‘Charlie Hebdo’. Bandera negra a media asta

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Nunca acabé de comprender a estos creadores, para qué mentir en esta hora aciaga, en la que, como siempre sucede, muchos de los que les criticaron alzan el cartel de Yo soy Charlie. Pero quisiera recordarlos con aquellos versos de Léo Ferré en su canción Los anarquistas: “Tienen una bandera negra a media asta sobre la Esperanza y la melancolía para ir viviendo”. Y nadie podrá arrebatarles la manera de ser consecuentes con su pensamiento hasta el último aliento

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Yo no estuve en las barricadas del Barrio Latino de París durante el mayo del 68, donde luego he escuchado a tantos compatriotas mencionar su presencia, a menudo los mismos que, aún hoy, me aseguran que militaban en el antifranquismo, pese a la falta de evidencias al respecto. Lo que conocí de aquellas jornadas fue a través de algunos medios, donde se reproducían carteles de aquel Atelier Populaire, que, contradictoriamente, como señalara Hans Magnus Enzensberger, recurrían a la serigrafía como medio de reproducción por el hecho de ser más artística, aunque eso limitase el alcance de sus imágenes.

 

Yo tenía quince años y estudiaba en un modélico instituto público de Madrid, que acogía en su seno a unos cuantos profesores represaliados por su ideología, y, para saciar mi sed de información libre, me alimentaba todo lo que podía de la cultura francesa (fuimos una generación más afrancesada que americanizada) y buscaba en las mañanas dominicales de El Rastro y en algunas librerías y escasos kioscos (como el la plaza de Cibeles) publicaciones que vinieran del otro lado de nuestra frontera norte, ya fueran libros, tebeos o discos, con la misma ansiedad con la que perseguía en las carteleras sus películas. Francia era, a qué negarlo, nuestro paradigma de la libertad.

 

Y al tiempo, y se pueden imaginar con qué dificultades de comprensión, un compañero de aula, sobrino de un famoso ideólogo comunista, nos descubría el marxismo como la filosofía de la emancipación proletaria, clase a la que pertenecía mi familia, y en cuya difusión resultaban tan decisivos los intelectuales franceses. Un marxismo, no tengo ni que explicarlo, reducido a tres o cuatro lugares comunes, y aún así un tanto hermético, cuya terminología simplificadora descubro hoy, a estas alturas de la Historia, que regresa a España de la mano del creciente populismo de izquierdas.

 

Preso de cierta empanada mental (permítanme ser castizo), era fácil que poco después, y también mediatizado por los pensadores galos, acabara creyendo que el maoísmo era el pensamiento que venía a rescatar al marxismo del revisionismo al que le había sometido una Unión Soviética que había traicionado tan nobles ideales (¡cómo no creer en esa doctrina, aún más elemental, cuando el propio Jean-Paul Sartre, secundado por muchos otros intelectuales, se había sumado a ella y vendía La cause du peuple por las calles de París!).

 

Una corriente, también francesa, parecía no encajar bien en aquel puzzle. Me refiero a esa vertiente ácrata que latía en las canciones de Georges Brassens, o de Léo Ferré, o de Jacques Brel, en los textos de Boris Vian, o en el cine de Jean Vigo, por ejemplo, ante la cual uno tenía la sensación de que únicamente los imbéciles podían considerar sagrado cualquier sistema de valores.

 

Y esa corriente se plasmaba sobre todo en revistas como Hara Kiri, nacida en 1960, en la que todo, absolutamente todo, era sometido a burla. En los ejemplares manoseados, que adquiría en los puestos del Campillo de Mundo Nuevo, descubrí a creadores como Cavanna, Lob, Vicq, Topor (figura decisiva en el Grupo Pánico junto a Arrabal y a Jodorowsky), Cabu, Gébé, Wolinski (que en el 68 crearía L´enragé con Siné), Willem, o Reiser (que acabaría siendo el más influyente), algunos de ellos excelentes dibujantes (como Cabu, padre de Le grand Duduche), y varios de los cuales, en una versión más dulcificada, conocía por la revista Pilote, el semanario que lanzó las historietas de Astérix y Obélix.

