Cinco mil años de cárcel por supuestamente difamar a un ex ministro en Liberia. “A nuestros seguidores, críticos, detractores y opresores: gracias por motivarnos para hacerlo mejor”

0
400

Permítanme primero expresar mi gratitud a la Universidad de Málaga, a la Cátedra Unesco de Comunicación y a la Asociación Española de Universidades con Titulaciones de Información y Comunicación de España; a Stefanie Pukallus y Jackie Harrison, de la Universidad de Sheffield, por su reconocimiento y por prestarme un espacio para compartir mi libro, Journalist on Trial, con la comunidad estudiantil durante la Semana Internacional del Periodismo del año pasado. Gracias por estar hoy aquí.

Al Comité para la Protección de los Periodistas, a Reporteros sin Fronteras, a Journalists for Human Rights, de Canadá, al Sindicato de Prensa de Liberia y a las organizaciones de la sociedad civil; a Prue Clarke y a New Narratives y a todas las organizaciones internacionales que siguen destacando el trabajo que hacemos: este premio es para vosotros.

A los periodistas de FrontPage Africa, que han estado a mi lado durante algunos momentos difíciles: esto es para vosotros.

A nuestros seguidores, críticos, detractores y opresores: gracias por motivarnos para hacerlo mejor.

Si me buscaran en Google ahora mismo, probablemente asumirían que soy un delincuente. Aunque no lo soy, el sistema, y una antigua ley que criminaliza la libertad de expresión y califica a los periodistas de delincuentes, dice que lo soy.

En 2013 fui sentenciado a 5.000 años de prisión y encarcelado porque no pude pagar una multa de 1,5 millones de dólares por una demanda por difamación ganada por un ministro de Agricultura acusado de corrupción a partir de un reportaje de investigación que sacamos a la luz.

Cuando era joven, en Monrovia, fui testigo directo de la inmensa opresión que el brutal dictador Samuel Doe impuso con tanta eficacia sobre su pueblo.

Mi trabajo sigue al de un largo linaje de patriarcas en mi familia que han sido la fuente de mi inspiración y motivación.

Mi gran y famoso tío Albert Porte fue un periodista político y disidente que dirigió el Crozerville Observer. En 1946, fue el primer periodista liberiano encarcelado por el presidente William V. S. Tubman. Aunque la sociedad civil ya existía en Liberia incluso antes de su independencia en 1847, se suprimieron gran parte de nuestras libertades. Mi tío, Albert Porte, fue una de las primeras figuras del movimiento en pro de una sociedad más civil, y en sus actividades se encuentra el origen de gran parte de la lucha inicial.

Mi tío Kenneth Best también tuvo que soportar lo mismo. Y yo he sido bendecido con la oportunidad de llevar el testigo a la siguiente generación de periodistas.

Por mi sentencia de 5.000 años de cárcel en 2013, he tenido que cuidarme las espaldas al solicitar visados, sin saber si algún supervisor me haría preguntas por mi ahora infame estatus de delincuente.

Sucedió hace un par de años, cuando solicité un visado para disfrutar de una beca de periodismo de un año en Toronto, Canadá.

Llegué más tarde que el resto de los becarios porque tuve que demostrarle al supervisor de los visados que yo no era lo que su búsqueda de Google le decía –un delincuente acusado–, sino un periodista sentenciado a 5.000 años de cárcel simplemente por hacer mi trabajo. Fue necesario que intercediera por mí un diputado, Ahmed Husein, hoy ministro de Inmigración, Refugiados y Ciudadanía, para que se me concediera el visado.

Es un extraño título de deshonra que llevo conmigo desde mi condena y sentencia a 5.000 años de cárcel. Sin embargo, es una medalla al deshonor que me propongo combatir durante el resto de mi vida.

He estado en la cárcel por periodista dos veces. Ha habido pirómanos que han querido incendiar mis oficinas, he recibido múltiples amenazas de muerte, mis reporteros han sido encarcelados y han cerrado mi periódico: todo por mis tareas profesionales.

Por eso me alegra estar hoy aquí ante ustedes como ganador del X Premio Internacional Libertad de Prensa.
Verán, cosas como mi condena y sentencia de 2013 se están volviendo más habituales con el paso de los días y las horas.
Gracias al presidente estadounidense, Donald Trump, que ha demonizado nuestro trabajo, cada vez más líderes y dirigentes de todo el continente de África –e incluso del mundo– han adoptado la que es ahora la melodía contra los medios, acuñada, proclamada y empaquetada como fake news.
Hoy en día, investigar a los corruptos e indagar sobre la mala gobernanza de los dirigentes y líderes se tilda de fake news y, a los que informan sobre ello, de delincuentes, cuando, en realidad, solo somos periodistas que hacemos nuestro trabajo.
Hoy, los periodistas de África están sufriendo un inmenso dolor y sufrimiento por escribir contra los males de la sociedad y sobre los que languidecen en lo más bajo de la escala económica.

