Celine

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En el metro de Moscú convergen pasajeros indiferentes y extraños. Sus sentimientos viajan rígidos e inmóviles en los vagones del subterráneo              

Imagen del metro de Moscú. En el andén, una mujer de espaldas esperando mientras pasa un tren

Corbis     

Descender las escaleras del metropolitano era como dar inicio a uno de los muchos viajes al fin de la noche de Celine. Los últimos noctámbulos regresaban a sus hogares. El sonido de las puertas del metro al abrirse y cerrarse me recordaba al de una guillotina. Ante mis cansados ojos surgió un enorme charco de sangre que cubría toda la entrada. De puntillas sobre la sangre tomé asiento en el hundido sillón compartido por varios seres indiferentes. Como en una sinfonía perfectamente acoplada, los rusos sabían, de acuerdo con los movimientos del tren, cuando debían levantar los pies para que no los manchara la sangre y cuando podían bajarlos de nuevo a tierra.

           El metro se encaminaba hacia el sur, desbocado como un caballo mongol en la estepa. El aire entraba por las ventanas con una gran energía, los chirridos de los raíles al rozar contra las ruedas hacían saltar las chispas. Enfrente de mí, una mujer joven permanecía absorta en la lectura de una novela detectivesca. Sin necesidad de echarle un vistazo al suelo subía sus finos tacones esquivando la sangre. Nadie hablaba, nadie intercambiaba miradas significativas, nadie mostraba un gesto de desaprobación o la más mínima consternación. El vagón se ladeaba cada vez con mayor fuerza y la sangre se extendía hacia todas partes dejando un rastro rojizo que se teñía de más o menos intensidad según las sacudidas del tren.

           Cualquier muro de contención contra el oleaje de sentimientos estaba destinado a sucumbir. Tras la fachada rígida e inmóvil, la sangre salía vencedora con todo su ser y toda su voluptuosidad. ¿Cómo no ponerlo todo en juego?, ¿cómo no adentrarse descubierto en medio de la tempestad? En Moscú era imposible quemarse como una bujía en la que sólo se consumía la cabeza dejando ileso el corazón. No, ya no confiaba en mi traicionera cabeza, a menudo demasiado fatigada y exhausta como para admitir que todas sus ansias de comodidad y bienestar eran una declinación de la vitalidad, un reconocimiento de derrota. Mientras estuviese allí sabía que debajo de la piel había una llama insaciable que no buscaba ninguna certeza ni aspiraba a la tranquilidad. Solo quería arder. Deslizarme sin rumbo como la sangre, pero siempre arrastrándolo todo.

           Rusia, el continente frío. ¡Qué enorme paradoja!

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Autor: María Iverski