 

La pelea que aquel colectivo mantenía por ensanchar la libertad de expresión, hasta límites que a veces resultaban insoportables para el buen gusto (alguien me hubiese dicho entonces que eso no eran más que residuos pequeño burgueses de los que aún tenía que desprenderme para ser un hombre nuevo; hoy, que todo es menos sofisticado, me tildarían de reaccionario o de fascista) chocaba a menudo con las autoridades gubernamentales de la democracia francesa, que en más de una ocasión la suspendieron, con el lógico revuelo de los creadores más comprometidos, que en ese país se han prodigado, a menudo de manera tan dogmática como errática, más que los champiñones.

 

Aquel Hara Kiri, que en una etapa cambió la periodicidad de mensual a semanal (Hara Kiri Hebdo y L´Hebdo Hara Kiri, sucesivamente) se estrellaría de nuevo con el Ministerio del Interior a raíz de la muerte del general De Gaulle, en 1970. Mientras buena parte del país lamentaba la pérdida del hombre que les había salvado la cara durante sus años de colaboración con el nazismo, ellos hacían referencia a otro muerto en Colombey, donde estaba la residencia del presidente, fallecido en el incendio de un local de baile: “Baile trágico en Colombey: un muerto”, titularon en su cubierta. El semanario fue inmediatamente prohibido, lo que desencadenó un número mayor de abajo firmantes que en otras ocasiones.

 

Aquello no sería el final definitivo de la publicación, que aparecería intermitentemente en las siguientes décadas (en 1981, por ejemplo, apoyando la candidatura del cómico Coluche a las presidenciales, lo que da idea de ciertas derivas neuronales), hasta morir a principios de los noventa.

 

Pero aquel cierre se trocó, para burlar su suerte en 1970, en el nacimiento de Charlie Hebdo (existía un Charlie mensual desde el año anterior, que surgió con la intención de recuperar para el cómic su condición de lenguaje artístico y adulto con una larga historia a sus espaldas). El nuevo semanario abundaba en el mismo talante libertario y sus páginas arremetían contra cualquier tabú, ya fuera el feminismo, el judaísmo o los aspectos más sagrados de la religión católica. A nosotros, a qué negarlo, nos regocijaban especialmente las viñetas contra Franco, que fueron muchas, hasta aquella famosa portada de Reiser de un ataúd con patatitas acompañado del titular: “Franco mejora. Ha ido al cementerio a pie”.

 

Pero mi relación con su concepto del humor seguía siendo contradictoria. ¿Era necesario abundar tanto en la blasfemia? ¿No resultaba una agresión demasiado fácil buscar de aquella manera la ira de los creyentes? ¿Y qué decir de las salidas de tono? Y aún más: aparte de cultivar cierta finura intelectual, ¿no debía aspirar el dibujo de humor a una mayor excelencia que lo que el estilo de varios de aquellos dibujantes preconizaba?

 

Como hubiese dicho un buen y gran ilustrador argentino, ¿por qué no practicar la mejor esgrima posible contra el adversario en vez del escupitajo?

 

Lo que celebro de aquella década es que, de la misma manera que algunos ideólogos francófonos me habían empujado hacia el maoísmo, que luego ellos trocarían por el liberalismo, algunos otros (el primero fue el recientemente fallecido Simon Leys) me ayudaran, con su prolija documentación, a que se me cayera aquel velo. A lo que también, debo decir, contribuyó algún dibujante, como Lauzier, al que varios de sus compañeros encasillaron rápidamente como un anarquista, sí, pero de derechas. Había llegado el momento de regresar a Albert Camus, del que nunca debí alejarme.

 

Paulatinamente, aquel espíritu ácrata fue teniendo un menor eco. Ya lo había contado Jacques Brel en su canción Los burgueses, de 1962: los mismos que provocaron en su juventud a la buena sociedad, enseñándoles el culo, ahora, que formaban parte de ella, acudían a la comisaría para quejarse de los jóvenes que les hacían a ellos lo mismo.

 

Charlie Hebdo fue perdiendo su público y solo unos pocos de sus creadores, como Cabu o Wolinski, seguían manteniendo la fidelidad a ese ideario en sus constantes publicaciones.

 

Su huella, empero, tuvo un gran alcance, también entre nosotros, desde la imagen de Hermano Lobo (1972), aunque Chumy Chúmez y los que le acompañaron en aquella aventura irrepetible se dejaron empapar muy poco por ese legado, hasta, aquí sí que fue evidente, la línea de El Papus (1973), donde Oscar e Ivá se dejaron influir y mucho por Reiser y Wolinski.

 

Y conviene no olvidar, al respecto, el atentado que llevó a cabo la extrema derecha contra la redacción de El Papus en 1977, precisamente por no soportar las críticas que, en aquella complicada transición hacia la democracia, se vertían contra ella.

