La mañana del 24 de octubre de 2006 sonaba el teléfono en mi despacho de El Faro de Melilla, periódico del que era subdirectora. Al otro lado, la voz angustiada de una mujer:
—Soy una vecina de Cabrerizas, nos están invadiendo, hay miles de musulmanes, llegan en autobuses, vienen de Marruecos, lo estoy viendo desde la ventana, miles…
Cabrerizas Altas es una barriada melillense construida en torno a un antiguo fuerte defensivo de la frontera con Marruecos, linda con la actual valla y, en efecto, aquel día de hace ahora 20 años, la mujer vio exactamente eso, a miles de musulmanes, unos 5.000, concentrándose. Nunca antes se había visto algo así en Melilla, ni estaba anunciado públicamente, lo que, junto a la amenaza de la “invasión”, siempre presente en el imaginario y en la historia melillenses, provocó la errónea conclusión y el consiguiente pavor de aquella vecina.
Según supimos luego, la multitud se había reunido para rezar. La Musal-la, o rezo colectivo para celebrar el final del Ramadán se hizo habitual a partir de esos años también en Ceuta.
“Ceuta no dudó en jurar fidelidad al nuevo rey de Portugal, Felipe I (Felipe II de España), a la vista de la amenaza que se cernía sobre ella, crecidos como estaban los ‘moros’ por su aplastante victoria sobre los portugueses, y de la garantía que para su supervivencia suponía la potencia militar española». Pese a ello, la ciudad ‘militarizada’, la ciudad ‘sitiada’, la fortaleza encerrada detrás de sus murallas, no se libró de un constante hostigamiento, situación que agravaba el siempre insuficiente abastecimiento de hombres, armas, municiones y alimentos”.
Esta descripción tan actual de Ceuta, de Máximo Cajal, corresponde al siglo XVI.
En ambas ciudades destacan, antes de las vallas modernas, conjuntos amurallados antiguos, la Ciudadela en Melilla y las Murallas Reales y la fortaleza del Monte Hacho en Ceuta.
El desierto de los tártaros. Ese fue el libro que me recomendó un gran amigo ceutí cuando me trasladé a la otra ciudad autónoma. Los apenas ocho meses que permanecí allí como periodista, el tiempo justo para situarme en la ciudad más singular que he conocido, más aún que Ceuta, fueron una fidedigna representación de la novela de Dino Buzzati. La historia se desarrolla en una fortaleza construida en territorio fronterizo, el “enemigo” son los tártaros, a los que en realidad no se ha visto nunca o solo se ha vislumbrado como un espejismo a lo lejos, en las montañas o la yerma llanura que rodea el bastión. Sin embargo, la guarnición espera eternamente el ataque, la “invasión”.
Al preguntar a mi amigo ceutí por la situación actual, por cómo la está viviendo, su respuesta fue: “Ceuta siempre ha estado y estará asediada, militarmente, económicamente, por gamberros, por políticos, y nosotros siempre nos quedaremos por amor…, y por emocionados recuerdos”.
Después, se acordó de otra novela que también viene al caso, por desarrollarse en un punto fronterizo entre el mundo cristiano y el musulmán, El puente sobre el Drina, del escritor serbocroata de ascendencia bosnia Ivo Andric. Su escenario es la ciudad de Visegrad, hoy en Bosnia-Herzegovina. De este libro y su puente no habíamos hablado antes mi amigo de Ceuta y yo, pero a su lúcido modo de ver, es también “una metáfora de los caballas construyéndolo”. Puentes y fronteras parecen contrarios, pero a veces pueden ser lo mismo.
“Caballas” es la forma popular y cariñosa de denominar a los ceutíes, solo con el uso de esa palabra, mi amigo me trajo todos esos “emocionados recuerdos”. Lo emotivo debería considerarse por encima de todo, los derechos humanos surgen de una potente emoción: la empatía, la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Y ese “lugar” son los lazos que nos unen a un territorio y sus habitantes, por razones históricas o colectivas, familiares, de amistad, por nacimiento, o por el tiempo más o menos largo en el que, como en mi caso, vivimos en él. Hay que tener en cuenta eso también para comprender a quienes se desarraigan, a los que definimos hoy con el comprensible pero absolutamente reduccionista término de “inmigrantes”.
En Ceuta, ciudad muy pequeña y separada, por 14 kilómetros de agua, de la gran masa del territorio nacional, de la península, el sentimiento de arraigo y pertenencia al país es por ello especialmente marcado. También lo es la sensación, justificada, de abandono y desconocimiento por parte del resto de españoles. Ceuta es una ciudad tan pequeña que hay calles que empiezan y acaban en el mar: en un extremo, las aguas del Estrecho, en el otro, el Mediterráneo. De forma intuitiva, para aprehenderla, la recorrí a pie el día que la pisé por primera vez. “Ceuta, pequeña, dulce y marinera”, dicen unos versos que siempre le gustaba, e imagino que aún le gusta, citar al presidente Juan Jesús Vivas.
