Consuelos de archivo

0
270

El narcisismo de la imagen compensa a veces el exterminio de la sangre en las venas. El maquillaje y la cirugía estética disimulan la pérdida de sustancia orgánica. Todo lo que la ciudad destruyó sin piedad intenta conservarlo archivado, en un mundo paralelo, para sedar precisamente el malestar de la destrucción.

 

Nadie puede negar la importancia de la actividad clasificadora y el archivo como monumentos fundamentales para la memoria de un pueblo, de una nación, una ciudad o una familia. La importancia del Archivo de Indias, del archivo documental y fotográfico del Holocausto, del archivo escondido de la Palestina anterior al establecimiento del Estado de Israel, del archivo fundacional de la ciudad de Oaxaca o de los viejos municipios de Villa Hidalgo Yalálag.

 

Almacenar, conservar, ordenar y clasificar es erigir ejercicios de memoria contra el olvido. Partidas de defunción y nacimiento, documentos de propiedad, imágenes fotográficas y diccionarios de lenguas en peligro son distintas claves de una memoria colectiva, incluso de la posibilidad de reconstruir una biografía personal. No hay nación, lengua ni identidad de ningún tipo (familiar, étnica, cultural) sin un archivo de memoria individual y común. Sin una catalogación de documentos, escritos, fotografías y testimonios, sean grabados en distintos soportes o simplemente orales, es imposible sobrevivir. La memoria nos permite resistir a un presente con frecuencia implacable.

 

«Tirar de archivo» es, decimos en España, seguir hacia atrás el rastro de una historia, de unas palabras, de una trayectoria personal o institucional. Por el contrario, toda censura ha de borrar también las huellas de un pasado. Borrar de una fotografía pública de Lenin el rastro de Trotsky. Destruir los documentos de una familia o de un pueblo maldito. El reciente libro editado en España con fotografías de la Palestina anterior a 1948 es, por sí mismo, un documento de primer orden que desmonta el mito de una tierra desértica, vacía y pobre, que los sionistas se limitaron a ocupar desalojando a unos pocos pastores de cabras.

 

Ahora bien, lo que se puede discutir es la fiebre archivadora cuanto ésta ocupa todo el horizonte en un presente caracterizado, precisamente, por una espantosa delegación de la memoria personal en los aparatos públicos o privados que pone a nuestro servicio (a veces, con «tarifa plana») un gigantesco dispositivo técnico, pretendidamente acéfalo. En este caso estaríamos ante la vieja inquina de la Historia contra la vida que tanto le preocupaba a Nietzsche.

 

Es posible que sea necesario discutir la monomanía de la memoria, como si ésta dependiese más de un archivo en cualquier soporte que de la fuerza del presente para moverse e inventar algo nuevo. Fijémonos en que un simple álbum fotográfico, para que no sea otro documento enterrado, hay que mostrarlo, enseñarlo, interpretarlo… Hay que lograr actualizarlo e insertarlo en un movimiento actual, vivo. Todo lo que no sea lograr que la memoria brote de la fuerza activa del ahora, y dependa por el contrario de una revisión de lo que ha sido, es iniciar un movimiento melancólico muy digno, pero que poco puede hacer para lograr que el pasado sea algo vivo, con fuerza plástica todavía actuante.

 

En tal aspecto, quizás se pueda decir que hay más fidelidad al pasado en una presencia que todavía tiene fuerza, también para remover y violentar sus raíces, que en una constante revisión de lo sido, aunque esto se haga con las mejores intenciones. Con frecuencia la mirada retrospectiva tenderá a justificar demasiadas inercias en el presente en un fondo legítimo de tradiciones.

 

Y existen además otras cuestiones que pueden poner en duda esta fiebre de archivo que ocupa buena parte de nuestras instituciones. Efemérides, aniversarios, conmemoraciones, antologías, homenajes retrospectivos. Todo ello constituye una actividad preciosa e imprescindible, pero puede ahogar la fuerza jovial de presente, una agilidad constructiva de lo actual que, de alguna manera, ha de lograr olvidar. Es la fuerza renovadora del presente la que nos pone de acuerdo y genera comunidad, no la constante revisión nostálgica del pasado. En toda acción hay olvido, recuerda Nietzsche, que además advierte de contra esta fiebre monumental que ocupa la Europa del siglo XIX.

