Citas sin comentarios: ‘Nadie duerme en Alejandría’, de I. Abdel Meguid

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El escritor egipcio narra el tiempo de la Segunda Guerra Mundial en su país. A través de las páginas uno lee y descubre cómo era el mundo al otro lado del mar y lejos de Hitler y Mussolini. He seleccionado varios fragmentos para mostrar al lector su escritura. Quedé atrapado en ella, con él. Os animo a entrar.

*

—Las causas de la mortalidad entre los alejandrinos adultos oscilaban entre la pura vejez, la escarlatina, la meningitis y la tuberculosis pulmonar. El único extranjero muerto aquella semana fue un griego a quien mató un chipriota borracho.

—Zumito de algarroba.

—Al final los zapatos se desgastaban, con lo que uno no tiene más remedio que acabar comprándose unos nuevos. Sin embargo, si vas descalzo, puedes estar tranquilo: cada mes te sale piel nueva en la planta de los pies, que viene a ser como un par de zapatos nuevos.

—Leer a solas el Corán.

—El ramadán está hecho para trasnochar.

—Devoraba el emparedado de falafel con verdadera glotonería y sus restos los metía en la primera hendidura que encontraba en cualquier pared.

—Hitler había purgado a sus rivales en la aristocracia alemana. La legación italiana celebró el cumpleaños del rey. El gobierno egipcio prohibió trapichear con colillas, un comercio floreciente entre los niños de la calle, quienes las vendían por cafés, clubes, transportes públicos y estaciones.

—Por allí vivían los vendedores de altramuces, quienes para atenuar el amargor de estos frutos, los sumergían durante varios días en el agua dulce del canal en sacos bien cerrados.

—Según el periódico, un médico del ministerio de Sanidad había propuesto al gobierno usar el fez a modo de máscara antigás mientras las verdaderas no estuvieran disponibles en el mercado.

—La gente empezó a preocuparse cuando el ramadán llegó por segundo año consecutivo sin perspectivas de ser celebrado con luces y trasnoches.

—El primer ministro húngaro se suicidó tras no plegarse a los deseos de Alemania y por no haber podido resistirse a sus dictados.

—Unos pocos beduinos de los clanes de Ali el Blanco y el Ali el Rojo, saadíes y morabitos, en paz desde hace tanto tiempo que hasta su vocabulario había desterrado todo término referido a la guerra o al combate.

—Le había impacientando un poco la palabrería de aquel hombre, pero la educación obligaba a escucharlo con un poco de aguante. Lo que más le llamó la atención fue que Hilal, cuyo nombre significaba media luna, tuviera más bien cara de luna llena.

—El rey Faruk, en compañía de toda la familia real, cumplimentó una visita al oasis de Farafra, con la cual culminaba su programa de visitas a todos los oasis del país.

—Únicamente que me hiciste sentir muy solo. No creía que volviéramos a encontrarnos.

—Y lo curioso era que temí que, si una vez regresaba y contaba todo esto, tú no me creerías, Dimián.

—Así que Hamza echó a andar por entre los raíles en dirección a Alejandría. Era la única manera segura de llegar.

—Los australianos se situaban a la derecha; los neozelandeses, a la izquierda; y en medio de ellos, los gaiteros, que caían como moscas.

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