Cuando hablo de Ceuta con personas que no la conocen, siempre la mayoría, les describo la frontera, claro, porque es difícil imaginarla si no la has visto, como una gran cicatriz, una serpiente de alambre que se desliza sinuosa por colinas y suaves valles. Pero también suelo contar que la ciudad está ya en la mitología, en el mito de Hércules separando los continentes, apoyado en las dos columnas, Calpe y Abyla, el peñón de Gibraltar y el monte Hacho. En esos pocos kilómetros cuadrados hay también un yacimiento prehistórico, la Cueva y Abrigo de Benzú, en el que los investigadores se afanan por encontrar la prueba del paso de los primeros humanos desde África al continente europeo. Ceuta ha sido fenicia, romana, protocristiana, meriní, portuguesa…, y de todas esas épocas quedan vestigios arqueológicos o arquitecturas. Debería ser visita obligada, si lo fuera, no sería fácil pasto del prejuicio, la incomprensión y las malas decisiones y juicios políticos y sociales.
Hay lugares en el mundo en los que, si pasas una semana, lo entiendes todo, pero si te quedas un mes, ya no entiendes nada. Esa reflexión es de un periodista amigo y se refiere a otro de estos puntos de intercambio y fricción del mundo, Jerusalén.
Mientras escribía esto, conversé con una colega que ha estado en Ceuta una semana, tras la avalancha. Su trabajo se centró en hablar con los inmigrantes acampados en las playas y comprobar la precaria situación en la que se encuentran. Respecto a la actitud de los ceutíes, dedujo en esos días que hay “racismo”. El uso de ese término me chirrió de inmediato. No puede haber racismo frente a personas que, en el caso de los marroquíes que pasaron la frontera entre los días 30 y 31 de julio, tienen el mismo origen, el mismo idioma y la misma religión que la mitad de la población ceutí. Tampoco en el caso de los africanos procedentes de otros países vi jamás, en diez años, un conflicto racista, ni observé atisbo de él durante la avalancha de 2021.
Lo que sí hay en Ceuta es un malestar perpetuo y justificado por la indiferencia y el abandono del resto del país, que solo se acuerda de la ciudad en momentos de crisis extrema y, aun así, tampoco responde solidariamente. Más de un mes después de la entrada masiva, todo el mundo, políticos y periodistas a la cabeza, anda dando lecciones de dónde deberían “concentrarse”, para filiarlos, a los miles de inmigrantes que quedan deambulando por la ciudad: en los cuarteles en desuso o en carpas habilitadas en el puerto, sugerían. Ante esta última “solución” lo primero que pensé fue, menuda idea, justo en el puerto…, de donde la Guardia Civil trata a diario de sacar a los inmigrantes que se cuelan en toda clase de vehículos para embarcan en los ferris con destino a Algeciras. Pensé en el arduo trabajo que ya tienen allí, de ordinario, los guardias y la policía portuaria, no solo para evitar que crucen el Estrecho, sino también para salvarles la vida, porque algunos mueren en ese arriesgado intento. También me vinieron a la cabeza las imágenes de los menores viviendo en las escolleras, los grandes bloques de piedra que protegen el espigón, a la espera de la misma oportunidad, salir de Ceuta asidos a los bajos de un camión o escondidos en cualquier hueco imaginable. En este tiempo, lo que nadie, ni los indignados miembros del partido gobernante en Ceuta, el PP, ni los presidentes autonómicos socialistas, han hecho, es lo que habría que hacer, acoger entre todos a estas personas para llevar a cabo de forma ordenada los trámites que requiere el respeto a la ley y a los derechos humanos, incluidos las leyes y los derechos que amparan a los habitantes de Ceuta. Ni a los niños han sido capaces de acoger. Eso sí, todos se rasgan las vestiduras por Ceuta y los ceutíes y por el drama de los migrantes. Y de Europa puede decirse lo mismo. La frontera sur es europea, y como tal habría de considerarse y gestionarse, de forma solidaria y en común.
Lejos de ello, en el extremo opuesto, de hecho, están los intentos de la ultraderecha, esta sí, racista, de capitalizar el malestar, exacerbar los ánimos y provocar la reacción de la que se nutre, lo que acabó provocando el ataque a las improvisadas tiendas de campaña de los inmigrantes y el disparo a un niño de ocho años con una escopeta de perdigones. Pero también vimos la reveladora imagen de alguno de sus líderes corriendo calle abajo para escapar de ciudadanos ceutíes que le increpaban, advirtiéndole de que allí, lecciones de “españolidad”, y patriotismo, pocas. Porque, claro, cuando a alguien le cuestionan continuamente un rasgo de identidad o de pertenencia obvio, puede acabar exacerbándolo como medida defensiva.