 

La práctica de atacar al mensajero humorístico no era nueva en nuestro país. Sabíamos de la agresión llevada a cabo en 1905 por un grupo de oficiales contra la revista satírica catalana ¡Cu-Cut!, que terminó con la quema de muebles y papeles en plena calle. O, como recordaba hace una semana Quim Monzó en su columna de La Vanguardia: “En agosto de 1936 un grupo de la FAI [Federación Anarquista Ibérica] fue a buscar a Josep Maria Planes, director de El Be Negre, a un piso de la calle Muntaner de Barcelona donde se escondía. Se lo llevaron de paseo hasta la carretera de Rabassada. Allí sacaron las pistolas y le pegaron siete tiros en la cabeza”. Como también sabíamos de la ejecución, al finalizar nuestra guerra civil, de algunos humoristas acusados de haber “vejado” en sus chistes a figuras prominentes del golpe militar (como Bluff), o condenados a muerte, o empujados al exilio. Así como conocíamos el asalto de los falangistas, en 1952, a la redacción de La Codorniz. Pero ninguno esperábamos que en 1977 los fascistas colocasen una bomba en la redacción de El Papus, a la hora en que los dibujantes habían salido a comer (todos, menos Adolfo Usero, que estaba dibujando las páginas de un guión mío), y que ocasionó la muerte del portero.

 

No sería, sin embargo, hasta los años ochenta cuando finalmente, pude conocer a uno de aquellos dibujantes emblemáticos del Charlie Hebdo. Fue en Río de Janeiro, durante unas jornadas a las que había sido invitado, y en las que también estaba Georges Wolinski. Tenía plenamente asumido su papel de creador políticamente incorrecto y no me sorprendió por tanto, su comportamiento durante una visita que hicimos a una miserable favela. La gente de aquel lugar, que nos abrió las puertas de sus humildes casas y nos explicó sus condiciones de vida, le pidió un dibujo, y Georges, que ya se había fijado en una impresionante mulata de aquel lugar, la caricaturizó y se caricaturizó a sí mismo, babeando ante su pecho, con un bocadillo que decía algo así como “tengo hambre y sed”. El desconcierto de aquellos anfitriones, como comprenderán, fue absoluto. Pero así era este creador, que, como bien ha recordado alguien estos días, le dijo a su mujer que, cuando muriera, quería ser incinerado y que arrojara sus cenizas al inodoro para poder seguir viéndole el culo después de muerto.

 

Tal concepción del humor, como ya he dicho, fue menguando en Francia, mientras crecía, en cambio, en España, donde somos tan proclives al exabrupto (lo que ha llevado a alguno de nuestros mejores dibujantes a preferir autodefinirse como “dibujante de sátira” antes que como “humorista” a secas).

 

Pero hacia 1986 los límites de la libertad de expresión en el humor volvieron a ser puestos seriamente en entredicho. Vuillemin, uno de los pocos grandes dibujantes continuadores de aquella manera libérrima de abordarlo, publicó, con la colaboración de Gourio, su álbum Hitler=SS, que dedicó a los millones de judíos que nunca existieron (sic), en alusión a las víctimas del Holocausto. Su secuestro y los consiguientes pleitos dividieron, entonces, a la profesión, que reclamaba una libertad de expresión sin la menor cortapisa.

 

Yo, aunque de actitud volteriana respecto a la tolerancia, no quería suscribir la adhesión de buena parte del gremio, que veía lícitos chistes como, un ejemplo, el de un nazi que sodomiza en un campo de concentración a una judía que, a la vista de las cenizas en un horno crematorio abierto, decía “¡cielos, mi marido!”. Aprendí a arrostrar, entonces, el calificativo de moralista, al que ya me habían ido acostumbrando algunos rivales.

 

El mundo de los siguientes años se fue enturbiando con el impulso creciente del terrorismo islámico y en el 2006 resurgió de nuevo este debate cuando unos dibujantes daneses caricaturizaron al profeta Mahoma como un terrorista. Las calles de buena parte de los países musulmanes se llenaron de gentes, convenientemente acicateadas, que exigían la muerte de aquellos blasfemos. Entre los occidentales, algunos comprendían ese brote de ira y exigían un margen de respeto a la hora de satirizar, mientras otros recordaban que la libertad de expresión no debe conocer límites.

