Carving Carver

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«Carv» significa en inglés «trinchar». Carver, trinchador. Por eso este post podría llamarse también «el trinchador trinchado». Ya que el problema no es que Carver, el trinchador, trinchara a nadie, sino que fue él el trinchado. ¿Por quién? Por su editor Gordon Lish.

 

Gordon Lish.

 

Cuando llegué a Nueva York en 1989, comencé a vivir con dos roommates, un chico catalán y una chica vasca. El chico catalán era (aprendiz de) fotógrafo, y se ganaba la vida limpiando casas. Por esos días comenzó a limpiar la casa, nos contó, de un escritor. El escritor era Gordon Lish.

 

Más tarde, conocí a una escritora y traductora del japonés que había sido la introductora de Banana Yoshimoto en Estados Unidos. Había traducido Kitchen y escribía cuentos ambientados en el corazón del corazón del país, ya que ella era del mismo sitio que William Gass. Me contó que su gran mentor literario, su profesor de escritura creativa y gran inspirador era… ¿lo adivinan? Gordon Lish.

 

En Estados Unidos, Gordon Lish es una especie de leyenda entre los escritores. Don DeLillo le dedica una de sus novelas. Él fue el encargado de revisar y editar en el sentido americano ese libro que acabaría por llamarse De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver. Pero el trabajo que hizo Lish con Carver fue una verdadera masacre. Redujo el original en un cincuenta por ciento. Cortó, cambió nombres de personajes y títulos de cuentos. Uno de los cuentos , «¿Dónde está todo el mundo?» lo redujo, por ejemplo, en un 78 %.

 

El resultado fue lo que nos hemos acostumbrado a considerar el típico estilo Carver. Tengo que decir que a mí ese estilo nunca me ha gustado porque siempre me ha parecido ligero, artificial, poco profundo, efectista y frío, mortalmente frío. Sin embargo, todas estas eran, en teoría, las grandes virtudes del arte de Carver.

 

No me gustaba Carver porque su expresión era tan concentrada que en ocasiones los cuentos tenían saltos impredecibles y difíciles de justificar. No me gustaba el ambiente sórdido y emocionalmente vacío. Ese ingenio de pequeñas frasecitas impactantes situadas en lugares estratégicos. Esa táctica, que al resto del mundo le resultaba al parecer tan interesante, de reducir una vida a un objeto extraño (una estatuilla situada sobre el televisor, una máquina de café). Esas conversaciones tan cortadas y recortadas que uno no acaba de entender a qué se refieren.

 

Nunca he entendido POR QUÉ SE ESCRIBEN CONVERSACIONES EN LAS QUE EL LECTOR NO SABE QUIEN HABLA NI DE QUÉ HABLAN LOS PERSONAJES. Ah, tenía que decirlo así, en voz alta.

 

Pero el gran descubrimiento que hacemos ahora, nada menos que en 2010, es que todos estos rasgos del estilo Carver que tan calientes ponían a todo el mundo no eran, en realidad, de Carver, sino de su editor o podador Gordon Lish. Podemos comprobarlo leyendo ahora Principiantes, un marvilloso volumen donde se recogen las versiones originales de los cuentos de De qué hablamos cuando hablamos de amor. Allí encontraremos es lo que escribió realmente Carver. Es decir, a Carver sin adulterar.

 

Créanme que merece la pena. Porque el verdadero Carver es un maestro del relato, y es un autor infinitamente más rico, profundo, lírico y emocionante que esa extraña y tensa caricatura creada por Lish. Como dice un crítico, leyendo Principiantes descubrimos que «Carver no es carveriano».

 

Uno de los escándalos literarios del siglo XX. Y un libro maravilloso. No se lo pierdan.

 

Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.

7 COMENTARIOS

  1. Pues si que va a ser un

    Pues si que va a ser un escándalo este libro, desde luego. Si la distancia es tan evidente entre el original y el editado va a haber que empezar a realizar estudios críticos teniendo en cuenta la labor de creación como un fenómeno complejo en el que cobren más relieve los intereses comerciales o las inquietudes literarias del editor. Una especie de trabajo a cuatro manos en las que el escritor cede porque de alguna forma tiene que ganarse la vida.

    En cuanto a Carver, no coincido contigo en tu desprecio, sea trinchado o no, me parece que tiene relatos muy interesantes y algunos incluso geniales. En cualquier caso me parece bien que muevas el árbol porque creo que es un autor sobrevaloradísimo. He estado en algunos talleres literarios en que todo lo que no tuviera que ver con el realismo sucio, era tachado de simplista, de resultar una obviedad o de, aún peor, ser intrascendente por no estar ambientado en pesadilla burguesa en clave metafórica. Lo peor de los seguidores de Carver es que son fanáticos y no conciben la literatura de otro modo. Y eso ha desembocado en un empobrecimiento total en buena parte de los jovenes narradores que imitan su estilo descaradamente y pese a ello se llevan buenos premios literarios. Con Carver ha pasado un poco como con la poesía de la experiencia, o estás con él o estás en su contra, y también que cuanto más se le imita peor resulta.

    Puestos a idealizar, me parece mejor narrador John Cheever, al que tanto debe Carver de alguna manera. Es cierto que no existen en sus obras elipsis tan hiperbólicas, ni se compara una relación con un frigorífico averiado de una forma sospechosamente evidente, pero lo esencial de la temática carveriana ya estaba presente en su obra. Además maneja muchísimo mejor algo que en mi opinión es dificilísimo: la tensión narrativa.

    En cualquier caso habrá que leer a este Carver, al auténtico, antes de seguir hablando…

    • Muy interesante la mención de

      Muy interesante la mención de Cheever, que como sabrás era el gran compañero de borracheras de Carver.