Los ceutíes iban a celebrar, del 1 al 5 de agosto, la fiesta de la patrona, la Virgen de África, una feria como las de la vecina Andalucía, con una portada llena de luces, con casetas, atracciones de feria, flamencos, flamencas y, en su caso, chilabas. Muchos estaban también disfrutando de sus playas, de las cristalinas aguas de El Chorrillo o La Ribera, urbanas y mediterráneas, o de las más frescas de El Sarchal o Benzú. En Ceuta hay playas para elegir, aguas bravas y frías, de canto rodado, desde las que divisar la costa peninsular, o más reposadas y cálidas, de arena blanca y con vistas a la muy próxima y nítida costa marroquí. También se puede disfrutar, en pleno centro, de un lugar idílico, 56.000 metros cuadrados de espectaculares lagos azules de agua salada, cascadas y palmeras, el Parque Marítimo del Mediterráneo, diseñado –como el de Lanzarote– por el artista César Manrique.
Aunque en el centro confluyen todos los ceutíes, la periferia es, como siempre, arena de otro costal, y el más famoso costal de Ceuta es, por razón de una serie de televisión y de interés mediático, El Príncipe, que, en realidad, son dos, Príncipe Felipe y Príncipe Alfonso. Pegados a la frontera y de mayoría musulmana, son los barrios que sufren mayores índices de paro, infravivienda y delincuencia, relacionada sobre todo con el narcotráfico. Uno de mis primeros reportajes allí lo titulé ‘El cartero de El Príncipe’. Con el cartero, Paco, recorrí sus intrincadas calles, como las de una medina, pero desordenada, porque las medinas tienen un orden y esta es fruto de la improvisación y autoconstrucción mezcladas con la tradición del urbanismo islámico. Los padres de Paco eran entonces los únicos cristianos –salvo los hermanos de la iglesia de la Cruz Blanca– que vivían en El príncipe. Ese templo, es, por cierto, la casa del Cristo de Medinaceli, que en su procesión de Semana Santa genera una de las más elocuentes estampas de Ceuta, la del Jesús Cautivo y Rescatado con su túnica morada llevado en andas frente al esbelto alminar de la mezquita de Sidi Embarek. Pocas veces, a diferencia de lo que ocurría, por ejemplo, en Irlanda del Norte, ha habido un más o un menos entre comunidades de diferente credo en ese recorrido de Lunes Santo. Chanzas aparte sobre nasranis (cristianos) que pasean “muñequitos” y candaos o chapus del otro lado, no hubo, en la década que viví allí, ningún enfrentamiento grave o reseñable entre ambos. Lo que sí es normal es poder asistir en sus calles a la Janucá o fiesta de las luces judía o su correspondiente hindú, el Diwali. Y es que en Ceuta conviven no dos, sino cuatro confesiones. Otra escena digna de ver es la “presentación” del dios Ganesha a la Virgen de África en el santuario de esta durante la colorida procesión que culmina con el ritual de sumergir la talla en las aguas de la bahía norte. Al paso por el Puente del Cristo también presenta la deidad con cabeza de elefante sus respetos al Jesús crucificado que da nombre al que antaño fuera puente levadizo.
La modernidad ha traído, obviamente, nuevos elementos al tablero de juego de esta frontera entre dos mundos. Ya no viene de Marruecos solo la “invasión”, el “primo de Zumosol” del rey Mohamed VI y su corte son ahora el sátrapa estadounidense y sus acólitos, el genocida gobierno de Israel, el sionismo, es la ultraderecha del mundo que usa, desde dentro, desde el corazón de las democracias, todas las armas posibles para extender su dominio. Esto incluye enviar a la muerte o asesinar a cientos, miles o cientos de miles de personas sin que les tiemble el pulso.
Es lo que ha ocurrido en el espigón fronterizo del Tarajal y ocurre cada día en otros lugares del mundo cercados por muros o vallas, reales o figurados, de construcción humana o naturales, como el Sáhara o el Mediterráneo, convertidos en cementerios, sin tumba, ni nombre, de un número incalculable de seres humanos. Los cadáveres de algunos llegan un día sí y otro también a las playas ceutíes, pero esos días no hay allí políticos ni tertulianos, ni más periodistas que los locales para dar testimonio de la tragedia y alertar al resto del mundo de lo que sucede.
Las fronteras, ciudades como Ceuta, pueden servir a las fuerzas oscuras, a los enemigos de la libertad y la democracia, para exacerbar el miedo al otro, a la “invasión”, para generar ruido y aturdimiento en las conciencias, o pueden ser la escuela en la que aprender lecciones de convivencia, lecciones de vida, de un futuro de verdad “global” para la humanidad, que será así o no será.