 

Aquellos dibujos eran objetivamente pésimos, y los daneses, que fueron condenados a muerte por los integristas, se los podían haber ahorrado. Pero tampoco podíamos aceptar que, con aquel pretexto (los terroristas siempre encuentran alguno para justificar sus actos), se segara la vida de nadie. Y máxime cuando aquí no estaba tanto en juego el insulto al profeta, como una batalla frontal entre dos modelos antagónicos de sociedad: una, abierta, cuya conquista ha costado muchos sacrificios a lo largo de la Historia; otra, cerrada a cualquier posibilidad de evolución.

 

El problema era que sabíamos que los radicales islámicos responderían haciendo efectiva su amenaza (ya lo habían demostrado en otros casos), a diferencia de los católicos que, pese a sentirse burlados a menudo, se conforman con acudir, y no siempre, a los tribunales de justicia.

 

Charlie Hebdo, que había renacido en 1992, con algunos veteranos, como Cabu y Wolinski, y otros dibujantes más jóvenes, como Charb o Tignous, fueron de los pocos que no sólo decidieron publicarlas, sino que, fieles a sí mismos, lo que evidentemente causa admiración, empezaron a perseverar desde entonces en sus ataques contra el fundamentalismo.

 

A partir de ese instante, lo mismo que sus compañeros daneses, vivieron amenazados, y por lo tanto protegidos, sin dejar de arreciar con sus dardos contra ese tabú que se presentaba ante ellos más intocable que el del judaísmo, con el que habían chocado en alguna que otra ocasión.

 

Charb, su director, había dicho que prefería morir de pie a vivir de rodillas ante algo o ante alguien.

 

Eran el vestigio, en ese sentido, de una concepción libertaria, que yo nunca he compartido, pero que he respetado cuando se traducía en algo digno de encomio, y con la que los lectores se identificaban cada vez menos.

 

El pasado miércoles, 7 de enero de 2015, unos terroristas islámicos irrumpían en la sede de Charlie Hebdo, avisados de que ese día se celebraba mesa de redacción para decidir el sumario del siguiente número, algunos pensando en el cierre más que inminente de la publicación debido a sus bajas ventas, y ejecutaban a diez miembros de la revista y a dos policías. El Horror sacudía nuestras conciencias.

 

En un exceso de automixtificación sobre la verdadera dimensión de este crimen la mayor parte de la solidaridad para con ellos se expresó con imágenes de lápices frente a las metralletas de las que estos asesinos se valen.

 

A mi alrededor, yo no cesaba, lógicamente, de ver caras amedrentadas dispuestas a ceder una porción más de su libertad a cambio de una mayor seguridad, algo que me resultaba familiar de los años en que ETA golpeaba con la misma saña. E intuía, sobre todo, el muy probable acrecentamiento de la autocensura para no provocar más a un enemigo tan inhumano y dispuesto a saldar las bromas con tan poca medida de la reciprocidad.

 

Nunca acabé de comprender a estos creadores, para qué mentir en esta hora aciaga, en la que, como siempre sucede, muchos de los que les criticaron alzan el cartel de Yo soy Charlie. Pero quisiera recordarlos con aquellos versos de Léo Ferré en su canción Los anarquistas: “Tienen una bandera negra a media asta sobre la Esperanza y la melancolía para ir viviendo”. Y nadie podrá arrebatarles la manera de ser consecuentes con su pensamiento hasta el último aliento.

 

 

 

 

Felipe Hernández Cava (Madrid, 1953) es guionista, miembro del equipo El Cubri, pionero de la historieta política en España, junto a Pedro Arjona y Saturio Alonso, fundado en 1972. Creador y director de la revista Madriz, y creador y codirector de Medios Revueltos y El ojo clínico. Ha ganado en tres ocasiones el premio al mejor álbum del año en el Saló del Cómic de Barcelona: en 1997, por El artefacto perverso, con dibujos de Federico del Barrio; en 1999, por Lope de Aguirre. La expiación, con dibujos de Ricard Castells; y en 2009, por Las serpientes ciegas, con dibujos de Seguí, que también ganaría el Premio Nacional de Cómic de ese año. Además del blog de El Cubri, en FronteraD ha publicado, entre otros, un adelanto del álbum Las oscuras manos del olvidoÚltima carta de un fusilado. Ricardo Zavala y Ana Juan.

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Autor: Texto: Felipe Hernández Cava

Fotografias: Ilustración: Raúl