le dice sobre su poema El teniente Schmidt que hay muy poco de él en el poema, que es demasiado leal con los hechos y que, en definitiva, “el poema corre al margen de Schmidt”. En otras palabras, que es poco menos que un ejercicio de estilo intelectual, no poesía viva.

 

7. El 31 de julio Rilke le manda a Tsvietáieva su libro en francés Vergers, dedicado. Marina encuentra en él que hay algo nuevo, pues incorpora –en su opinión- una suerte de sonrisa rilkeana (del libro, más tarde le dirá a Pasternak que “[Rilke] se propuso domesticar el idioma más desagradecido que hay para el poeta –el francés”). Para Tsvietáieva, este libro será fundamental, pues se le antoja un modelo insuperable de creación en lengua extranjera (tras su abandono de Rusia, ya en 1922, había realizado Marina sus primeros intentos de escribir ella misma en francés). Y esto, además, permite de nuevo la cristalización del Rilke-hombre, al que Marina ya no insinúa sino que abiertamente solicita: “¿Puedo besarte? No es más que abrazar, y abrazar sin besar es ¡casi imposible!”.

 

Y esta (re)adquirida querencia por lo humano provocará un efecto de signo contrario cuando a Marina le escriba Borís –sin venir a cuento- en una de sus múltiples cartas: “[A zhenia, su esposa] en el fondo, la amo más que a nada en el mundo”. Días después, Borís le escribiría él mismo a su esposa, de viaje por Alemania, contándole lo sucedido con Marina y declarándosele: “no puedo aislarte de las fuerzas que confirman mi destino”. Tsvietáieva se sintió terriblemente ofendida por las palabras de Pasternak sobre el amor a su esposa. Cabe recordar que en 1925 Marina le había escrito a su amiga O. E. Chernova: “No habría podido vivir con B[orís] P[asternak], pero quiero un hijo suyo, para que a través de mí él viva –en él. Si esto no se realiza, no se habrá realizado mi vida, su propósito”. Y se ha de mencionar también que algunos meses atrás Pasternak le había escrito a Tsvietáieva que sólo a ella la consideraba “su esposa legítima”.

 

La enfermedad de Rilke se agrava y decide trasladarse al balneario curativo de Ragaz, en el cantón suizo de Saint-Gall, donde se encuentra con Marie y Alexander von Thurn und Taxis, propietarios del castillo de Duino donde Rilke escribió sus Elegías. Desde allí le escribirá las últimas cartas a Tsvietáieva.

 

En la primera, bien escueta, escrita diecinueve días después de la última de Marina, le informa de que se ha trasladado al balneario de Ragaz: “ahora soy yo mismo la pesadez y el mundo a mi alrededor es como un sueño”; poco más. Marina retoma la idea del Rilke-Hombre, al pedirle: “quiero dormir contigo –conciliar el sueño y dormir”. Pero, fiel a su ambivalencia, le advierte: “conmigo los cuerpos se aburren”. En su siguiente carta, ya de agosto, le dice que Borís ya no le escribe y le pide a Rilke un encuentro para el próximo invierno, ellos dos –a solas, “muy cerca de Suiza, ahí donde nunca hayas estado todavía”. Rilke, rendido ya, le contesta: “Sí, sí y sí, Marina, todos lo síes a lo que quieras”. Le urge a que no demoren su encuentro hasta el invierno, temeroso de su enfermedad, pero sin mencionarla, ni quejarse por ella. Pero Marina no se da cuenta de esta leve insinuación. Y, en cualquier caso, le contesta diciendo que no tiene dinero (que se le acabó el subsidio de Bohemia –novecientas coronas al mes-) y le pregunta a Rilke si él estaría dispuesto a correr con los gastos de ambos.

 

Rilke está mortalmente enfermo, pero Marina no se da cuenta (a pesar de haberle escrito: “Yo te conozco, Rainer, como me conozco a mí misma”), y es que incluso para los seres más cercanos, Rilke mantuvo en secreto la gravedad de su mal.