 

También se puede recordar, por otro lado, que sólo se archiva lo que ha muerto o está en vías de extinción. Un cuerpo vivo, una relación o una escena viva no se pueden embalsamar. Incluso nos falta distancia, si la estamos viviendo, para poder ver eso en perspectiva y enfocarlo en una toma fotográfica. Fotografiar es salirse de la escena, contemplarla desde un margen, convertirla en cliché. En este aspecto se ha comentado mil veces que la labor archivadora de los especialistas (y del turismo) es harto dudosa en cuanto a la vida de aquello que enfoca. «Alto, una foto. Adelante» (Susan Sontag) suele ser el título de un constante pasaje por los sitios y los seres sobre los que se transita, sin dejarse contaminar por ellos. Archivar es una perfecta pared flexible que nos separa, librándonos de ser contaminados por ese lujo de las ruinas que nos rodean. 

 

Mientras vivimos es imposible fotografiar, tomar notas, archivar. Si hacemos el amor no podemos archivar ese amar. Mientras rezamos o bailamos, no podemos archivar que estamos rezando o bailando. Sólo enfocamos bien, con la cámara fotográfica, el documento notarial de registro o la anotación a pie de día, aquello de lo que nos despedimos. Solamente clasificamos aquello que estamos dispuestos a enterrar. Mientras abandonamos lo vivo a su suerte, bajo al anonimato de la desaparición, lo embalsamos en la limpieza de un esquema numérico.

 

En este punto es un poco angustiosa la complicidad del archivo fotográfico con la destrucción de la tierra. Jünger recuerda que cuando una ciudad como La Meca entra en el ámbito de la fotografía, entra también en la ronda de la exposición mundial y la destrucción. Como asimismo le pasó a la tribu de los Nuba que, con las mejores intenciones, fotografía y difunde por el mundo entero Leni Riefenstahl. Ordenar, clasificar, fotografiar algo es pasarlo al campo del museo, preparar su congelación para que no nos afecte.

 

Es genial en este aspecto el texto de G. Steiner llamado «Los archivos del Edén» (Pasión intacta). Steiner vincula ahí la actividad archivadora de la cultura norteamericana a una disposición puritana y sectaria que quiere a toda costa fundar un presente nuevo, furiosamente libre de ancestros y elementos contaminantes, que deben pasar a la limpieza cristalina del museo o al registro digital. Antes que la labor policial de los aparatos de vigilancia, se trata de facilitar la labor puritana de congelar el fondo ancestral del presente en un pasado disponible y transportable, empaquetado por la velocidad impía del presente.

 

Repasemos nuestro muestrario doméstico de huellas del pasado. Rostros de color gris en un fondo sepia. Piedras, grietas y hierbas revividas en adorables imágenes antiguas. Las piernas de una adorable jovencita cuelgan del muro donde ella contempla la tumba de Rilke en Raron. Así fue, dice Barthes refiriéndose al ejercicio casi mágico de la fotografía que resucita los espectros de lo sido. Pero esa labor de resurrección también puede justificar la inercia del presente, su falta de valor para convocar lo no realizado del pasado en una fuerza de renovación que irrumpe. 

 

Momias radiantes nos preservan de la contaminación que encarna un cuerpo vivo. Todo individuo o colectivo que cifre básicamente en el pasado sus expectativas de supervivencia está abocado a la desdicha. Mientras muere, erige piras funerarias de su propia extinción.

 

En este punto, el narcisismo de la imagen compensa a veces el exterminio de la sangre en las venas. El maquillaje y la cirugía estética disimulan la pérdida de sustancia orgánica. Todo lo que la ciudad destruyó sin piedad intenta conservarlo archivado, en un mundo paralelo, para sedar precisamente el malestar de la destrucción. Parece así que un pasado conservado en parafina acompaña muy bien la labor despiadada del capitalismo. 

 

De igual modo, algunas ciudades antiguas, vaciadas de su población natural, son clonadas en caros y estandarizados lugares turísticos. Se trata de esa «limpieza antropológica» y de clase (puede muy bien ser multiétnica) que a veces se llama gentrificación. Limpios de sangre, población originaria y pasado vivo, los lugares son rellenados de un pasado congelado en clichés y una población de alto nivel adquisitivo. Tales lugares archivados se venden a un precio que sólo una elite, la misma que odia la vida mortal y ama su simulacro, puede pagar.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.