César Vallejo en Nueva York

0
248

 

No sé imaginar el mundo de otro modo que no sea con los ojos de César Vallejo.

 

 

Heraldos, telúrica, magnética, triste, dulce, masa, dolor, celda, hermano ausente, combatiente, España, monstruos, París, hueso húmero, aguacero, humanos, desgraciadamente, muchísimo, sanseacabó…

 

Estas palabras, escuchadas una y otra vez a lo largo de mi vida, me remiten a César Vallejo. Tiene que existir en mí uno que otro gen chauvinista que se cuela en mi buen juicio, porque algunos de sus versos, sólo sus versos, me explican el mundo por completo.

 

El caso de la Guerra Civil española es patético. He visto varias películas, he leído una buena cantidad de crónicas, cuentos y novelas que me la contaron, ya sea desde los ojos del Robert Jordan de Hemingway o del Sánchez Masas de Cercas. Pero nadie me ha cantado aquellas batallas, con la claridad que escribe Vallejo en España, aparta de mí este cáliz.

 

Dicen, que su poesía es dolorosa y depresiva. Lo es, pero también –sin ánimo de citar a Cantinflas– es todo lo contrario. El poeta de la condición humana –como lo llama Vargas Llosa e Illan Stevens en el prólogo a su Spain, Take This Chalice From Me and Other Poems para la editorial Penguin– no se queda en la anécdota, el paisaje que le duele, o el pronóstico de su muerte; sino que combina los sonidos y los significantes de sus palabras, y a través de ellos, de modo casi mágico, presenta un retrato completo del hombre común enfrentándose a la vida, tanto a sus posibilidades como a sus negaciones. Hay dolor en Vallejo pero también hay algarabía, deseo, rabia, duda y permanente búsqueda de sentido.

 

Uno de mis amigos en Nueva York, un joven playboy que estudiaba inglés y que regresó a Lima para dedicarse a la improvisación, alguna vez empezó  a bombardear mi correo electrónico con poemas inspirados en sus lecturas de César Vallejo. Era terrible escucharlo sufrir en el papel: Me dolía, me dolía y me seguía doliendo. Sin embargo, sus tropiezos poéticos me hacían pensar en aquellas tardes en Lima, de adolescente, cuando yo mismo  rebuscaba entre las páginas de mi colección de sus poemas para encontrar, al azar, un buen título para mis cuentos.

 

¿Por qué Vallejo? Sospechaba que sólo por ser peruano y que sólo los peruanos nos podíamos comunicar con él. Sin embargo, una y otra vez acá en Newyópolis, me he tropezado con gente de otros mundos entusiasmada por sus poemas. Uno de ellos fue Clayton Eshleman, el poeta de Indiana que tradujo y publicó la obra completa al inglés, y que declamaba con pasión, allá en el 2007 Completely, Furthermore, Life! reclamando que todo poeta serio que se aventurase en el camino, tenía que llegar a la fuente de Vallejo, al Oh, escándalo de miel de los crepúsculos. Oh estruendo mudo ¡Odumodneurtse!

 

En esta ciudad, el poeta de Santiago de Chuco aparece con frencuencia en conferencias a las que asisto, casi siempre con buen gusto y pertinencia. Hace sólo unas semanas, por ejemplo,  al llegar con tardanza a un auditorio repleto que dirigía el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya, mientras éste hablaba,  una imagen era proyectada a sus espaldas, con un poderoso verso de Trilce que lo resumía todo.  Hace años,  recorriendo por primera vez los pasillos de Lehman College, un poeta chileno de inmensa amistad con Nicanor Parra, me decía que Neruda era bueno pero que Vallejo era otra cosa.

 

Sin patriotismo barato, que a veces abusa de los huesos húmeros y de la tumba con aguacero en Montparnasse,  algunos peruanos han contribuído a incrementar la importancia de su obra total. Sólo se me ocurre mencionar a Juan Acevedo, cuya bellísima historieta de Paco Yunque, a tinta china y en letra corrida, acelera la vida del famoso cuento; y al escritor Diego Trelles Paz, quien me hacía notar este último verano, que la frase a la que llegan los personajes que consumieron los cinco años de su vida en los Estados Unidos escribiendo Bioy, es un homenaje al Vallejo cronista.

 

Se le ha dicho poeta universal. Tal vez porque ese hay, hermanos, muchísimo que hacer puede retumbar correctamente en los muros de cualquier ideología. De cierto modo a todos nos inquieta cuando vemos al pan, crucificado y al nabo ensangrentado, algunas veces quisiéramos aconsejar ¿La muerte? ¡Opónle todo tu vestido! o quejarnos diciendo Fósforo y fósforo en la oscuridad, lágrima y lágrima en la polvareda.

 

Alguna vez, en una de aquellas tardes de mi pubertad en las que pretendía ser poeta, releyendo en mi habitación, descalzo, a voz en cuello, las páginas amarillentas de Poemas Humanos, imaginé una historia en que la foto de su tumba estaba empapelada contra el techo de mi habitación. Por alguna razón, la fuerza de su dolor, las imágenes provocadas por su ¡Cuánto catorce ha habido en la existencia! me hablaban con absoluta claridad. Varias catorces después, hoy en Nueva York, aún lo siguen haciendo.