En Etiopía, Nigeria, Camerún, Ruanda, Sierra Leona, Congo, Burundi, Chad, Uganda y otras partes, los periodistas son acusados a diario de difamación delictiva, u obligados a autocensurarse para cumplir las reglas de la mala gobernanza y sus responsables, unos malos gobernantes.

Ya se trate de cubrir un partido de fútbol, o simplemente tomar una fotografía en una protesta contra el gobierno, somos a menudo atacados por las clases dirigentes en su afán por ocultar al mundo la verdad de sus fechorías.

En septiembre, el periodista tanzano Erick Kabendera fue detenido tras criticar al presidente.

Al principio, el Gobierno planteó problemas con su ciudadanía. Después, decidió presentar otros cargos y fue acusado de sedición, lavado de dinero y crimen organizado.

Crimen organizado, dicen, porque escribió un artículo en The Economist en el que decía que el presidente John Magufuli estaba “demoliendo” la libertad de Tanzania.

Un mes después, en Burundi, cuatro periodistas y su conductor fueron detenidos, el 22 de octubre, cuando viajaban a la provincia de Bubanza para hacer un reportaje para el periódico Iwacu. Esos periodistas y su conductor siguen languideciendo en la cárcel acusados de actividades contra el Estado. ¡Esto es una salvajada!

Los periodistas habían informado a las autoridades de sus planes de viajar a la zona para informar sobre el estallido de un conflicto entre las fuerzas de seguridad de Burundi y un grupo de asaltantes. Sin embargo, un jefe de operaciones de la policía los detuvo cuando estaban haciendo su trabajo.

Sin ir más lejos, la semana pasada, en Uganda, cuando la policía y el ejército sofocaban con dureza las protestas estudiantiles por el aumento de las tarifas de la Universidad Makerere de Kampala, detuvieron a varios periodistas y les impidieron entrar en la universidad para cubrir las protestas.

En Camerún, los periodistas están amenazados de muerte y el Gobierno les acusa a diario de falta de patriotismo porque se niegan a cantar las loas a los malos dirigentes y seguir sus reglas de adulación.

El periodista de televisión Samuel Wazizi fue detenido por, presuntamente, apoyar a los combatientes separatistas del norte, oeste y suroeste, regiones angloparlantes de Camerún.

Hoy, es muy peligroso ser periodista en Camerún, donde se está volviendo imposible ejercer la profesión en medio de las crecientes amenazas, tanto de los combatientes separatistas como del Gobierno.

En Ruanda, que soportó años de guerra y genocidio entre los hutus y los tutsis, los periodistas tienen una fuerte tendencia a autocensurarse solo para evitar crear conflictos o miedo en la opinión pública o tener problemas con las restricciones gubernamentales.

Con Paul Kagame, los periodistas pueden informar libremente sobre la corrupción y otros delitos, siempre y cuando estos no impliquen a la presidencia.

Según la ley, los periodistas tienen prohibido criticar al presidente. Por lo tanto, se autocensuran a la hora de publicar algo que sea crítico con las fuerzas de seguridad o el ejército del país. Estas leyes, a pesar de ser contrarias a la libertad de prensa, consagrada en la Constitución de Ruanda, aún sobreviven, manteniendo a raya a muchos periodistas bajo un estado de miedo y paranoia.

En mi propio país, Liberia, algunos de mis colegas siguen pagando el precio. Hace poco, cerraron Roots FM, de mi colega Henry Costa, y les quitaron sus transmisores y equipos de radiodifusión. Cuando el juez que lleva el caso dictaminó que el Gobierno se equivocó al cerrar la emisora fue destituido.

Patrick Honnah, otro de mis colegas, me contó que no podía emitir con su nueva cadena, Punch FM, a pesar de que había cumplido todos los trámites y se le había concedido la licencia para operar. Los dos, hombres con voces potentes como la mía, se han visto en el lado equivocado de la corrección en lo que se supone que es una nación democrática.

Lo que todos estos casos tienen en común es la repentina necesidad de los gobiernos de enjuiciar, mutilar y criminalizar a periodistas y profesionales de los medios por hacer su trabajo.

Destacar los problemas que afectan a los pobres y abandonados se ha convertido de pronto en algo insoportable para los que están al frente del poder.