 

Esto provoca que Rilke deje de escribir.

 

8. En noviembre, una breve nota de Marina, un recordatorio, un rezo mínimo: “Aquí vivo. ¿Todavía me amas?”.

 

Y entonces la única contestación que recibe (y recibirá): el anuncio de la muerte de Rilke, acaecida el 29 de diciembre de 1926.

 

Para Pasternak la muerte de Rilke significó el naufragio de su mundo espiritual. Marina, quizá buscando consuelo, –sobre el posible encuentro de los tres- le escribió a Pasternak: “de todos modos no habría resultado nada”.

 

Y añade, profética: “me habría desgarrado en dos”.

 

En su cuaderno, Marina escribió y pulió una carta dirigida a Rilke, tras su muerte, carta que terminó simbólicamente el día 7 de enero (el siete era el número de la suerte de Rilke).

 

En ella, le decía: “Rainer, te siento constantemente detrás de mi hombro […] mi querido niño-adulto”.

 

9. Durante los últimos dos meses de su vida Rilke había tenido una nueva secretaria, E. A. Chernosvítova, a quien Marina le escribe pidiéndole que se haga cargo de una “empresa heroica y titánica: reconstruya esos dos meses desde el primer instante”. Y le hace un guiño, “recuerde el libro de Eckermann”.

 

La idea de Marina es que gracias a tal recuento de impresiones se pueda contar con un testimonio que nos brindase a un Rilke vivo, igual que habría de suceder con Goethe.

 

Tsvietáieva consigue averiguar pocas cosas por esta vía, pues que Rilke “murió por la mañana […], al parecer sereno, sin palabras, después de haber suspirado tres veces, como sin darse cuenta de que fallecía”. Se entera, además, de que el último libro que leyó fue L´Âme et la danse, de Paul Valéry.

 

10. Marina Tsvietáieva venía desde tiempo atrás escribiendo una suerte de poema sobre ella y Pasternak, poema que concluyó el 6 de junio de 1926 y que tituló Tentativa de habitación.

 

Al terminarlo, y pensando sobre él tras la muerte de Rilke (y entendiendo que la su muerte era una prefiguración del destino que les negaba un encuentro), sin embargo, se dio cuenta de que resultaba ser no un poema sobre Marina y Borís, sino un anuncio fatídico sobre ella y Rilke.

 

En uno de los versos se puede leer: “Hay entre nosotros todo un párrafo. / Aún”.

 

 

[Cartas del verano de 1926 (Marina Tsvietáieva, Borís Pasternak, Rainer María Rilke), Edición e introducción de Konstantín Azadovski, Evgueni Pasternak y Elena Pasternak, Traducción de Selma Ancira (ruso) y Adan Kovacsics (alemán),Traducción de los poemas de Selma Ancira y Francisco Segovia, Editorial Minúscula, Barcelona, 2012, 435 páginas.]

 

 

 

 

 

J. S. de Montfort (Valencia, España, 1977) es graduado en Estudios Ingleses por la Universidad de Barcelona, así como diplomado en Literatura Creativa por la Escuela TAI-Madrid. Forma parte del consejo editorial de la Revista Literaria Hermano Cerdo y es miembro de la AECl (Asociación Española de Críticos Literarios). En FronteraD ha publicado Chaparro Madiedo: el Joyce del trópico. www.jsdemontfort.com

Autor: J. S. de Montfort

José de Montfort (Castellón, 1977) es graduado en Estudios Ingleses por la Universidad de Barcelona, así como diplomado en Literatura Creativa por la Escuela TAI-Madrid. Es miembro de la AECL (Asociación Española de Críticos Literarios) y autor del libro de relatos Fin de fiestas (Suburbano, 2014). Escribe sobre arte, cultura y tendencias en The Objective, Canibaal, Mondo Sonoro y Ruta 66, entre otras.