Conectada… por lo que pueda pasar

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He quedado a comer con mi amigo P. el productor de series de televisión. Llevo cinco minutos en el plató observando la grabación y ya necesito un cigarrillo: “¡El plano de la diligencia cayendo por un barranco, con cinco personas dentro, en exteriores, está mal de luz. Deberíamos repetirlo… Ni hablar. Demasiado caro. Lo arreglaremos en sonido!”. La chica de vestuario llega a toda prisa. ¡Prueba de la mujer barbuda! “¿Te gusta la ropa, P.?…” (pausa) “Tiene poca barba”. Por fin… en su despacho. Aire acondicionado. 16 grados. Antes de marcharnos revisa escaletas de cinco capítulos (45 páginas). Y corrige los premasters de cuatro capítulos (210 minutos)… Atascazo en la M-30, 40, 45, 50… Voy pidiendo mejor algo de comer por teléfono.

El despacho. El estudio. El último rincón de ninguna parte. El tiempo detenido entre cuatro paredes, cuadernos, notas, portátiles, lápices… Visitar cada uno de estos espacios es una aventura. El desorden. Las rutinas. Múltiples y variadas: rodeados de supersticiones como Truman Capote, que no podía empezar ni terminar nada los viernes. Horarios de oficina como Henry James. Comenzaba por la mañana temprano y acababa cerca de la hora de comer. Por las tardes, entre un té y un paseo, tomaba apuntes para seguir al día siguiente. El pintor Pedro Serna, amigo y discípulo de Ramón Gaya, me confesaba su predilección por el amanecer, “pintar al amanecer. Sentir los cambios en la luz y la dificultad que, al final, va en beneficio de la obra”. El premio Herralde de novela Miguel Ángel Hernández, jugando con uno de sus títulos, me confesaba que su escapada entre el manuscrito de su próxima novela y preparar las clases de arte que imparte en la Universidad de Murcia, “siempre es a un buen libro. Las librerías. Entrar, mirar y pasearme entre las mesas de novedades a la espera de ese libro que te cambie la vida”. Para él, “estar frente a la página, inventar historias, trabajar con el lenguaje es mágico. Uno siente que está en contacto con algo muy especial”.

Antes he estado con la escritora María Dueñas. Hace ya veinte años decidió que era hora de parar un rato —”desde luego no doy un perfil acomodaticio”— y dejar de dar a su residencia —Madrid, Estados Unidos— un recorrido itinerante. Conocedora de que una casa responde a quienes la habitan, sus gustos y estilo de vida, compatibiliza su condición de mujer y madre con las exigencias de su profesión. Para ello, tenía claro que haría de la luz y el paisaje dos de los elementos principales. Una acogedora vivienda, en una zona residencial. Un gran ventanal lo baña de luminosidad entre palmeras y pinadas. “Me pierdo viendo el horizonte, me relaja”. La comunicación de los ambientes abiertos favorece el diálogo entre clásicos y vanguardia, mezclando culturas en elementos decorativos —velas, alfombras, pinturas…— que aportan sensaciones de territorios lejanos —Turquía, Marruecos…—. El ordenador sobre la mesa blanca, junto al atril auxiliar, en la que espera la silla ergonómica de madera —”casi un apéndice, lleva conmigo más de quince años”—. A cada lado, sus pilares: a la izquierda, un gran panel de corcho, mapa de ruta de cada novela que demuestra la ordenada disciplina adquirida en su actividad académica: notas, rutas, bosquejos, algunas fotografías que alimentaron El tiempo entre costuras y que ya descansan en el interior de una caja de madera junto a moleskines llenos de anotaciones y pilas de papel cargadas de hemeroteca. A la derecha, una gran estantería modular forrada de centenares de publicaciones ordenadas por novelas en inglés —desde los clásicos para llegar a Tom Wolfe—, diccionarios en español e inglés, álbumes y manuales especializados. Las paredes cubiertas de arte con carteles que evocan Tetuán y el norte marroquí junto a autores contemporáneos. Lámparas puntuales, espejos —la importancia del reflejo de la luz que da sensación de continuidad—, crudos en telas, blanco en paredes, papel, fotografías en sepia, hojas secas, mimbre y, sobre todo, la madera artesanal situada estratégicamente a lo largo de la vivienda, otorgando armonía y una atmósfera colonial a nuestro paso.

Salgo a toda velocidad a enviar este texto. P. sigue en los platós, “vamos retrasados y no nos va a dar tiempo a grabar dos secuencias que hay que meter en el plan de rodaje de-mañana-porque- vamos-tarde-en-las-entregas…”. Dejo mis dos móviles sobre la mesa y mi portátil. En una terraza me engancho al Wi-Fi del bar. ¡¡¡Conectada!!! Por lo que pueda pasar…

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