Verán, como periodista que trabaja bajo los regímenes de varios déspotas de África Occidental –entre ellos Charles Taylor, criminal de guerra condenado, y el recién derrocado Yahya Jammeh, de Gambia–, sé de primera mano cómo los líderes autoritarios intimidan y socavan a los medios para poner a la opinión pública a favor de sus objetivos. Y también sé que esto es una pendiente resbaladiza que va de la supresión de la libertad de los medios al caos.

En todo el continente, decenas de colegas han sido asesinados, mutilados, perseguidos y encarcelados; muchos otros viven bajo una constante nube de amenazas. El miedo impregna nuestro ambiente laboral. Otros viven en el exilio, separados de sus familias y amigos, y desconectados de las vidas que habían vivido, de la historia que les había dado un sentido de pertenencia a un lugar.

Si queremos cambiar el mundo, si queremos cambiar la vida de las personas, debemos hacerlo mejor y respetar el trabajo de los periodistas.

No hacerlo conduce al abandono, el sufrimiento y el dolor de la minoría sin voz que carece de una tribuna para contar sus historias.

Ser encarcelado dos veces por hacer mi trabajo llevó al Sindicato de Prensa de Liberia a presionar para que el legislativo derogara la Ley Penal de 1978. Esta ley draconiana obstruye la libertad de expresión al incluir la difamación contra el presidente, la sedición y la malevolencia delictiva.

Espero y rezo por que este sea el comienzo de un cambio y apelo a nuestro presidente, George Weah, para que haga de esto el legado de su presidencia.

Lo cierto es que, a medida que crece la ola de dictadura y criminalización de los periodistas, proclamada por un presidente estadounidense en ejercicio y adoptada por líderes de todo el continente africano, más peligroso será el terreno para periodistas como yo, que tratamos de hacer lo correcto.

Los periodistas desempeñan una función fundamental al arrojar luz sobre los incidentes de interés público, la corrupción, la mala gobernanza y el abandono de los pobres. No deberíamos ser enjuiciados por hacer legítimamente lo que fuimos llamados a hacer.

Todos deberían condenar la represión de la prensa, porque amenaza la supervivencia de los medios, no solo en África, nuestro continente, también en todo el mundo.

Espero que mi presencia hoy aquí, en Málaga, para recibir el Premio Internacional Libertad de Prensa de este año, ayude a llamar la atención del mundo sobre el peligroso terreno en el que trabajamos.

Hasta que los dirigentes, dictadores y presidentes de África comprendan que los periodistas no son sus marionetas; hasta que entiendan que la función del periodista no es cantarles alabanzas, acatar sus reglas de adulación o ayudarles en su ansia de mala gobernanza y corrupción, la prensa de África seguirá siendo víctima de amenazas, intimidaciones, encarcelamientos e incluso muertes.

Este es el trabajo que hemos elegido, y el sacrificio definitivo que estamos dispuestos a hacer por el bien común. Si cualquier dirigente o líder tiene de verdad buenas intenciones respecto a su pueblo, hará lo que sea bueno para él, y no dirigirá sus agresiones a los periodistas o al trabajo que nos hemos propuesto hacer.

Tom Stoppard, el famoso dramaturgo y guionista británico de origen checo, dijo una vez: “Aún creo que, si tu objetivo es cambiar el mundo, el periodismo es un arma más inmediata en el corto plazo”.

No podría estar más de acuerdo.

¡Gracias!

 

Este artículo es el discurso que pronunció el pasado 12 de noviembre en Málaga el periodista liberiano Rodney D. Sieh con motivo del X Premio Internacional Libertad de Prensa de la Universidad de Málaga a propuesta de la Cátedra Unesco de Comunicación.

 

Traducción: Verónica Puetollano

 

Original text in English

Print Friendly, PDF & Email
Artículo anteriorTaller sobre periodismo de guerra
Artículo siguienteCeija Stojka y el genocidio zíngaro
Avatar
Rodney D. Sieh es fundador y director de FrontPage Africa, el principal diario independiente impreso y digital de Liberia, cuyos reportajes pioneros han dado lugar a la destitución de altos funcionarios del Gobierno y sacado a la luz la corrupción en todos los niveles. En agosto de 2013 fue sentenciado a 5.000 años de cárcel y FrontPage Africa fue cerrado por no pagar una indemnización de 1,5 millones de dólares a un ministro, el cual los había demandado a él y a su periódico tras la publicación de una auditoría del Gobierno. Licenciado en Estudios de Medios de Comunicación en el Hunter College de Nueva York, Sieh ha ganado varios premios, entre ellos el de Periodista del Año y Medio del Año en Liberia. En 2014 fue nombrado por Reporteros sin Fronteras como uno de sus cien Héroes de la Información y FrontPage Africa recibió el Premio a la Libertad de Prensa de TV5 Monde.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí