Comentarios a la sociedad de control (2)

0
219

 

III


El control impone por doquier un conductismo masivo, pero repleto de alternativas minoritarias. Este macro-determinismo social puede así ser micro y presentarse con un estilo ecologista, radical, hipster, autónomo, indie, marxista, feminista. Es natural que Deleuze no lo diga así, al fin y al cabo es un hombre de izquierdas, pero el concepto de control bosqueja un álgebra del poder que usa cómodamente un semblante de izquierda, como si ésta -la misma que desprecia a las culturas populistas exteriores- hubiera triunfado culturalmente.

 

¿Por qué, aunque la tema, nuestra ola social mima tanto a la juventud? Incluso bajo la actual incertidumbre económica, el poder no se ejerce ahora desde el autoritarismo de los valores eternos, sino desde la rabiosa juventud del imperativo de cambio, un principio de variación que no deja en paz al Estado ni a los huesos de los muertos. El impresionismo informativo, y la consiguiente “alarma social”, es el epítome del nuevo poder político, sin referente real ni memoria personal. No es extraña entonces esta nueva casta de radiantes sacerdotes de la comunicación, sean políticos, periodistas, científicos o filósofos.

 

Sobrevivimos a un poder estival, incluso en pleno diciembre. ¿Por qué el surf “desplaza en todo lugar a los antiguos deportes”?, se pregunta Deleuze. Debido a que las unidades de elite, civiles y militares, tienden a una formulación cada vez más flexible, horizontal, metamórfica. Fijémonos en las tácticas de la selección española de fútbol, inferior físicamente a otras selecciones: un juego cada vez más aéreo, veloz, deformable, con continuas variaciones que lo hacen casi imprevisible. ¿Cómo funcionaría el comando militar que acabó con la vida de Bin Laden? Por lo pronto, el ejército israelí utiliza en los territorios ocupados tácticas militares rizomáticas, extraídas en parte de Mil mesetas. Los “lobos solitarios” del Islam integrista no necesitan leer a Deleuze, pues tal geometría multiforme ya está en la caligrafía de su cultura.

 

En el régimen escolar, recuerda el pensador, se tenderá más a la evaluación continua que al examen tradicional. Ya que ahora el poder social debe abrazar tan estrechamente la vida como sea posible, la formación permanente sustituirá en el régimen empresarial a la formación clásica, que valía para largos periodos de tiempo en el mundo estable de la disciplina. La empresa substituye a la fábrica. Si ésta funcionaba con unos pocos planos simples de mando y por medio de tecnologías energéticas, la empresa es otra historia. Pequeña, flexible, de corta duración, la empresa funciona con una rotación rápida, cambiando continuamente de destino a sus empleados y actualizando sin parar el sistema tecnológico.

 

A diferencia de la antigua fábrica, la empresa tiende a invadir el ocio de sus empleados, gestiona con cada uno de ellos un contrato personalizado y fomenta una rivalidad interminable. Esta competencia entre antiguos compañeros, su sonrisa escénica, hará más indetectables las humillaciones que vienen, de ahí la depresión como problema crónico. Más esto que los eventuales estallidos de violencia.

 

“¿No es extraño que tantos jóvenes reclamen una ‘motivación’, que exijan cursillos y formación permanente?”, se pregunta Deleuze. La formación continua –y la información, como formación permanente del conjunto de la población- es también el suelo de una rivalidad sin fin. Has de actualizarte sin parar, no puedes quedarte atrás: el racismo tecnológico del retraso y la imagen ha tomado el relevo. Cuando, en un momento inolvidable, Deleuze recuerda que los concursos televisivos más estúpidos –y él no había visto nada todavía- triunfan porque reflejan la lógica obscena de la empresa, una evaluación continua con nominados y premiados donde todo –también el sexo- entra en juego, está otra vez dando en el clavo. Con la soltura que le caracteriza, el amigo de Foucault describe con humor un poder fundido con la vulgaridad cotidiana, con los temores e ilusiones que tiende a vibrar en nosotros las veinticuatro horas.

 

 

IV


Nuestro populismo es horizontal e inmanente, igual que nuestra mitología política. Busca controlar el tiempo, no el espacio. El tiempo, que es invisible y penetra en las mentes. El control espacial es aún limitado, local, sujeto a una franja temporal precisa. El control del tiempo es global y psíquico, abarcando la vida completa de un público cautivo, cautivado por la dialéctica fluida entre aislamiento y conexión. Secreto y socialización, apartheid personalizado y alianzas corporativas.

 

Índice de audiencia, cotización bursátil en real time, cobertura tecnológica, deslocalización. Multitudes solitarias, aullido de masas y encuentros en directo. La soltería onanista es el campamento base del espectáculo, la raíz ontológica de la actual multiplicación de contactos. De ahí la inestabilidad de tantas relaciones, la crisis de la comunidad y de la presencia real. Todas las comunidades del afecto (Gemeinschaf) están sujetas a cerco, estresadas por la velocidad social de la fragmentación.

 

“La familia, la escuela, el ejército, la fabrica ya no son medios analógicos que convergen en un mismo propietario, ya sea el Estado o la iniciativa privada, sino que se han convertido en figuras cifradas, deformables y transformables, de una misma empresa que ya sólo tiene gestores. Incluso el arte ha abandonado los circuitos cerrados para introducirse en los circuitos abiertos de la banca”.

 

El estrés, la inestabilidad, la velocidad social es la prisión ideal, de paredes tan abiertas como la experiencia. Parémonos un momento, como signo del poder publicitario y sensorial, en los dispositivos perceptivos: una emisión continua aburre, cansa, produce una atención discontinua; una emisión discontinua captura, produciendo una atención hipnótica. Por tal razón la televisión, y todos los medios tras ella, intenta una modulación ondulatoria, donde la variación sea el tema. Se puede decir que el alma del último capitalismo, imposible de lograr sin la colaboración cultural de la izquierda, es la más adolescente expansión, el simulacro de la vida en un feroz dispositivo de deslizamiento.

 

¿Cómo luchar contra las delicias del marketing, contra un simple espejo? Acaso con la ausencia o el silencio: ahora bien, ¿estamos preparados para el misterio arcaico de una zona ártica? Fijémonos en el delirio que está sociedad mantiene con lo solitario, lo opaco, lo sumergido, lo apartado. Racismo de la transparencia, la expresión, la interactividad, el espectáculo. El “maltrato doméstico” es posterior al maltrato mundial de lo doméstico, de cualquier soledad o rareza, de cualquier secreto local. Las naciones milenarias no lo sufren menos que los chicos tímidos y lentos en la escuela.

 

“El control se ejerce a corto lazo y mediante una rotación rápida, aunque también de forma continua e ilimitada, mientras que la disciplina tenía una larga duración”. No es seguro que Deleuze, en cierto modo tan ilustrado, tenga razón en colocar a la familia entre los primeros espacios analógicos de encierro. Al fin y al cabo, si no nos apoyamos en nuestro comunismo natal, en los atavismos del arraigo, ¿qué otro suelo tenemos para resistir el arma masiva de la fragmentación?

 

Atendamos a dos fenómenos actuales vinculados al papel del tiempo en el régimen del control, aunque Deleuze sólo desarrolla uno de ellos. El hombre actual, dice, no está encerrado, sino endeudado. Por lejos que vaya, también de vacaciones, depende de contratos que ha firmado y le atan las manos, hipotecando su misma vida. Acaso el problema de la vivienda es sólo un síntoma de este endeudamiento, orgánico y psíquico, que es propio de la “sociedad del conocimiento”.

 

¿Cuándo ha habido menos “tiempo muerto”, cuándo la humanidad ha conocido una ocupación horaria semejante a ésta, donde el ocio está regulado al máximo? Reparemos en que el control, este régimen de urgencia que tiende al autocontrol, nos tiene a todos muy ocupados. ¿Por quién, por qué estamos siempre tan ocupados, también en los fines de semana? Se puede contestar que es debido a la complejidad de la vida contemporánea. O por la empresa de la identidad, la empresa del sí mismo que nos permite sobrevivir a esa complejidad. Y nada de esto es falso. Pero en el fondo, se trata de estar ocupados por una conexión personalizada, por una velocidad de escape que debe huir en cada franja horaria de la vida secreta, de la vieja independencia y su valor para el silencio.

 

En este punto, las nuevas tecnologías numéricas, que Deleuze asocia con razón a la superioridad política del control frente a la disciplina, tienen un papel relevante. Para que nadie pueda pararse, para que la interdependencia sean perpetua y nadie esté a solas con una “vacuola de no comunicación” desde la que podría vivir algo distinto, es necesario que todo el mundo asista al encadenamiento social. Lo alternativo se presenta así como un aliado indispensable de lo estatal. El fetichismo de la mercancía se extiende al imaginario social entero, por lo que puede funcionar con cualquier emblema minoritario.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.