      Me gustan mucho los relatos de Cheever, y también me parecen mucho mejores que los de Carver. Mucho más variados, más complejos, más arriesgados, más imaginativos. Pero en fin, no es un concurso.

  2. El cazador cazado
    Realmente

    El cazador cazado

    Realmente no sé para que escribimos comentarios, supongo que la letra en la pantalla es una especie de fetiche o nos produce alucinaciones como a Ronaldo I la Play Station. Partiendo de la base de que los blogs son propiedad de su autor que, como dice un conocido mío «hace en ellos lo que quiere» (yo no estoy tan seguro, empero) desearía que leyera éste. No pretendo que encuentre tiempo para contestar, si desea hacerlo en privado creo que en la revista tienen mi e-mail.

    Necesita usted un agente o agenta literario/a para que le enseñe a titular, Carving Carver es horrible, con cosas como el título de este blog o El perfume del cardamomo no se vende una rosca, aparte de los cuatro chalados de turno no le va a leer nadie. Como sabe mejor que yo por su estancia en The Big Apple (si usted no traduce roommate yo tampoco traduzco) To carve es sobre todo tallar, por ejemplo bonitas cabezas de pájaro en puños de bastón flexible para caminar nonchalantly con él apoyado en el hombro e inclinado el canotier canturrear a lo Chevalier a la salida de una proyección de Un sombrero de paja de Italia (ve, los tres últimos renglones son lo que un editor sensato le tacharía incontinente/i).

    Su amiga Banana se va a enfadar al ver que escribe usted Banaba (cierto que n y b están cerca en el teclado pero un editor competente corregiría el error), esa cacofonía de «traductora e introductora» también amerita el lápiz colorado.

    Puestos a meter frasecitas esa del «Carver no carveriano» es bastante mala, si es de otro crítico ¿por qué no cita? La mayor poda editorial fue probablemente la de un volumen cuasi entero de La cartuja de Parma, por motivos económicos claro, que no parece haber impedido la aceptación de la obra. Quejarse de que un escritor que no le gusta sea reducido en su extensión me recuerda a la anciana que decía de un restaurante barato ¡qué comida tan mala y qué raciones tan pequeñas ponen! lo breve si corto dos breves breve.

    En fin, el tema fue tratado en mayo por periódicos, suplementos y blogs (p.e. Blog de Libros de Mariana del Rosal, precioso nombre), esto suena a recuelo de una colaboración que no le aceptaron entonces en algún medio de pago.

    Ahora tendría que editar este comentario y dejarlo en una tercera parte pero hace calor. Saludos cordiales y no desespere, el comentarista anterior y yo aprendemos mucho de usted.

    • Carve es tallar, sí, y

      Carve es tallar, sí, y también trinchar un pollo, un rosbif o, como en este caso, una prosa.

      Pero querido Dr. J., ¿qué clase de amenaza es esa de que no me va a leer nadie cuando me lee ud.? Y con constancia admirable.

      • …aparte de los cuatro

        …aparte de los cuatro chalados de turno… que ya estamos aquí. Pura curiosidad ¿por qué la primera palabra es Carv? aparte de no significar nada es feo, ¿no será solamente para provocarme? Admirable es la constancia con la que usted escribe. Como diría la señora Micawber :¡nunca te abandonaré, no me pidan que le abandone!

  3. A mí sí me gustaba el Carver

    A mí sí me gustaba el Carver cuentista conocido hasta ahora. Especialmente el cuento Tres rosas amarillas, que en absoluto me parece seco. El caso es que esa concisión a mí no era lo que me gustaba de Carver, ni tampoco me parecía lo más destacable. Tampoco creo que tenga la importancia que Andrés menciona, dicho sea con todo el respeto.

    Cada escritor (había escrito involuntariamente ‘escrotor’) construye su estilo como puede y quiere (una mezcla de ambas cosas), y para mí el lenguaje no conformaba el estilo de Carver. Quizá su editor quiso construirle un estilo en los términos que Andrés señala, pero no es eso lo que a mí me quedaba en la memoria a la hora de pensar en el estilo de Carver.

    A mi juicio acertaba a reflejar un cierto mundo cotidiano y tirando a feo de manera muy certera. Recuerdo haber sentido cierto alivio al comprobar que mi vida dejaba de parecerse a lo que Carver retrataba.

    El Carver poeta, sin embargo, siempre me pareció poco interesante. No sé qué consideración les merecerá a otros, pero a mí me dejaba perplejo. Durante el tiempo que le dediqué no conseguí percibir valor en su poesía.

    En cualquier caso, muchas gracias por señalar esta aparición. Sin duda no lo hubiera leído porque consideraba que ya conocía suficientemente a Carver.

    Otro bloguero menciona a Cheever. Yo creo que Cheever tiene mucha mayor poesía e imaginación dentro, y no es infrecuente que aparezcan en sus relatos elementos irreales o insólitos, cosa que en Carver no se presenta. Recuerdo un cuento en que, de pronto, el televisor empieza a servir de altavoz de lo que se habla en otras viviendas de un inmueble, o el hermosísimo relato de la persona que, al acabar una fiesta, decide volver a casa atravesando a nado las piscinas que encuentra.

    • Querido Álvaro:
      De acuerdo

      Querido Álvaro:

      De acuerdo con tu valoración de Cheever, y con el cuento de las piscinas («The Swimmer») que tiene una versión cinematográfica memorable.

      Pero no puedo estar de acuerdo con lo que dices de Carver: que el lenguaje no conforma su estilo. Eso me parece un oxímoron (el Dr. J. me dirá que no es un oxímoron sino una tautología, o quién sabe qué). Porque un estilo es siempre el lenguaje, y un escritor es siempre su lenguaje. Cuidado o descuidado, y el de Carver, aunque no sea florido, está muy, muy cuidado.

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