Contra la contraprogramación

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En casa de la familia Telerina la guerra entre papá y mamá estaba resultando insufrible para sus vástagos. 

 

Desde que tomaron la decisión de demostrar cuál de los dos cocinaba mejor, la situación se había hecho insoportable. En lugar de turnarse -como habían hecho siempre- eligieron cocinar para toda la familia el mismo día y a la misma hora. Y como el presupuesto para la despensa y los congeladores seguía siendo el mismo que antes de la crisis paterna, en casa de los Telerines sólo se cenaba algunas noches de la semana. Si los lunes, miércoles, domingos y jueves había comida abundante, por partida doble; los martes, viernes y sábados sólo podían tomar “Caldo con nene”, o lo que es lo mismo, un plato de agua caliente, a la que si se asomaban, podían verse reflejados, y hacerse asi la ilusión de estar llevándose algo al estómago.

 

Papá Telerín servía sus copiosas cenas en el salón, con la tele puesta en la quinta cadena; mientras Mamá Telerina daba las suyas en la amplia cocina, con la tercera sintonizada en su televisor portátil. Los contrincantes hacían coincidir sus horarios, de tal forma que ninguno de los hijos pudiera asistir como comensal a la mesa del otro bando; además, los platos eran retirados justo en el preciso instante que concluía la cena del adversario. No les quedaba a los pobres Telerinitos la posibilidad de cenar dos veces, ni la de guardar comida para la noche siguiente, cuando achuchara el hambre. Los padres exigían fidelidad absoluta a su convocatoria; quien no acudiera a su cena, no tendría derecho a probarla más tarde, por no haber demostrado ser digno de ella.

 

La razón del mosqueo y el enfado de la prole Telerínica insatisfecha se basaba en su indignación por el desperdicio y el derroche que se producía en aquella casa. Si en vez de declararse ellos la guerra, se organizaran y se repartieran las noches de la semana para cocinar por separado, se solucionaría el problema, y se acabaría con el hambre. Los hijos de la familia Telerina se sentían además, manipulados. Se les estaba sometiendo a una presión y a una privación de alimentos, intolerables. Si sus padres no demostraban ser responsables, tampoco deberían conservar el derecho a seguir ejerciendo como tales.

 

Un día, a uno de los hijos Telerines se le ocurrió -a la desesperada- una sacrificada idea. Si todos ellos se pusieran de acuerdo para no asistir a ninguna de las dos cenas que se convocaran el mismo día y a la misma hora, (por mucho que les sonaran las tripas esa noche,) quizá sirviera para algo. Si las cenas de papá y mamá por separado, no las comía ni alababa nadie, probablemente los dos se sintieran igual de derrotados en su absurda y ridícula guerra. Además, ¿cómo iban a reprocharse, al día siguiente, que uno había reunido más comensales que el otro, sin haber asistido nadie?

 

Por una vez la infancia dependiente podía dar una lección de madurez a sus mayores infantilizados.

 

(Este relato sustituye a las dos críticas que pensaban publicarse en este blog sobre las miniseries televisivas Iberia y Felipe&Leticia.)